5 octubre, 2016

Prosumir ciudad: micropolíticas de género

por Aura Cruz Aburto

Por no ir en tu vagón: territorios femeninos, territorios masculinos

Hace relativamente poco tiempo, una buena amiga me contó una experiencia que le dejó una terrible desazón. Ella abordó un vagón del metro que no estaba destinado exclusivamente a las mujeres, según se ha determinado como una estrategia pública de género orientada a la protección de las mismas. Fue entonces cuando, en dicho sitio, un hombre la agredió. Ella le interpeló. Él respondió desafiante:

«¡Eso te pasa por no ir en tu vagón!»

Cuando mi amiga me contó esta experiencia me quedé pensando y comencé a entrevistar a otras mujeres sobre su opinión acerca de esta política pública de segregación de género en el metro. Muchas de ellas aceptaron que las hacía sentir seguras el hecho de que disponían de vagones donde solo podían ir mujeres ya que, en su inmensa mayoría habían padecido el acoso urbano en este medio de transporte. Sin embargo, también muchas estaban conscientes del encono que esta práctica estaba generando en algunos hombres debido a que la segregación era una medida que estigmatizaba a un sector de la población sin que ello implicara necesariamente el cambio del imaginario de los habitantes de la urbe, usuarios del metro.

 

El metro, espacio público

En resumen, un servicio público que también es espacio —porque el metro delimita territorios ocupados por los cuerpos ciudadanos— se ha fragmentado de una manera que pareciera, paradójicamente, peligrosa. Esta problemática me llevó a otro lindero más; aún no podía encontrar cómo armar este rompecabezas formado de contradicciones que, a decir verdad, me llenaban de incógnitas más que de posicionamientos claros.

Navegando por las redes sociales me topé con un debate acerca del proyecto del CETRAM Chapultepec. En éste, se hacía una crítica acerca de la pobreza del espacio destinado para los usuarios del transporte público y del escaso interés por este ámbito por parte, qué ironía, de la Autoridad del Espacio Público. Sorprendentemente, al menos para mí, uno de los altos funcionarios de esta instancia sostenía que el transporte no era espacio público, sino las plazas y que esas ya estaban consideradas en el proyecto. Es decir, el espacio público se concibe desde esta instancia como una conformación física y no como el ámbito donde se desarrolla el encuentro de lo colectivo, de lo público.

Al respecto, me fue inevitable no pensar en diversas propuestas que piensan al espacio público como la toma de un sitio, como el encuentro vivo de los habitantes, no solo como su infraestructura, como lo diría el antropólogo español Manuel Delgado, así como en las ideas de Oldenburg acerca del «tercer lugar» que se diferencia del ámbito doméstico (la casa) y del espacio del trabajo y que se caracteriza por ser el sitio del encuentro que no responde a reglas de productividad establecidas: no un cadáver de piedra que se ha denominado desde el poder como espacio público.

 

La producción del espacio, el prosumo del espacio

Bajo esta otra concepción, podemos decir que el espacio público aparece cuando se produce por sus habitantes. Esta es una concepción de resistencia y que entiende que el poder existe en su ejercicio, que no en su posesión, siguiendo el pensamiento del filósofo Michel Foucault. Si bien el espacio público que se proyecta desde arriba, desde la mirada de las autoridades (espacio concebido, diría Henri Lefébvre en La producción del espacio), ejerce cierto tipo de poder, es cierto también que en la toma consciente y en la intervención efímera de este esqueleto prefigurado se expresa otro tipo de poder, el de las micropolíticas (Foucault) que puede traducirse al espacio vivido de Henri Lefébvre.

 

De vuelta al metro

Siguiendo estas ideas me ha parecido que quizá en esta revisión y remembranza conceptual se podría fundar algo más que estrategias de segregación. No es que no crea que una forma de que las mujeres compartan el poder y sean partícipes del modelado de sus destinos es que tomen los cargos importantes que dan forma a nuestras ciudades. Sin embargo, a veces creo que los y las arquitectas y urbanistas pecamos de un complejo de dioses, creemos que la única manera de hacer propio el mundo es desde las oficinas pletóricas de autoridad. Es en parte cierto, pero también lo es que diariamente, como ciudadanos de a pie que todos somos, la ciudad y su espacio público se hace y practica en la apropiación de lo predefinido: esto toca incluso a esos poderosos funcionarios que parecen olvidarlo no sé por qué. Mujeres y hombres poseemos el potencial de hacer nuestra a esta ciudad, o al menos de la esfera vital que se mueve con nosotros a través de ella.

También es preciso que todos encaremos nuestras prácticas microfascistas y desmantelemos el perverso discurso de la victimización como el de una falsa neutralidad en lo que respecta al género. Es cierto que las mujeres hemos sido victimizadas porque padecemos agresiones constantes en las ciudades en sus ámbitos públicos, como el transporte público, porque de alguna manera persiste tácitamente la idea de que nuestro destino está en el ámbito doméstico. También es cierto que aparece una revancha en la apropiación de ciertos territorios, como nuestro vagón o como los autobuses del programa ATENEA, donde no se le debe ocurrir a un hombre subir sin esperar tremenda agresión de vuelta. Ambas, aunque por razones históricas diferentes, son prácticas excluyentes, que parecen no dejar que la disputa territorial llegue a un punto de acuerdo. ¿Cómo podemos construir una negociación así? Abro la pregunta a los lectores de este texto asumiendo que es preciso reconocer lo que se disputa y los roles de exclusión en los que constantemente estamos participando.

 

Pequeñas resistencias

De aquellas pláticas que entablé en un inicio con varias y muy diversas mujeres acerca de su manera de vivir el ámbito público, particularmente en el transporte, encontré pequeñas acciones grandemente sugerentes que me hacen pensar que, incluso en los regímenes más totalitarios (desde arriba o desde abajo, expresados por un gobierno opresor o por un pueblo lleno de cerrazón) es posible reinventar la experiencia que tenemos.

Una de las amigas con quienes conversé, me contó que para aislarse del acoso verbal utiliza sus audífonos. El acoso sí nos agrede e intimida (¡los supuestos «piropos» no nos gustan!). Recordé al diseñador polaco Krystof Wodicszko quien, ante un sistema totalitario que controlaba lo que los ciudadanos podían y debían escuchar, diseñó el Personal Instrument, consistente en un artefacto con un micrófono que capturaba sonidos ambientales que serían aislados y filtrados a través del movimiento de sus manos, cubiertas con guantes con sensores. Este artefacto tendría como finalidad seleccionar y manipular el sonido por su portador. El instrumento operaría en dos planos simultáneamente, en el literal, permitiendo la selección y amplificación de la experiencia sensorial y en un sentido simbólico que plantearía la necesidad de selección de los estímulos del mundo exterior por parte de un sujeto que no tendría la libertad de expresarse abiertamente. Sin embargo, no deja de embargarme la angustia. La táctica de mi amiga, como la de Wodicszko, es autosegregante ante una sociedad que parece no poder regularse a sí misma, pero, a la vez, entiendo esta práctica ante la agresión constante.

No quiero pensar que la segregación deba ser el punto de construcción de una política de ámbito público en cuestiones de género y, la verdad, en ninguna otra. Sí creo que la posibilidad de apropiarse de los sitios de la ciudad para construir encuentros cotidianos nos puede llevar a acercarnos, y no creo que concebir al espacio público como una gran plazota con banquitas sea la vía. Creo que en ese sentido, a veces el café de la esquina tiene más potencial de espacio público y creo que es ahí donde deberíamos de poner nuestros ojos para deconstruir los estigmas y las ideas preconcebidas que tenemos respecto al género, así como a las construcciones de clase y origen étnico. Construir espacio público parece ser más cuestión de procesos colaborativos, de construcción de fines compartidos que de plazas bien diseñadas con pavimentos de despiece perfecto.






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