9 abril, 2012

Recordando a Abraham Zabludovsky

por Miquel Adrià | @miqadria

Diez años después de la muerte de Abraham Zabludovsky (14 de junio de 1924 – 9 de abril de 2003) dos de sus obras más notorias están siendo remodeladas: la Biblioteca México de la Ciudadela y el Museo Rufino Tamayo. La primera albergará las colecciones privadas de notables escritores mexicanos (José Luis Martínez, Antonio Castro Leal, Jaime García Terrés, Carlos Monsiváis y Alí Chumacero) con la participación coral de arquitectos como Alejandro Sánchez, Bernardo Gómez-Pimienta, arquitectura911sc (Castillo-Springall), Javier Sánchez, José Vigil, Tatiana Bilbao y Mauricio Rocha. Estas intervenciones injertadas entre las crujías de esta Ciudadela, que albergó a lo largo de su historia todo tipo de usos, rodea los patios que intervino Zabludovsky en 1988 con la contundencia inconfundible de sus toscos paraguas que cubrían los patios sin tocar al edificio.

El Museo Rufino Tamayo, que proyectó con Teodoro González de León para sus amigos Olga y Rufino Tamayo en 1981, también está siendo remodelado. González de León está ampliando uno de los museos que mejor ha evolucionado hacia nuevos contenidos y formatos, agregando nuevas áreas de exposición y oficinas, así como un restaurante espectacular sobre la entrada que revitalizará las actividades y ampliará los horarios de este centro cultural.

El legado de los arquitectos tiene trayectorias disímiles. Unos repuntan con rescates póstumos y otros se diluyen en el anonimato de nuestras metrópolis caníbales. Las obras de Zabludovsky ni repuntan –quizá por demasiado recientes– ni se diluyen ante la fuerza de su contundente gestualidad expresionista. Sin embargo, la coincidencia de ambos rescates despierta el recuerdo de ese arquitecto que monumentalizó buena parte del paisaje urbano del pasado siglo. Abraham Zabludovsky nació en 1924 y estudió en la Escuela Nacional de Arquitectura, en la ciudad de México. Ya como estudiante apuntaba a lo que sería más tarde: arquitecto, constructor y empresario, todo a la vez. De su primera época son más de cien obras alrededor del tema de la vivienda. Residencias en Las Lomas, edificios de viviendas en la Condesa y Polanco, torres y conjuntos habitacionales, siguieron las ideas y los preceptos que tendieron a perpetuar los principios de la modernidad y su internacionalización.

En una segunda época, asociado con Teodoro González de León, construyeron un nuevo lenguaje, masivo y monumental, basado en el uso exclusivo del concreto cincelado, que vistió buena parte de los edificios emblemáticos de la sociedad mexicana, monumentalizando la ciudad. El INFONAVIT inauguró esta fértil etapa que culminó con la remodelación del Auditorio Nacional, donde el material único permitió cierto sincretismo entre modernidad y arquitectura prehispánica, no sólo desde los taludes y los muros ciegos sino desde la tosca gravidez de sus edificios escenográficos. En buena medida, su éxito proviene de la monumentalización de la ciudad, dotando los nuevos centros del poder civil con signos de identidad colectiva, como el Colegio de México, la Delegación Cuauhtemoc o el Museo Rufino Tamayo.

En sus últimos años, Zabludovsky diseñó auditorios y centros de convenciones con soltura y desenfado formal, lejos de la contención geométrica que rigió los años de colaboración anteriores. Sus obras póstumas –la Torre Quadrum, el Auditorio de Guanajuato, el Museo Interactivo Papagayo, los auditorios de Hidalgo y Celaya, y el Centro de Convenciones de Chiapas– quedaron varadas como buques atemporales. La intuición y gestualidad del arquitecto generaron relaciones espaciales complejas a partir de intersecciones entre figuras simples. La plasticidad y la abstracción del concreto, como único material, le permitieron pasar del proyecto a la obra sin solución de continuidad, desde un discurso que entrecruzó las enseñanzas del Movimiento Moderno con una lectura personal de las culturas autóctonas. Abraham Zabludovsky decía, parafraseando a Le Corbusier, que “el arquitecto es un organizador; no un estilista del tablero de dibujo”. Hoy, que dos de sus obras resisten los necesarios liftings contemporáneos, recordamos a ese arquitecto intuitivo, lúcido y pragmático que sembró hitos arquitectónicos y monumentalizó el espacio cívico de tantas ciudades mexicanas.

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