7 agosto, 2018

Relacionarse con el centro histórico

por José Ignacio Lanzagorta García | @jicito

Los centros históricos pueden ser objetos de lo más estresantes. Esta tensión se proyecta en todos lados: los complejos y enredados aparatos institucionales y jurídicos para gobernarlos, sus planes de manejo y, encima, en las opiniones de sus visitantes, habitantes e incluso gobernantes. No tenemos claro cómo tratarlos urbanísticamente, en buena medida, porque no sabemos cómo relacionarnos con ellos culturalmente. Tanto podemos fetichizar nuestro deseo por ellos como disfrazamos de corrección política y normatividad las técnicas y objetivos de una gobernanza focalizada de la que no gozan otras partes de la ciudad. Hay una diversidad de posturas y, me parece, muy pocas de éstas parten de lo más importante: conceptualizar qué es un centro histórico y, sobre todo, para qué queremos que haya un centro histórico en la ciudad.

El Plan de Manejo del Centro Histórico de la Ciudad de México 2017-2022 es el instrumento programático con el que se encontrará la entrante administración de la capital, de dos alcaldías e incluso de las instituciones federales relacionadas. Es un documento con muchas virtudes. Esencialmente, trae consigo muchos datos de diagnóstico invaluables; recoge algunas experiencias, ideas, objetivos y, sobre todo, actores involucrados con el centro histórico; y apunta algunas directrices más o menos concretas (es decir, en algunos rubros muy concretas pero en otros muchos son más bien generalidades). Pero inevitablemente en él se respiran las tensiones conceptuales y éstas se traducen en ambigüedades, buenos deseos y eufemismos. Esto, creo, puede ser una buena oportunidad para que sin desecharlo y, al contrario, suscribiéndolo, los siguientes niveles de gobierno profundicen y afinen una nueva relación con el centro histórico.

Los objetivos suelen ser más o menos invariables: redensificarlo en términos habitacionales, embellecer y habilitar sus espacios públicos, reactivarlo económicamente y conservar aquello que llamamos patrimonio. Contar esfuerzos y avances en cada rubro, así como pensar objetivos y tácticas se vuelve muy problemático por una gran cantidad de razones. Las tensiones empiezan a multiplicarse y a acumularse; las estrategias pueden tener efectos contradictorios sobre los diferentes objetivos. Por ejemplo, no queda claro de entrada que podamos hablar de una “reactivación económica” en algunos de los cuadrantes más dinámicos de toda la ciudad. De hecho, dependiendo la zona es más bien esta intensa actividad la que dificulta conseguir los otros objetivos. Desde ahí ya tenemos algunos problemas conceptuales.

La corrección política hace su estridente aparición a través de una serie de consignas que a veces dicen poco (“hagamos de una ciudad-museo una ciudad-viva”, por ejemplo) o a veces reorientan la discusión hacia términos que oscurecen la razón por la que hablamos de centros históricos: por ejemplo, la centralidad de los vecinos en el discurso de una política de ordenamiento. En este último caso se olvida que si bien se trata de un grupo casi nunca homogéneo de actores, sus intereses, aunque totalmente legítimos, no siempre se concilian con la idea de un centro histórico a diferencia de lo que ocurre en otros entramados habitacionales de la ciudad.

Y es ahí donde está el corazón de las tensiones. De pronto las instituciones, actores e instrumentos de gobernanza de los centros históricos confunden su objeto como una suerte de ciudad dentro de la ciudad. La idea de que se trata de un espacio que, si fue segmentado del resto de la urbe, fue por su carácter patrimonial y recreativo, desaparece y reaparece de forma inconsistente. Al otro extremo, aquél que trata los centros históricos como meros parques temáticos, le pasa algo similar. Y en el camino tenemos, entonces, un enredo de instancias locales, estatales, federales, público-privadas e internacionales dictando normas, directrices y programas que jalan para un lado y para el otro en el contexto de un territorio muy complejo en términos sociales, económicos y hasta jurídicos.

Creo, pues, que conviene aprovechar los cambios de administración, para tomar una sana distancia de la trayectoria conceptual de los centros históricos y volver a acercarse al de la Ciudad de México con una mirada fresca y local. Los diagnósticos urbanísticos ahí están y son vigentes, pero conviene preguntarse qué papel queremos que juegue este pedacito tan particular de la ciudad. La intensa demanda que hay por este espacio (lo visitan alrededor de dos millones de personas al día) exige miradas de gestión centralizada para organizar ese deseo y mantener su sentido de lo público. Y creo que un buen punto de partida es entender esta demanda. 

Privilegiar la relación de unos (vecinos, comerciantes, turistas, burócratas) con el centro histórico puede implicar la exclusión de la relación de los otros. Yo no me atrevo a decir que una sea más legítima que otra. Por eso, cuando se habla de habitabilidad aparece el fantasma de la gentrificación. Cuando se habla de turismo, se ve la sombra de una gobernanza neoliberal. Y así se reactiva el reposicionamiento político de los intereses sobre esta intensa demanda…, olvidando los sentidos culturales que activan esta demanda.

Siempre me ha gustado la definición que el urbanista Fernando Carrión ha dado sobre los centros históricos como “objetos de deseo”. No son espacios urbanos que puedan ser tratados sin todas las particularidades sociales y culturales que activa lo patrimonial. Además de las dinámicas de centralidad urbana que pueden conservar algunos de ellos, el deseo por el centro histórico suele estar impulsado por sentidos compartidos de la belleza, de pertenencia, de leer en lo material una aglomeración de valores culturales. A partir de este deseo se derivan diferentes imaginarios sobre lo que debe hacerse con él (conservarlo todo, redensificarlo, transformar sus actividades económicas). Me parece que un problema de la gobernanza de los centros históricos es que se suele partir de uno u otro imaginario. Lo que sugiero dar un paso atrás y partir de comprender ese deseo como un problema público. Tal vez desde ahí es más fácil encontrar conciliaciones entre los actores involucrados y retomar las riendas de un plan de manejo.

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