11 julio, 2019

Primero el azoro, después la ansiedad

por Christian Mendoza

El 10 de julio murió Armando Ramírez, novelista y cronista mexicano. Su obra, enfocada en la Ciudad de México, recopila emblemas que representan lo que alguna vez se vivió como un gran barrio: los boxeadores, los organilleros, las cantinas, las vecindades, los tianguis, los “teporochitos” —hombres alcohólicos que, por lo general, viven en una condición de indigencia. Casi en la misma línea de Ángel de Campo, otro cronista urbano aunque menos célebre, Armando Ramírez miró a la ciudad con ironía al tiempo que la celebraba. La tepiteada (Océano, 2007), una de sus últimas novelas, es una reescritura de La odisea en la que las peleas entre pandillas adquieren el tono de la épica heroica. 

En una cápsula para el canal Capital 21, transmitida en 2018, el autor entrevistó a los vendedores de libros de la Ciudadela; ahí los declaró promotores de la lectura. “Pero qué bonito es andar recorriendo lugares para encontrar el saber y el universo de las palabras. ¡Despierte, tío Alberto! ¿O qué no le contaron de El principito?”, dijo para la cámara. Esta imagen de Armando Ramírez, rodeado de revistas y libros usados, es mi punto de partida. Más que un obituario, lo que quiero es apuntar algunas ideas sobre el conocimiento ante la capital de México, una relación que ha sido explorada de manera muy peculiar por la literatura y el arte de la modernidad nacional. 

¿Cuál es la primera aparición literaria de la ciudad? “El vagón, además, me lleva a muchos mundos desconocidos y a regiones vírgenes”, escribía Manuel Gutiérrez Nájera en La novela del tranvía, una crónica que ha sido antologada también bajo el género de cuento. “No, la ciudad de México no empieza en el Palacio Nacional, ni acaba en la calzada de la Reforma. Yo doy a ustedes mi palabra de que la ciudad es mucho mayor.” La segunda mitad del siglo XIX fue el encuentro de la literatura con una región un tanto más ruidosa, otro poco más habitada, aunque todavía no lo suficientemente extendida. Para Gutiérrez Nájera, así como para otros escritores de la época, como Rubén M. Campos o José Juan Tablada, trasladarse a Tlalpan —o cuando se sentían más aventureros, a Cuernavaca— era motivo de una crónica de viaje. 

Sin embargo, comenzó a ser posible desvelarse en los  bares, escuchar a sopranos italianas —la visita a México de Adelina Patti a la Ciudad de México marcó a la intelectualidad de esos años— o trabajar como burócratas culturales. Pero llegó la Revolución, y entre los muchos sucesos ocurridos cuando los ejércitos del sur y el norte conquistaron la capital, pasó que fue destruido el jardín japonés del poeta José Juan Tablada en su residencia de Coyoacán. Sin embargo, el proyecto nacionalista e institucional fue también el contexto para narrativas mucho más vitalistas que “la enfermedad de la civilización” que padecían los escritores finiseculares. Mientras que para Tablada la cocaína era una forma de acercarse al pesimismo baudeleriano, la ciudad posrevolucionaria —la ciudad moderna— fue la del rock and roll, las minifaldas y el optimismo hippie. 

En la película Los caifanes (1967), dirigida por Juan Ibáñez, una pareja de clase media se adentra en la vida nocturna de la Ciudad de México, guiados por un grupo de arrabaleros que, en una metáfora bastante ingenua de Caronte, los llevan por un viaje hacia la libertad de la noche y los recovecos de su subjetividad. Los cabarés, las funerarias, las taquerías —sitio al que llega un Carlos Monsiváis, él mismo un cronista urbano, “teporochito” y disfrazado de Santa Claus— escenifican una crítica hacia la figura de la pareja decente y burguesa, la cual termina separada una vez que amanece. Un poco más logrado que Los caifanes, el cortometraje Tajimara (1965), a cargo de Juan José Gurrola y perteneciente al díptico Los bienamados, que se complementa con Un alma pura de Juan Ibáñez, tiene una larga secuencia que retrata a otra pareja, aunque más joven. Un probable contrario de la pareja en Los caifanes, el chico y la chica recorren el Museo de Arte Moderno: son atractivos, son letrados y sueñan con su propia emancipación. 

“De hinojos, coronado de nopales, flagelado por su propia (por nuestra) mano. Su danza (nuestro baile) suspendida de un asta de plumas, o de la defensa de un camión; muerto en la guerra florida, en la riña de la cantina, a la hora de la verdad: la única hora puntual”, recita Ixca Cienfuegos, personaje de La región más transparente, novela de Carlos Fuentes (1958). Para este momento, la ciudad ya es habitada por la multitud y el ruido; ya es imaginada como una mezcla de identidades a veces trágica, a veces festiva. Del adolescente que experimenta la pérdida de su infancia, como se lee en De perfil (1966) del escritor José Agustín, al espectro de los sacrificios humanos narrado en La fiesta brava (1997) de José Emilio Pacheco, los ejemplos del arte urden una historia de la modernidad urbana. La crónica de ciudad, así como su novelización y su imagen cinematográfica, son necesarias al menos para el caso mexicano. No por nada personajes como Salvador Novo o Monsiváis fueron tan públicos. Ellos podían dar directrices para entender las manías de los habitantes de Polanco o el comercio ambulante del Sistema de Transporte Colectivo Metro. 

“Pero qué bonito es andar recorriendo lugares para encontrar el saber y el universo de las palabras”, vuelve a decir Armando Ramírez, quien encontró en el albur y en los tacos de tripa historias lo suficientemente importantes para sus colaboraciones en periódicos y en la televisión. En la tradición narrativa sobre la ciudad es constante que sea la clase media la que viaja a los bajos fondos, ya sea para descubrir la honestidad de lo exótico –como le sucedió a Julissa–, o para desengañarse del progreso ante la miseria de los otros. En cambio, Armando Ramírez fue originario de una zona de la ciudad que sólo era descubierta cuando los artistas buscaban inspiración. Sin embargo, ¿la crónica urbana debe permanecer en el registro de lo pintoresco? ¿Quién es el cronista urbano contemporáneo? Esta ciudad, tal vez, comienza a agotar a su flâneur: la especulación inmobiliaria, las noticias sobre indigentes asesinados por calcinamiento, los campamentos de ciudadanos que siguen esperando volver a sus casas tras el sismo del 2017 o el asedio de los barrios por la gentrificación creciente acaso sean ejes del nuevo relato. Un relato sobre una ciudad que no cumplió su promesa de modernidad y que cancela el futuro de sus habitantes al tiempo que provee garantías para el mercado. Un relato que tendría que cerrar la añoranza turística por la ciudad del desarrollismo milagroso y abrir la discusión a la urgencias actuales.  

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