1 noviembre, 2018

La insoportable relación de los chilangos con su medio ambiente

por José Ignacio Lanzagorta García | @jicito

Son pocos, pero los hay por varias partes de la ciudad y su presencia es de lo más disruptiva, pues su color naranja es ineludible. El otoño es de los tulipanes africanos. El espectáculo más notable está, por supuesto, si salimos del Valle de México, hacia el sur, en Morelos, Guerrero o en el sur del Estado de México, donde los encontraremos con sus colores incendiados por todos lados. Los niños se vuelven —nos volvíamos, nos volvemos— locos cuando cae inmaduro alguno de sus brotes florales, que son estos saquitos llenos de agua y que si los apretamos con los dedos, la disparan con toda fuerza. Hacia noviembre, si los frentes fríos que llegan hasta la Ciudad de México son intensos, otro espectáculo se perfila para quien quiera verlo, sobre todo en las orillas elevadas del valle hacia el sur y el poniente: por un breve tiempo los liquidámbares tiñen sus hojas de amarillo, naranja e incluso rojo. Nunca tan intenso como lo que se consigue en otras latitudes al norte o por otras especies más vistosas, pero lo suficiente bello como para querer admirarlo por unos momentos.

Las lluvias comienzan a ceder, aunque todavía con episodios memorables. Se revuelven aquellas tormentas típicas del verano, las que nos traen los remanentes o brazos de huracanes, depresiones y ondas tropicales, con la humedad que empujan los frentes fríos que vienen desde el norte. Aparecen las primeras inversiones térmicas matutinas: cualquiera que encuentre un punto elevado notará que hay una clara frontera entre un aire más revuelto abajo y otro más claro arriba. No, no todo lo turbio de lo que está abajo son contaminantes, pero sin duda que ahí también están nuestras “partículas suspendidas”. Antes del mediodía esa frontera se disipa. La luz en el Valle de México comienza a cambiar. No es más agradable que la de un día claro de verano o la de un ventoso día de febrero, pero algunos así la prefieren. Más plateada en las mañanas, más amarillenta en las tardes, el horizonte es menos claro salvo cuando acaba de entrar un frente. Ya no encuentra la luz a su paso los densos follajes color verde intenso de los fresnos, los chopos y los zompantles, sino hojas amarillentas y deslucidas, a punto de caer. A veces creo que esto es lo que la hace una luz menos cómoda. Otoño, sobre todo hacia sus últimas semanas y en el arranque del invierno, es la temporada en la que escuchamos el crujir de las hojas secas cuando las pisamos o de los barrenderos cuando las barren con esas grandes escobas hechas de ramas.

En el Valle de México otoñal, en términos de lluvias y temperaturas, podemos tener un día bien parecido al típico de nuestro verano, seguido de uno típico de nuestro invierno. Los más sarcásticos dirán que esto puede ocurrir incluso dentro del mismo día. Yo digo que no. Que la expectativa de un día cuyas condiciones meteorológicas sean rígidamente estables es la de un clima distinto al que aquí vivimos. Las expectativas y memorias meteorológicas del chilango son de lo peor.

La Ciudad de México tiene la bendición de un clima estable que a veces creo que trae consigo su maldición. No solemos relacionarnos con un conocimiento, ni siquiera testimonial, sobre nuestro medio ambiente. Ante una permanente expectativa de normalidad, la relación de los capitalinos con su entorno llega a ser la de total indiferencia. Esta actitud tiene un primer nivel que es, desde luego, meramente anecdótico. Si llueve: nunca había llovido tanto. Si hace calor: nunca había hecho tanto calor. Si hace frío: cómo está haciendo frío este año, ¿no? Cuando aún dentro de las regularidades del clima local se presentan condiciones que incomodan la vida cotidiana, sus habitantes se fastidian tanto como su fastidio a su vez fastidia a quienes lo testifican desde climas menos cómodos. A veces creo que la desconexión de los capitalinos con su medio ambiente es tal que, cuando su expectativa no es la de unas condiciones meteorológicas inmutables en temperaturas agradables y ausencia de lluvias, sus nociones del clima están alimentadas por los prototipos de otros climas en el norte del planeta. Esperan que el verano sea caluroso y soleado y no la primavera que es cuando eso ocurre aquí. Esperan que el frío solo ocurra en invierno y se sorprenden cuando un frente frío hace helar el aire en octubre o que en enero podamos alcanzar los 26ºC un día soleado. “¡Ahí está el cambio climático!”, dicen creyendo encontrar las señales del Apocalipsis cuando, de observar con más detenimiento el entorno local, sabrían dónde sí encontrar estas señales y no en sus regularidades.

Muchos de los que logran trascender estas expectativas casi colonizadas del clima local, se quedan en un siguiente paso también incompleto. Dicen que en el Valle de México hay solo dos estaciones: la seca y la de lluvias. Casi monzónico, será. Y entonces nos hacemos bolas de cuándo deberían empezar esas lluvias y cuándo acabar. Para muchos efectos, esta simplificación es funcional y adecuada, solo me parece de una reducción utilitarista excesiva. No digamos que, en estas desconexiones, el gobierno saliente de la Ciudad de México tuvo la ocurrencia de introducir la existencia de una “temporada de contaminación”. En la Ciudad de México sí hay algo parecido a las cuatro estaciones. Conocerlas ayudaría, incluso, a entender cómo o por qué funciona tal cosa como una “temporada de contaminación”. Estas estaciones no están necesariamente marcadas por hitos solares, pero éstos pueden servir de referencia. El calor primaveral y sus fantásticas floraciones suele comenzar poco a poco hasta más de un mes antes del equinoccio. Las lluvias del verano suelen comenzar, dependiendo el año, un mes antes del solsticio. La intensidad de las lluvias y las temperaturas comienzan a bajar ya bien pasado el equinoccio de septiembre. Dependiendo las especies, los árboles suelen tirar sus hojas hacia el final del otoño y algunos ya en invierno, pero los fresnos suelen mostrar los retoños de sus hojas nuevas desde enero. Y todo eso si no hay Niño y si lo hay, a ver qué tanto y en qué afecta y…

En general, en los entornos urbanos creamos paraísos artificiales —imperfectos y, sobre todo, desiguales— de estabilidad del tiempo que conducen a una desencantamiento del clima. Los cambios extremos son los que activan el uso de unas u otras tecnologías y dispositivos y esto contribuye a un mayor conocimiento personal y testimonial del clima local. Como en el Valle de México los cambios no son extremos, el resultado parece ser de un desencantamiento total. Son las vulnerabilidades las que cachetean a los urbanitas y nos hacen volver a mirar la fragilidad de nuestros paraísos. Es entonces que vienen bizantinas exposiciones y mitologías del fenómeno ambiental en curso. Es así que nos dejamos sorprender que con el par de inundaciones desastrosas anuales todavía resulte sencillo a las autoridades recurrir a la idea de unas “lluvias atípicas”.

En todo caso, estoy convencido de que la educación en las características del entorno medioambiental, bien acompañada del desarrollo de una sensibilidad despierta a comprender, disfrutar y observar los ciclos que ocurren al margen de lo urbano pero dentro de la ciudad, contribuiría muchísimo a una mejor y más profunda discusión pública sobre las grandes infraestructuras que le añadimos a nuestro entorno. El reto clásico de la vida urbana persiste: mantener el encanto con lo que nos trasciende.

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