10 diciembre, 2012

Repensar el conflicto

por Mónica Trejo

Este escrito pudiera ser un sueño utópico. Nueva York recién pasó por un desastre natural como ningún otro en su historia. La mitad de la isla de Manhattan se quedó sin luz por una explosión que hubo en una zona de la ciudad, además del huracán que le pasó por encima. ¿Por qué perdió electricidad la mitad de la isla si la detonación fue solamente en un área de la ciudad? La respuesta, siguiendo una lógica intuitiva; porque todo está conectado por una red de servicios que claramente no funciona como debería de funcionar.

Mucho se ha debatido sobre qué hacer con las ciudades latinoamericanas o centroamericanas, que carecen de servicios, luz, gas, agua, drenaje… porque la ciudad le ganó al gobierno en construirse a sí misma. Una idea seria pensar en crear núcleos o comunidades autosuficientes, alrededor de 20 familias cada uno. Estos núcleos proporcionarían sus propios servicios, cosecharían en sus azoteas vegetales y algunos animales, lo necesario para alimentar a los miembros de esa comunidad. Producirían su propia electricidad con la tecnología que ahora tenemos, se encargarían de tratar sus propios deshechos. Básicamente, serían autosuficientes. Los gobiernos no podrían abastecer las necesidades de la creciente población, y este proyecto intentaba proporcionar servicios básicos de una manera relativamente sencilla.

Es más fácil organizar a una pequeña comunidad que a una grande, y así cada quien cuidaría de su entorno con la responsabilidad que corresponde. Después del huracán y el apagón que le siguió, ¿funcionaría un modelo similar para las grandes metrópolis? Si Manhattan fuera un conjunto de pequeñas comunidades autosuficientes, por ejemplo, que cada cuadra tuvieran que producir su propia comida en los ahora tan populares techos verdes, su propia energía con celdas solares y deshacerse de sus propios deshechos con reciclamiento y reuso, el apagón sería otra historia.

Tendría que cambiar el modelo de la arquitectura construida en una ciudad vertical, o quizás integrarlo dentro de la misma, pero tal vez es momento de volver y cambiar de escala. Pensando en cómo funcionan las ciudades, en este momento, es indispensable preguntarse si El triunfo de la ciudades habrá caducado. Desde Jane Jacobs en los ochenta, hasta el desarrollo de casas ecológicas y autosuficientes, el modelo comunitario y de espacio público ha planteado una red de servicios hacia una mejor planeación.

En The New York Times, Michael Kimmelman escribió que “el huracán fue el precio pagado por la desidia. El sentido común dicta la modernización de muchos de estos complejos para resistir a inundaciones, pero también para crear viviendas nuevas en otro lugar. El análisis de costo-beneficio, que debía haberse realizado hace mucho tiempo, debe responder a interrogantes difíciles, como si realmente vale la pena salvar a algunos barrios en zonas propensas a inundación. Es mejor enfrentar por fin la realidad y hacer planes para construcciones más inteligentes, indemnizaciones e incluso reubicaciones. La energía eléctrica y la calefacción no deben ser simplemente restauradas en complejos de vivienda pública olvidados que fueron diseñados inadecuadamente, para empezar.

Eso significa acoger una política de compasión y sinceridad. El que miles de millones de dólares puedan terminar por ser destinados a proteger negocios en Lower Manhattan, mientras que es muy probable que las viejas comunidades de clase trabajadora en las costeras de Queens, Brooklyn y Staten Island no reciban la misma protección contradice las ideas sobre justicia social. Sin embargo, las decisiones futuras se reducen a la naturaleza y las cifras, a la densidad, los aspectos económicos y la geología. Nuestra relación con el agua no puede permanecer igual y, al mismo tiempo, no vale la pena salvar a la ciudad si sacrifica sus principios y humanidad. Por lo tanto, la verdadera prueba posterior a Sandy será negociar entre los dos.

Para Nueva York, las compuertas de mar por sí solas no solucionarán los problemas de la ciudad, de la misma forma en que lo harán las calles permeables con cuencas de captación y bóvedas a prueba de agua bajo las banquetas para proteger los sistemas eléctricos. Al mismo tiempo, ésta es una excelente oportunidad para que Estado Unidos salte por encima de países que han sido pioneros en la arquitectura innovadora, como cocheras que hacen las veces de contenedores de crecidas de agua y superdiques que fungen como parques y complejos habitacionales de alta densidad -una oportunidad para que los diseñadores, urbanistas e ingenieros al fin regresen, luego de tantas décadas, a la mesa de toma de decisiones. La interrogante es: ¿podremos lograrlo a tiempo y de manera justa?”

Ante una situación de crisis, no queda más que repensar y hacer conciencia sobre un sistema cada vez menos eficiente, en el que si la memoria se debilita, la única opción es la visión para replantearse en una situación de conflicto.

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