14 mayo, 2015

Renzo Piano y la crítica del nuevo Museo Whitney en Nueva York

por Carlos Lanuza | @carlos_lanuza_

El nuevo Withney Museum of American Art proyectado por Renzo Piano en Nueva York ha abierto nuevamente un viejo debate sobre la arquitectura. La nueva propuesta planta cara a una disyuntiva que desde hace varias décadas se destila en el mundo de la arquitectura: edificios funcionales o edificios espectaculares. En el caso de los museos, la discusión adquiere más relevancia al ser una tipología cuya función principal es la exposición de arte. Dos cosas son pertinentes en el caso del proyecto de Renzo Piano en Nueva York: la extensa trayectoria del arquitecto proyectando museos y su experiencia previa en la ciudad.

Sin lugar a dudas Piano ha demostrado ser un arquitecto hábil en el desarrollo de sus proyectos. Ha dejado su impronta en la historia de la arquitectura a través de algunos edificios, como el Museo Pompidou en París –proyectado junto con Richard Rogers en la década de los 70-, que cambió la manera cómo se pensaban los museos. A la vez ha ido adquiriendo una fineza que lo separa en el tiempo de aquel proyecto tan marcado por su extravagancia –de colores y cañerías en todas sus fachadas-. Piano se ha convertido en un arquitecto que manipula los materiales para servir a una función más poética a través del uso de la luz, como en el pabellón para el Museo de Arte Kimbell en Texas, donde dialoga con una gran obra maestra de la arquitectura proyectada por Louis Kahn, o el Chicago Art Institute en Illinois.

Esta no es la primera vez que Piano proyecta en New York. La sede para el diario The New York Times inaugurada en 2007 ejemplifica la maestría con la que reinterpreta la torre de remate de manzana, típica de Manhattan, para proponer una nueva manera de llevar luz al interior del edificio. Una volumetría simple y una fachada de filigrana que sirve directamente a las necesidades de trabajo en el diario deja claro que sus intenciones son más funcionales que megalómanas.

Captura de pantalla 2015-05-14 a las 11.33.55Fuente: Carlos Lanuza.

Hablando de torres de remate de manzana, en el edificio de The New York Times ocurre algo que es curiosamente opuesto a lo que Mies van der Rohe hizo en Park Avenue con el edificio Seagram. El Seagram se coloca en el sitio de tal manera que se genera una plaza entre la línea de edificación designada y la torre, liberando espacio público a la ciudad. Piano hace todo lo contrario, se adelanta hasta ésta línea para generar un vacío entre la torre y un volumen más bajo que también alberga parte del programa, lo que genera un espacio a cielo abierto dentro de su propio edificio. La planta de acceso acristalado en ambos proyectos –así como en el Whitney- procura generar continuidad entre el exterior y el interior, y hace el edificio visualmente permeable a nivel de calle.

Está claro que Piano tiene mucha experiencia proyectando museos en todo el mundo, y que es un vecino más en Nueva York. La discusión que se abre a partir de su propuesta para el museo Whitney presenta muchas aristas que hacen relevante su exposición. Es fácil, por ejemplo, traer ahora a colación el ejemplo del Museo Guggenheim de Bilbao y la dicotomía que surge entre el contenedor y aquello que contiene. En Bilbao se proyectó un edificio que funciona por sí solo como elemento decorador, sólo sirve su función como espacio para exponer arte porque su interior está vacío. En Nueva York se alaban los espacios proyectados por Piano, la flexibilidad de las salas permite cambiar su configuración, permitiendo reinventar el funcionamiento y las exposiciones que se llevan a cabo, algo que los mismos curadores consideran un reto porque el edificio puede reinventarse con cada nueva exposición.

Probablemente lo que resulta más difícil de entender es su volumetría. Ésta responde a su ubicación en la ciudad, sus fachadas y escalas intentan adecuarse a las del barrio. Sus volúmenes se retranquean en su costado este para generar una serie de terrazas, conectando visualmente los espacios abiertos del museo con el High-Line, un paseo elevado que recorre una parte de la ciudad y que se ha vuelto referencia mundial como equipamiento público. En el costado oeste se erige como un volumen más sólido, mostrando su lado más macizo, y continúa con las pantallas generadas por los edificios de vivienda, típicos del West Village y el Meatpacking District, que colindan con el río Hudson.

Es un edificio para ser recorrido, y a la vez que se recorre sirve también para vivir la ciudad, el barrio al que pertenece y los espacios públicos que poco a poco van ganando importancia. Nueva York se reinventa con una nueva escalada de construcción. A diferencia del antiguo museo Whitney proyectado por Marcel Breuer, la propuesta de Piano se abre a la ciudad, el barrio lo permite y la manera cómo se proyecta en la actualidad lo exige.

Uno de los artículos que ha sido más citado en los medios fue escrito por Michael Kimmelman, para The New York Times. En un gran ejercicio descriptivo –se debe destacar la calidad gráfica-, se explica el proyecto de una manera muy didáctica, que sirve tanto para el público general como para el especializado, en el que se despliega un discurso ambivalente. Quizá la discusión es obsoleta hoy en día: edificios espectaculares o edificios funcionales es sólo un maniqueísmo típico de nuestra sociedad en el que por desgracia caemos. Al final, la arquitectura buena es capaz de trascender las circunstancias que impone cada encargo para revelar algo que antes no estaba presente, nos revela siempre algo oculto aunando los cabos sueltos previos al proyecto y sintetiza a través de una propuesta un proyecto aglutinador.

Captura de pantalla 2015-05-14 a las 11.35.38Foto: Ed Lederman. Tomada de http://whitney.org/

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