28 abril, 2020

Rogelio Salmona

por Miquel Adrià | @miqadria

Rogelio Salmona transformó su país con sus torres y estructuras de tabique aparente. El primer latinoamericano en recibir la Medalla Alvar Aalto y considerado el mejor arquitecto colombiano de todos los tiempos, murió tras una dilatada batalla contra el cáncer.

Salmona nació en Paris el 28 de abril de 1929, hijo de español y francesa y se trasladaron a Colombia siendo él un niño. Si bien su educación fue francófona, siempre se identificó como colombiano y creció en el barrio bogotano de Teusaquillo. Su carrera inició en Bogotá a finales de los años cincuenta, después de una década en el Taller de Le Corbusier, con quien participó en proyectos como el complejo gubernamental de Chandigarh, en la India. En Colombia se inspiró en las tradiciones constructivas del norte de África y del sur de España donde se apreciaban las influencias moriscas. Desde los Setenta vivió en sus Torres del Parque, un conjunto residencial que define el paisaje urbano bogotano, desde las afiladas torres curvas de tabique aparente que brillan sobre el fondo verde del cerro de Montserrate y se vuelcan sobre la plaza de toros.

Con Salmona, la arquitectura colombiana adquiere su identidad a partir de la expresión de la materia. Y la materia colombiana se expresa, por excelencia, desde la modulación y la textura del tabique aparente. Nacionalizó sabiamente un material con el que se ha construido la historia universal, retomando las lecciones de la modernidad más heterodoxa, si bien el origen de la arquitectura moderna colombiana no sólo procede de las construcciones vernáculas coloniales y mediterráneas, sino que arranca con la influencia escandinava y el énfasis que ésta daba a la expresión del material. Esta arquitectura tuvo sus primeras apariciones en Colombia en las casas estilo Tudor del primer tercio del pasado siglo y tomó fuerza con las primeras obras de Dicken Castro. Posteriormente Rogelio Salmona, Fernando Martínez y otros notables arquitectos exploraron el potencial constructivo y formal del material hasta convertirlo en un signo de identidad bogotano, donde los mejores barrios se tiñeron del anaranjado de la arcilla cocida.

Entre sus obras más notables cabe destacar el Archivo General de la Nación en Bogotá, la Casa Presidencial del Fuerte de San Juan de Manzanillo, y la casa para Gabriel García Márquez, en Cartagena. Participó en la regeneración de Bogotá después de los sórdidos años de guerrilla y narcotráfico que degradaron la ciudad y la convivencia urbana. Uno de sus obras más recientes fue la Biblioteca Pública Virgilio Barco en medio de un nuevo parque capitalino.

A Rogelio Salmona le gustaba decir que la arquitectura es una re-creación. “Ello implica un conocimiento de la arquitectura para poder hacer arquitectura. La arquitectura —decía— es una cultura continua, cuyo conocimiento se ha ido transmitiendo en el curso de la historia”. Y así era su arquitectura, fresca e ilustrada, donde el material y el proceso constructivo eran tan importantes como la relación con la ciudad o el asoleamiento. En sus obras está implícita la sensibilidad de Aalto, la geometría de Kahn, el agua de la Alhambra, lo mejor de Stirling y la soltura de Erskine, junto a la memoria de fortificaciones y patios cartageneros.

Gruñón, agudo y simpático, Salmona era un animal sin manada.

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