30 agosto, 2014

Progreso, conservación y lo que queda en medio

por Arquine | @arquine

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Tres notas. La primera, una entrevista de Ana Guerrerosantos a Teodoro González de León, quien habla, entre otras cosas, de algunos proyectos en curso en su taller. Del que diseña en donde estuvo el Conjunto Manacar, diseñado por Enrique Carral en 1963, dice que era ése proyecto el que no respetaba bien al sitio. También dice que era un edificio bonito pero ineficiente y que le dolió su demolición, pero que no había resistido al cambio en el tiempo. La segunda nota también es una entrevista: Anatxu Zabalbeascoa entrevista a Anne Lacaton. Cuando se le pregunta a la francesa, asociada con Jean Philippe Vassal, si “todos los edificios se pueden reparar,” responde: “en Europa es lógico reparar. Los arquitectos no podemos comenzar de cero, porque hay mucho hecho. Se tiene que contar con ello con la atención suficiente para encontrar valores, que siempre los hay”. Después Lacatón agrega: “lo que existe es un recurso que es irresponsable y soberbio despreciar. Como arquitectos creemos en la suma, en la integración, en las capas. Nunca demoler, siempre añadir”. La tercera nota es del crítico de arquitectura de The Guardian Oliver Wainwright, quien cuenta cómo tres “poco agraciadas torres de 27, 32 y 37 pisos” que “se entrometen torpemente como un huésped no invitado” en la silueta de la Mezquita Azul, la plaza Topkapi y Sant Sofía, fueron condenadas a ser demolidas por una corte turca en mayo pasado pues “afectaban negativamente un sitio declarado patrimonio de la humanidad que el gobierno turco estaba obligado a proteger.”

Tres posturas, tal vez. La idea de que no hay razón para conservar un edificio, bueno pero que tal vez no haya logrado alcanzar el estatuto de monumento, si resulta ineficiente. La idea, en el caso de Turquía, de proteger no sólo un edificio o su contexto cercano sino incluso las vistas a cierta distancia. La tercera, la posición de Lacaton y Vassal, la idea de adaptar y adaptarse, de transformar lo existente a partir de la cuidadosa atención dedicada a lo que hay. Por supuesto la diferencia entre las tres posturas no sólo es de actitud sino que deriva también de los casos particulares: por más que el Conjunto Manacar me haya parecido un gran edificio, no es ni la Mezquita Azul ni Santa Sofía, y los edificios y espacios públicos que han intervenido Lacaton y Vassal casi nunca son excepcionales ni por su historia ni por sus características arquitectónicas. Pero su postura es clara: “la observación de lo que existe es la primera fase —dicen en la entrevista. No se trata de respetar a críticamente, sino de no dar por hecho que la demolición previa es un paso inevitable. El objetivo es arraigar las nuevas intervenciones”,

La resolución de la corte turca parece obvia e incontrovertible: sólo a esos que disfrazan intereses solamente económicos como promesas de mejores ciudades y mejor vida, pueden pensar que esas torres asomándose entre antiguos minaretes merecen ocupar ese sitio —la codicia convirtió a la vivienda en oportunidad de lucro para los constructores”, dice Anne Lacaton. En la ciudad de México hoy cualquiera puede ver esa serie de intrusos, la mayor parte de escasísima calidad arquitectónica, asomándose, por ejemplo, tras los edificios originales del campus de Ciudad Universitaria u obstruyendo la vista, cada vez menos común, al final de una calle, del paisaje que pintó José María Velasco. Pero es una postura que abre la puerta al conservadurismo radical que supone en cualquier piedra vieja un vestigio venerable.

Habría que suponer que ni la ciudad es siempre antigua —como escribió, con razón para su momento, Fernando Chueca Goitia— ni es campo libre para una tábula rasa que presupone en cualquier cambio progreso. La arquitectura y las ideas —“si las ideas son buenas, la arquitectura será buena”, dice ella— de Lacaton y Vassal pueden ofrecer un término medio —donde la medianía es virtud— entre el heroísmo progresista y el heroísmo conservador.

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