6 agosto, 2019

Ser alguien: moda y cultura del narco en México

por Carolina Haaz

I

Cuatro años atrás el canto de los gallos en la Sierra Madre interrumpió brevemente un relato:

—Recuerdo de seis años para acá. Mis papás, una familia humilde, muy pobre. Recuerdo que mi mamá hacía pan para el sustento de la familia. Yo lo vendía. Vendía naranjas, vendía refrescos, vendía dulces. Mi mamá…, muy trabajadora, trabajaba mucho.

La voz que hablaba era como cualquiera, es decir, la de cualquier hombre sentado en un rancho. Su gorra, negra, era la de cualquiera, igual que el cabello grueso, crecido. La piel del cuello enrojecida, igual que la de todos los hombres de la Sierra. Una barriga convencional. 

Nadie.

Pero había algo. Ese hombre era Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera y se parecía a cualquier hombre sentado en un rancho. Excepto por su camisa. Una camisa azul, sedosa, con estampado de cachemiras. El Chapo eligió usar esa prenda para recibir a Kate del Castillo y Sean Penn, luego de que pasaran por un viaje con los ojos vendados. Eligió que abrieran los ojos y lo vieran así, en una camisa que parecía haber sido diseñada por Versace o quizá Cavalli, pero que pertenece a Barabas, una marca estadounidense que ensanchó sus ventas luego de que el mundo viera el video donde el actor estadounidense entrevistara al capo. 

En el sitio web de Barabas, la marca dedica un apartado para definir quiénes son. Ahí se recupera una frase de la escritora y primera dama Anna Eleanor Roosevelt:

Lo que tú usas no es sólo una decisión que haces subconscientemente sino una elección cuidadosamente pensada, una verdadera filosofía”. 

Sólo por el azar de las cosas, la artificiosa postura de la firma se encuentra con la que posiblemente haya sido una elección cuidadosamente pensada del capo nacido en el municipio de Badiraguato, Sinaloa: ser alguien, ser alguien, ser alguien.

Las camisas 100% algodón que El Chapo utilizó en el video transmitido por la revista Rolling Stone quedaron completamente agotadas en la tienda en línea y sus puntos de venta físicos.

 

II

En Los cárteles no existen (2018), Oswaldo Zavala emprende la incómoda tarea de desmantelar los estereotipos que, dentro y fuera de México, se sostienen sobre los narcotraficantes. Sobre la vestimenta, acaso el vehículo más eficaz para simular —si no construir— una identidad, apunta:

“(…) los rasgos universales de los narcos, vivos o muertos, se repiten en las crónicas de Diego Osorno, Anabel Hernández y Alejandro Almazán, en películas como El infierno (2010) —o en Salvando al soldado Pérez (2011), pero como inteligente parodia—, en series de televisión como Narcos (2015), en los narcocorridos de Los Tigres del Norte, incluso en la pretendida sofisticación del arte conceptual de Teresa Margolles. Cualquier Narco es todos los narcos.”

En el espectro de los estereotipos del narcotráfico abundan las camisas Versace, cadenas de oro y gorras de béisbol. Eso, sobre todo, del lado de los capos. También hay otros matices, o por decirlo algún modo, “estilos” dentro de este universo. Inevitable pensar en sombreros vaqueros y botas puntiagudas de pieles exóticas, como en aquella sorprendente puesta en escena que el gobierno de Felipe Calderón mostró el 19 de febrero de 2012 en el Día del Ejército y la Fuerza Aérea Mexicana. De nuevo, Zavala, trae pertinentemente este recuerdo a su libro:

“Los militares protagonizaron un performance de sus actividades contra el tráfico de drogas personificando la figura del traficante que el sistema político mexicano ha construido con fines específicos: un hombre vestido de vaquero escuchando narcocorridos. Esa imagen, como recuerda el sociólogo Luis Astorga, ha sido incorporada al ‘Museo del Enervante’ de la Secretaría Nacional de Defensa (SEDENA). Allí se encuentra un maniquí vestido igual que ese mismo ‘narco’ que improvisaron los militares: un ranchero ostentado vulgarmente la repentina riqueza que le genera el tráfico de drogas que él inevitablemente incorpora a su imagen personal con camisas Versace, botas de piel de cocodrilo y el infaltable sombrero sin el cual no sería reconocible…”

Luego está el fenómeno de las camisas polo. En 2010 Édgar Valdez Villareal, alias “La Barbie”, posó con una sonrisa inolvidablemente cínica para las fotos oficiales de su captura. Medios nacionales e internacionales registraron poco después que el modelo en color verde botella de Ralph Lauren, acompañado de grandes logos, se convirtió en un éxito en los sectores influenciados por el estilo de La Barbie. Meses después de este suceso el futobolista José Jorge Balderas Garza, conocido como “El JJ”, fue detenido por disparar a Salvador Cabañas en un bar de Ciudad de México. ¿Qué llevaba puesto? La misma polo en color azul. Más recientemente, en 2018, fue detenido Roberto Moyado Esparza, “El Betito”, líder de La Unión Tepito y conocido capo de droga. Llevaba encima una camisa tipo polo de la marca Hugo Boss en azul cielo con detalles en azul marino y blanco.

 Aunque las prendas mencionadas anteriormente tienen un costo de alrededor de cien dólares, su diseño casual encuentra más afinidad con la juventud actual, si se comparan con los ya clásicos disfraces de vaqueros de colores estruendosos. Además, las polo son más accesibles y han sido ampliamente replicadas por firmas económicas, sin mencionar el mercado de la piratería. Si bien esto podría sonar como una extraña apología del estilo contemporáneo del sicario, realmente este recuento intenta subrayar los momentos mediáticos que han sido clave para la construcción de estos nuevos estereotipos, no tanto para frenarlos como para indicar que son códigos culturales que circulan de manera pasajera en espera de nuevas figuras desobedientes por reinventar. 

Como apunta Oswaldo Zavala en la misma obra, en realidad la imagen de los victimarios y víctimas de la llamada Guerra contra el narcotráfico es distinta a la anunciada por el discurso del Estado que arrancó en esta era. Lo documentó el Centro de Análisis de Políticas Públicas: el perfil recurrente de ambos era (y sigue siendo) de hombres de 20 a 29 años, donde típicamente los victimarios eran hasta cinco años más jóvenes. Todos: pobres, con escasa escolaridad, sin camisas Versace, sin pieles exóticas. Probablemente con sombrero.

 

III

Y ser alguien:

En una exposición de moda de Guadalajara se dio a conocer la marca El Chapo 701. Presentada un día antes de la condena de Guzmán Loera, la firma de moda street wear para para hombres y mujeres es propiedad de su hija, Alejandrina Guzmán, según investigación de El Universal. Otros medios como El Sol de México, sin embargo, apuntan que la marca es de la esposa Emma Coronel, esposa del Chapo y exreina de belleza de Sinaloa. De cualquier modo, la propuesta de negocio recuerda a los motivos que, en México como en Colombia con Pablo Escobar, han romantizado a los grandes nombres del narcotráfico. Según información de medios nacionales, las prendas, que varían entre 35 y 400 dólares de costó, donarán parte de sus ingresos a los presos en reclusorios. Hasta el cierre de este texto, la firma no ha respondido a la autora sobre los criterios para seleccionar a las personas que ofrecerá estos ingresos ni de qué manera. Y aunque el “mal gusto” atraviesa la primera colección, lo hace de manera deliberada. Lejos de ser alta costura, propone sacar brillo a su apellido. En las fotos de las prendas que han circulado recientemente, una bomber jacket brilla como la pistola de oro de El Chapo. Al menos, esa es la fantasía. Ni Versace ni Ralph Lauren. Un nombre propio.

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