17 junio, 2020

Repensar las ciudades y sus arquitecturas

por Gustavo López Padilla

Es natural que en la evolución de los procesos históricos surjan períodos en los cuales se vuelve necesario hacer un alto en el camino,  generándose las condiciones que permiten evaluar lo recorrido y, a partir de ello, visualizar las posibles opciones de futuro. En los primeros seis meses de este año, como consecuencia de la pandemia producida por el SARS-CoV-2, la mayoría de los países en el mundo se han visto obligados a detener sus economías y su vida social en gran parte de sus principales ciudades, generándose con ello una crisis sin precedentes en todos los órdenes de la vida, caracterizada entre otras cosas por la necesidad de un riguroso aislamiento social, como una de las alternativas indispensables para afrontar la pandemia, que hasta ahora no ha podido ser contenida, por no disponer de una vacuna.

Las consecuencias sociales, económicas, políticas, culturales, ambientales y de salud pública han sacudido profundamente al mundo entero. Nuestro país no ha sido la excepción y lo que tiene que ver con las maneras de entender, en el futuro próximo, la arquitectura y el desarrollo de las ciudades, ha formado parte de la inquietudes resultantes de todo lo anterior. Una buena cantidad de voces, algunas de ellas de expertos reconocidos, se han manifestado urgiendo a replantear las maneras de pensar e imaginar  las ciudades y sus arquitecturas y en este sentido vale la pena hacer algunas reflexiones.

Por principio de cuentas, es fundamental reconocer que la aparición de la enfermedad ha puesto en evidencia y recrudecido las profundas e injustas desigualdades que existen en una buena parte de países y ciudades en el mundo. Si bien la enfermedad ataca a todos, sus efectos y repercusiones son muy diferentes dependiendo del país y grupo social a los que se pertenezca. Es una realidad que la mayoría de los poco mas de 400,000 muertos reconocidos a nivel mundial hasta ahora pertenecen a las clases sociales más pobres. En un principio afectó a quienes viajaban cómodamente en avión o en trasatlánticos por diferentes partes del mundo y sobre todo a quienes lo hicieron a China, donde se originó la enfermedad. Pero una vez que la enfermedad se volvió local en cada uno de los países y se contaba con mayor información sobre el tema, las desigualdades sociales se multiplicaron. No es lo mismo enfrentar el aislamiento provocado por el  coronavirus en una casa amplia, ventilada, con jardín, alberca y otras comodidades, en la que habitan cuatro o cinco personas, a padecerla en lugares pequeños, con condiciones habitables precarias y en donde pueden habitar ocho, diez o más personas. El hacinamiento obligado, a lo que se suma evidentemente la escasa disponibilidad de recursos, propicia que la enfermedad impacte sobre todo a los grupos sociales menos favorecidos económicamente, llevándolos por millones hasta la pobreza extrema y a la necesidad de salir a la ciudad, utilizando además los medios de transporte masivos, que propician la propagación del mal.

La posibilidad de trabajar o estudiar en casa, para los afortunados que lo pueden hacer, también ha mostrado diferencias. No es lo mismo hacerlo en un estudio, disponiendo de  los medios tecnológicos mas avanzados, con vista a un soleado jardín, a hacerlo utilizando equipos limitados, en un cuarto que es al mismo tiempo sala, comedor, cocina  y recámara, con la presencia obligada de otros miembros de la familia en el mismo lugar. Pero es importante reconocer que las diferencias sociales ya existían desde antes de la pandemia, pero esta última volvió radicales sus condiciones impuestas.

Además la naturaleza en su conjunto, a nivel global, con la detención social, dio nuevamente claras muestras, de la urgente necesidad de  replantear el desarrollo de la humanidad. En este orden de cosas, lo que tiene que ver con las ciudades y sus arquitecturas, como expresiones sociales y políticas han sido, son y serán consecuencias de la manera de como sigamos visualizando el desarrollo de la humanidad. Recuerdo ahora, entre los libros del pensador  Yuval Noah Harari, algunas de sus afirmaciones en el sentido de que dado el desarrollo de la ciencia y tecnología actuales, bien se podría mejorar sustancialmente la vida de la mayoría de los habitantes del planeta, dándoles de comer, procurándoles habitación  y atendiendo sus enfermedades. Pero esto no ha sucedido, y no sucederá, si no cambia el egoísmo y el desprecio humanos, que concentran riquezas inmensas en unas cuantas manos, sin importarles lo que suceda con el destino de millones de seres humanos que habitan la Tierra. Mientras el desarrollo de la humanidad no vuelva a tener como eje de sus posibilidades al ser humano y a la naturaleza, el presente y el futuro se ven poco promisorios.

Vale la pena insistir, en que hablamos sobre todo de contar con voluntad política y social para enfrentar la vida, procurando mejores relaciones de igualdad para el conjunto de la humanidad y las condiciones de habitabilidad en las ciudades y sus arquitecturas resultarán como una consecuencia. La historia nos ofrece muchas lecciones en este sentido. Es fundamental aprovechar de manera más racional y armónica los recursos que nos ofrece la naturaleza para lograr lo anterior, distribuyéndolos más equitativamente entre el grueso de las poblaciones, creando las condiciones generales en las cuales los seres humanos puedan desarrollar y expresar sus mejores capacidades de conocimiento y creativas en todos los órdenes.

Sin la voluntad de los gobiernos y de sus sociedades por mejorar las condiciones económicas de los grandes grupos que representan, resulta inviable encontrar un mejor camino de desarrollo y se desaprovechará la oportunidad que nos ofrece esta pausa obligada por los difíciles tiempos actuales. En todo lo anterior la educación colectiva, que tiene que ver con el conocimiento, la cultura, la ciencia, la tecnología y con el humanismo, se constituye como la piedra angular de la posible transformación. Educación que puede y debe impulsar mejores relaciones humanas, realidades económicas y con ello la posibilidad de acceder a deseables condiciones de habitabilidad en las ciudades y sus arquitecturas. No se trata tan solo de un problema de diseño, de cómo enfrentar el desarrollo de las ciudades y sus arquitecturas. Este diseño siempre será una consecuencia política.

Es una realidad que la mayoría de humanidad vive y vivirá mayoritariamente en el ámbito de las ciudades. Esto nos lleva a pensar de entrada en el número de sus  pobladores y en las densidades construidas que condicionan la calidad habitable de estas ciudades. Es necesario regular el crecimiento poblacional y su razonable distribución territorial en el espacio disponible de los países y sus ciudades. No es viable que la población mundial siga creciendo de manera incontrolada, los recursos disponibles tienen su límite y en muchos casos en la actualidad ya hemos sobrepasado esos límites. En el ámbito de las ciudades es fundamental regular su extensión territorial y densidad construida, relacionándola desde luego con su número poblacional y la disponibilidad de recursos naturales; del equilibrio de lo anterior resultan sus condiciones de habitabilidad.

Esto lo hemos sabido desde hace tiempo y en muchos casos no lo hemos enfrentado y resuelto como se debe. El tiempo ahora es fundamental para enfrentarlo y no disponemos ya de mucho. Los desequilibrios actuales son alarmantes, pero todavía es posible resolver lo que ahora comentamos. Si bien pueden haber casos con diferentes posibles densidades urbanas, sería deseable que mayoritariamente las ciudades contaran con densidades medias, de tal suerte que aprovechen sus infraestructuras urbanas de la mejor manera y que no sean invasivas extensivamente de los espacios naturales. El razonamiento de algunas voces que en estos días han planteado la alternativa de regresar a una vida en el campo, es inviable. La disponibilidad territorial para todos no es suficiente. La propuesta es desde luego clasista, excluyente socialmente y negativa por sus efectos a la naturaleza. La relación con la naturaleza debe ser armónica e incluir el aprovechamiento de sus recursos pensando en criterios sustentables y renovables, lo cual implica también las maneras en el consumo de la energía necesaria para la operación de las ciudades. Las energías a utilizarse deben ser necesariamente lo mas limpias posible, para afectar de la menor manera a la naturaleza.

Estas ciudades deben contar además con equilibrios que tienen que ver con la densidad de lo construido y la disponibilidad de espacios abiertos verdes e hidráulicos, además de espacios públicos como plazas, calles y jardines, a los cuales la población en general pueda acceder de manera libre, democrática y gratuita. Sabemos que de la calidad y diversidad de los espacios públicos, resulta la calidad habitable de las ciudades. Si la mayoría de las poblaciones en las ciudades no cuentan con espacios suficientes y confortables en sus viviendas, es importante al menos que dispongan de espacios públicos, en cantidad y calidad razonables, como extensiones de su vida personal y comunitaria. Los gobiernos de las ciudades tienen la obligación política y social de construir conjuntamente con la sociedad estos espacios públicos necesarios, que debieran contar además con lugares arquitectónicos que los complementen como bibliotecas, centros culturales, de entretenimiento y convivencia social. Las condiciones de peatonalidad y mejores sistemas de transporte público, privilegiando el uso de la bicicleta, deben ser también tomadas en cuenta. Pero hay que insistir que todo lo anterior se vuelve un sueño imposible si antes no se mejoran las condiciones económicas, de representación y ejercicio de la política y las facilidades que tienen que ver con la educación y la creación de oportunidades de trabajo.

En lo que tiene que ver con las particularidades de la arquitectura, se ha hablado mucho en la crisis actual de la necesidad de contar con espacios habitables suficientes en área, bien asoleados y ventilados y que debieran contar además con jardines o al menos con terrazas, para afrontar de mejor manera las circunstancias difíciles como las que enfrentamos ahora con el aislamiento obligado por la pandemia. Y se proponen soluciones deseables, pero la realidad es cruel e inevitable. Millones de gentes no pueden tener acceso a estas propuestas de diseño. Simplemente son inalcanzables para sus condiciones económicas. Están mas preocupados por si van a comer el día de hoy y en salir como sea a conseguir un poco de dinero, aún arriesgando sus vidas, ante la posibilidad de ser contagiadas.

Hablamos de grandes concentraciones urbanas con condiciones arquitectónicas francamente difíciles. Hacinamiento, falta de espacio, de asoleamiento, de ventilación y en muchas ocasiones sin contar con agua potable y drenaje. A veces obras autoconstruidas con materiales precarios. Y sus espacios urbanos, llámense calles en el mejor de los casos, son también desfavorables y desagradables. Hablamos de grandes grupos sociales que no son sujetos de crédito para ninguna institución pública y menos privada. En lo particular, en nuestro país se han construido en los últimos años viviendas que rondan los 35 o 40 metros cuadrados útiles, con densidades abrumadoras o localizadas en zonas alejadas de los centros de las ciudades, con infraestructuras deficientes, con escasos servicios, muy mal transporte público y lejos de los lugares de trabajo. Proyectos que han demostrado su absoluto fracaso y que han terminado abandonados, por millones de unidades. Se trata tan solo de construcciones, que están muy lejos de ser consideradas proyectos urbanos y arquitectónicos, que ocupan grandes extensiones territoriales de naturaleza, con las evidentes consecuencias negativas que lo anterior implica en términos ambientales.

Para los países y sobre todo para los llamados en vías de desarrollo, el posible cambio en la manera de entender las ciudades y sus arquitecturas no es solamente un problema de diseño. Se trata de ahora en adelante de pensar diferente, teniendo en cuenta lo que tenga que ver con la filosofía y el mundo de los valores, de aprovechar de la mejor manera posible el increíble avance de la ciencia, la tecnología y la inteligencia artificial. En lo particular de nuestro país, habrá que impulsar sobre todo la educación, que pudiera traducirse en mejores oportunidades de trabajo y mejores salarios, que permitirían a la población ser sujeta de crédito y poder acceder así a una vivienda digna, que debiera localizarse dentro del ámbito razonable de unas ciudades, con densidades construidas amables, que fomenten la vida y el intercambio social. Mientras no se enfrenten de manera integral, con visiones renovadas, con nuevas maneras de entendimiento político, social y económico, pensando en el bienestar general, las soluciones de diseño planteadas serán limitadas. No podemos simple y ciegamente volver a la realidad como la conocimos antes de estos tiempos.

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