3 junio, 2020

Si Venecia muere

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Cuando en una entrevista en el semanario italiano Left le preguntaron al historiador Salvatore Settis cuáles son las lecciones que deja la pandemia, respondió:

“Nos da dos lecciones diferentes; una positiva si podemos aprender de la historia —lo que no sé si suceda. Hemos visto un cielo más limpio y más estrellas. Esta sensación también se tuvo en una pequeña, en general poco industrializada, como Pisa. Si pudiera, me lanzaría en paracaídas sobre Venecia en estos días. Amigos me cuentan sobre la maravilla de la ciudad semidesierta, el Gran Canal que parece limpio, sin tráfico. Con esta disminución temporal de la contaminación del aire, el ruido, todo, nos damos cuenta de cuánto estamos violando el medio ambiente que nos rodea. Deberíamos de aprender de eso. […] Por otro lado, sin embargo, las ciudades vacías tienen algo inhumano porque las ciudades, para decirlo con una metáfora fácil, están hechas de alma y cuerpo. El cuerpo son las calles, las paredes, los edificios, los monumentos, los museos, pero nosotros somos el alma. Si no hay personas que animen la ciudad, todo cambia. Esto también nos dice por qué hay tantas ganas de salir de casa. Con máscaras y manteniendo la distancia, muchos volvieron a sentirse parte de una comunidad.”

Salvatore Settis es arqueólogo e historiador de arte. Nació en Rosarno, Calabria, en 1941 y estudió arqueología en la Universidad de Pisa. Entre 1994 y 1998 fue director del Getty Center for the History of Art and the Humanities. Entre los muchos libros que ha publicado se encuentran El paisaje como bien común, Arquitectura y democracia y Si Venecia muere, publicado en italiano por Einaudi en el 2014, y cuya traducido al español, bajo el sello Turner, apareció a media pandemia, en abril de 2020.

En el primer párrafo de su libro, Settis afirma que las ciudades mueren de tres maneras:

“Cuando un enemigo despiadado las destruye (como Cartago, arrasada por Roma en el año 146 antes de nuestra era); cuando invasores extranjeros las colonizan violentamente, expulsando a sus habitantes indígenas y a sus dioses (es el caso de Tenochtitlán, capital de los aztecas, cuando los conquistadores españoles la destruyeron en 1521 para construir la Ciudad de México sobre sus ruinas), o, finalmente, cuando sus ciudadanos olvidan quiénes son y se vuelven extranjeros a sí mismos y, por tanto, sus peores enemigos aun sin saberlo.”

También desde el inicio Settis plantea esa metáfora de la que habla en la entrevista: las ciudades formadas por alma y cuerpo. Una es la ciudad visible, dice, hecha de calles y casas, de plazas y parques; la otra, la invisible, es más que sus habitantes: “también es un tapiz vivo de historias, de memoria y de principios, de lenguas, deseos, instituciones y planes que la han llevado a tener su forma presente y que la guían en su desarrollo futuro.”

Por eso, plantea, no tiene sentido querer mejorar la ciudad atendiendo sólo a la belleza de lo visible y descuidando las relaciones sociales y humanas que le dan sentido. Settis toma Venecia de ejemplo porque, dice, “si la ciudad es la forma ideal y la quintaesencia de la comunidad humana, Venecia no es sólo el símbolo supremo de ese entramado de significados, sino también de su decadencia, no sólo en Italia sino en el mundo entero.” Según los datos que aporta Settis, Venecia tenía en 1540 más de 129 mil habitantes. Tras la plaga de 1631, la población se redujo a unos 98 mil. En 2015 la población apenas rebasaba los 56 mil habitantes. En 1950 en Venecia se registraron 1,924 nacimientos y 1,932 muertes; en el 200 hubo 1,058 muertes y sólo 404 nacimientos. La ciudad, la invisible, desaparece.

En comparación, afirma Settis, “cada año 8 millones de turistas inundan las calles y los canales de Venecia por un total de 34 millones de noches —poco más de 4 noches en promedio por turista—, cuando la capacidad máxima de la ciudad es de 12 millones de noches.” Haciendo referencia a un monocultivo —la forma da agotar los recursos de un terreno cultivando sólo una especie vegetal—, Settis llama a esto una monocultura del turismo que “domina la ciudad y excluye a sus ciudadanos nativos, encadenando la supervivencia de quienes se quedan a su voluntad de servir. Venecia —dice Settis— ya no parece capaz de crear nada más que bed-and-breakfasts, hoteles y restaurantes, agencias inmobiliarias, tiendas de souvenirs dedicadas a productos tradicionales (de vidrio a máscaras) y a poner en escena carnavales falsos, aplicando algo de maquillaje melancólico para dar a la ciudad una atmósfera de una feria de pueblo perpetua.”

En esta época el crecimiento de una ciudad se concibe de manera absurda sólo como la construcción de edificios altos y relucientes para hacinar a quienes puedan pagar el costo de los pequeños departamentos que contienen; “una retórica barata —dice Settis— ve al progreso social y al bienestar individual reflejado en la iconicidad facilona de los rascacielos.” Hablar de rascacielos y de Venecia podría parecer absurdo, pero la lógica del mercado inmobiliario internacional se alimenta de lo absurdo. Settis comenta la propuesta utópica del arquitecto Julien De Smedt —rodear a Venecia de una muralla de rascacielos que sirvan, además, para protegerla del aumento en el nivel del agua—, presentada en la Bienal de Venecia en 2010, y la estrambótica torre que Pierre Cardin propuso construir en Marghera, la zona industrial de la laguna, en 2012.

Pero Settis también considera como una especie de rascacielos, móviles y horizontales, a los enormes cruceros que entran hasta donde el Gran Canal se los permite. Los miles de turistas desembarcando al mismo tiempo en la ciudad hacen que la idea de Venecia como un gran parque de diversiones tenga aun más sentido.

El turismo, dice Settis, “es el filtro entre la Venecia que fue y la Venecia de hoy”, y aunque —como hoy se revela de manera dramática— el turismo es prácticamente el único sustento de los habitantes de esa ciudad, “sus problemas reales se han convertido en pretexto para agravarlos aún mas usando las técnicas de una economía depredadora.”

¿Quién está matando la ciudad?, se pregunta Settis en uno de los capítulos de su libro. “Los políticos, por supuesto, así como los magnates de la construcción, los especuladores inmobiliarios y varias manifestaciones de redes de la mafia que invierten capitales enormes en ladrillos y cemento. Son ciudadanos ordinarios, listos para seguir sus propios intereses y los de sus bolsillos. Pero la lista también incluye arquitectos, ingenieros, responsables de obra, planificadores que se convierten en autores o cómplices del saqueo de las ciudades históricas y sus paisajes.” La pregunta, crítica y retórica, que hace Settis sobre Venecia puede hacerse acerca del desarrollo inmobiliario en cualquier ciudad: ¿los arquitectos operan en un reino empíreo regido sólo por la estética sin ninguna relación con la sociedad, la ciudadanía o la memoria cultural? 

Para Settis el caso de Venecia no es importante sólo por cercanía, sino porque es una ciudad con una larga historia cosmopolita —una de las cunas, si no la cuna del capitalismo y la globalización—, que pese a su tamaño constituye un campo de pruebas para el futuro de muchas ciudades. “Si Venecia muere, dice, no será la única cosa que muera: la misma idea de ciudad —como un espacio abierto donde la diversidad y la vida social pueden desenvolverse, como la creación suprema de nuestra civilización, como el compromiso con una promesa de democracia— también muere con ella.”

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