3 agosto, 2015

Revolución

por Pedro Hernández Martínez | @laperiferia

El legado del arquitecto Konstantin Mélnikov (3 de agosto de 1890 – 28 de noviembre de 1974) está relacionado con la arquitectura que se desarrolló en los comienzos de la revolución rusa de 1917. Inspirada por la estética de la máquina, su obra se enmarcaba en la línea del constructivismo ruso, un arte nuevo y de ruptura que hacía de la propaganda al servicio de la revolución una forma de ser.

Entre sus construcciones más importantes están su propia casa —analizada en Arquine por Ginés Garrido y que hace unos años estuvo cerca del derribo—, sus clubs para obreros, sus edificios de estacionamientos (construidos o no) y, en especial, sus proyectos temporales para pabellones, como el Pabellón Majorka —cuyo aspecto puede recordar a los silos agrícolas— y, en especial, el pabellón de la URSS en la Exposición Internacional de las Artes Decorativas e Industriales Modernas de 1925 —la misma que vio por primera vez el Pabellón de L’Esprit Nouveau de Le Corbusier.

Enigmático y casi mítico, este último pabellón para la URSS realizado por Mélnikov — aunque previamente hubo muchos otros pabellones construidos por ilustres nombres de la disciplina arquitectónica— marcó un punto de quiebre en el concepto de pabellón. La arquitectura de las exposiciones tiene su fundación en 1851, en Londres, con la celebración de la primera Exposición Universal y cuya sede fue el “Palacio de Cristal”, de Joseph Paxton.

La original propuesta de Paxton, construida en acero y vidrio, fue posible gracias a una creciente nueva industria y al desarrollo de sistemas modulares que permitieron una rápida puesta en obra y una notable ligereza en las construcciones. El proyecto estaría unos años más en funcionamiento, tras desmontarse de su posición original y trasladarse al sur de Londres, hasta que un incendió lo devorara en 1936. Su diseño sirvió de inspiración en posteriores ferias mundiales, las cuales continuaron con la idea de la gran nave expositiva en sus primeras ediciones. Con el tiempo, la gran exposición se consolidó, y estos enormes espacios se abrieron y abandonaron el confortable mundo interior.

Esta apertura otorgó un doble cambio de escala. Por un lado, las ferias y exposiciones universales se hicieron más grandes, para configurarse como una ciudad en sí misma —aunque permanecieran cerradas y separadas de la banal ciudad cotidiana—; por otro, el gran pabellón se atomizó en multitud de pequeños pabellones nacionales que competían no sólo por albergar y mostrar los grandes avances y progresos del propio Estado, sino por alzarse, desde el exterior, como un referente visual frente al resto de la ciudad, a partir de un diseño único e innovador.

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De aquellas primeras experiencias destacaría para la historia de la disciplina el trabajo de Mélnikov. Aunque la participación soviética no estuvo limitada en exclusiva al pabellón —además de éste, se construyeron varios quioscos en la Explanada de los Inválidos; se ejecutó el Club Obrero, realizado por Rodchenko y ubicado en la Galería des Bois, y se ocuparon varias salas en el Grand Palais— es el pabellón lo más recordado. En el pabellón, la forma, la organización espacial, el color, los materiales y hasta la tipografía, parecían referir un Estado nuevo y joven, ansioso por comunicar su mensaje.

Pero las aportaciones no sólo se limitan a la combinación entre arquitectura y propaganda política —que se usaba desde entonces en distintas formas y lenguajes con mayor y menor fortuna— sino que éstas se extendían a aspectos técnicos. Hecho de madera, un material industrial, fácil de encontrar y que los arquitectos rusos conocían bien, el pabellón fue realizado por Les Charpentiers de Paris —una cooperativa local de carpinteros, encargada también de realizar los planos de detalle en la construcción— que levantó el pabellón por completo en poco más de mes y medio. Pese a lo extraño del objeto propuesto por el arquitecto ruso, el uso de la madera agilizó el proceso y redujo considerablemente el costo total frente al de otros pabellones nacionales. Las piezas empleadas para el cerramiento se fabricaron en taller y se montaron en obra con ayuda de grúas sencillas, evitando la construcción de andamios u otras estructuras. La ligereza del material, además, evitó obras de cimentación, permitiendo que el pabellón sólo se apoyara sobre el pavimento de la Cours-la-Reine.

La madera facilitó el montaje, el transporte y la instalación, y le otorgó a la arquitectura una escala ambigua entre el mueble y el inmueble. Si la función del pabellón soviético era la propaganda, el proyecto era heredero de las tribunas de El Lissitzky, de los artefactos agitprop de Gustav Klucis o de los propios expositores que aparecían en su interior. Su fin era el mismo: difundir y propagar las nuevas ideas revolucionarias. El pabellón era en sí mismo un enorme expositor, pero su escala permitía al usuario acceder a su interior.

Lecturas relacionadas: Garrido, Ginés. Mélnikov en París. Fundación Caja de Arquitectos, 2011.

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