20 septiembre, 2014

Pulgarcita

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Las hemos visto, con admiración, escribir un mensaje en sus teléfonos a una velocidad que nada debe envidiarle a la de una mecanógrafa experta de los años 50 del siglo pasado, usando sólo sus dos pulgares. Probablemente tu, que ahora lees esto, así escribas. Y también leas en la pantalla del mismo teléfono pasando rápidamente de un sitio a otro controlándolo hábilmente con un pulgar. Pulgarcita, pulgarcito. Petite poucette, el mundo ha cambiado de tal manera que los jóvenes deben reinventarlo todo: una manera de vivir juntos, las instituciones, la manera de ser y de conocer. Se trata de un pequeño libro, publicado en el 2012, que reproduce una conferencia impartida por Michel Serres en la Academia Francesa.

Michel Serres, de 84 años, estudió en la Escuela Naval antes de entrar a la Escuela Normal Superior a estudiar filosofía. Entre sus muchísimos libros, ha escrito de ciencia y de la comunicación —la serie Hermes—, sobre la fundación de Roma y la invención de la geometría, sobre las estatuas y los mapas, sobre los cinco sentidos y el parásito. Este pequeño libro trata de entender, con optimismo, a la generación de sus nietos: pulgarcita y pulgarcito, humanos que  viven en el mundo, dice, de una manera radicalmente diferente a la que acostumbramos desde el neolítico: “ya no vive en compañía de los animales ni habita la misma tierra, no tiene la misma relación con el mundo. Sólo admira una naturaleza arcádica: la del ocio y del turismo.” Han sido forrajeados —agrega— por los medios y pueden manipular información diversa al mismo tiempo sin conocer, ni integrar ni sintetizar del modo como lo hacíamos nosotros, sus ancestros.

Pulgarcita es la última versión de la exteriorización de las capacidades humanas: la palanca una prótesis externa al brazo, la escritura es una prótesis externa a la memoria; el teléfono inteligente es una prótesis externa de nuestro cerebro entero puesto en nuestras manos. Como San Denis —dice Serres—, el obispo de París en el siglo tercero que tras ser decapitado caminó diez kilómetros hasta el lugar donde ahora se levanta la basílica que lleva su nombre y donde yacen los restos de los reyes de Francia, Pulgarcita camina con su cabeza entre sus manos.

Se trata de la tercera gran revolución humana, dice Serres en una entrevistala primera el paso de lo oral a lo escrito, la segunda de lo escrito a lo impreso y ahora de lo impreso a lo transmitido. Cada revolución, explica, supone mutaciones políticas y sociales. La escuela, por ejemplo. “¿Qué transmitir? ¿El saber? Ya está todo en la red, disponible, objetivado. ¿Transmitirlo a todos? Ya es accesible a todos. ¿Cómo transmitirlo? Ya es un hecho. La relación unívoca y de dominio entre quienes saben y transmiten —los maestros— y quienes aprenden —los alumnos— se ha roto o, más bien, se ha disuelto y vuelto más compleja: ya no hay un silencio atento a lo que repite el maestro —repite, sí: para Serres el maestro habla un conocimiento ya escrito, descrito: rara vez inventa— sino un barullo constante. “Por primera vez en la historia —afirma Serres hablando del cambio social— podemos oír las voces de todos:” “todos quieren hablar, todo mundo se comunica con todo el mundo en redes interminables.” Así se forman nuevos colectivos, inestables, variables, que cobran forma tan pronto como se desbaratan por cada extremo, mosaicos, caleidoscopios líquidos que hacen que hoy sean inútiles e incomprensibles viejas abstracciones como la consciencia de clase, o de género, o nacional, o de cualquier otro tipo. Es casi inútil preguntarse cuál es la idea de estado o de nación de Pulgarcita; acaso haya que investigar su idea de ciudad o de barrio o, más bien, del lugar donde hay que estar en un momento dado, de la red en la que hay que estar conectado.

La visión de Serres acaso sea demasiado optimista. Él mismo afirma que es la de un abuelo cariñoso. Julien Gautier, por ejemplo, emprende una larga crítica del texto de Serres al que califica de fábula reductiva. Pero tiene a su favor que, al igual que su elogio de Wikipedia —que algunos descalifican por ser una enciclopedia no sólo pública sino popular: hecha por todos—, su descripción de Pulgarcita —como en su momento la que intentó Alessandro Baricco de los bárbaros mutantes— se aleja de un rancio elitismo intelectual.

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