25 noviembre, 2019

Por qué odio Blade Runner

por Klaus | @Klaustoon

La primera vez que vi Blade Runner fue en 1988. Lo recuerdo perfectamente porque en una época en la que aún disponíamos únicamente de dos cadenas de televisión nacionales, el estreno en televisión de cualquier película era saludado como un acontecimiento —al menos así lo hicieron las personas con las que me encontraba. Lo cierto es que a mi edad desconocía por completo el filme, pero uno de los protagonistas era el actor que interpretaba a Han Solo en La Guerra de las Galaxias (la película; nada de ‘Una Nueva Esperanza’, ni monsergas similares), así que me senté delante del televisor, unos años demasiado joven para disfrutarla. Ciertamente me impresionó, si bien no en el sentido que uno esperaría. Un par de años antes había huido de una proyección matinal de Fuga del Bronx (1983), de Enzo G. Castellari, cuya crudeza demostró ser demasiado para mi sensibilidad infantil. Algo parecido me sucedería con el film de Scott, que me estremecería en varias ocasiones. De aquella sesión recuerdo la imagen de Zhora atravesando vidrieras con un impermeable de plexiglás cada vez menos transparente por los borbotones de sangre. También recuerdo la similar mezcla de repulsión y fascinación morbosa que me produjeron el tétrico look de muñeca de porcelana de una jovencísima Sean Young, o la escena final, con Rutger Hauer recitando su semi-improvisado monólogo, rodeado del azul de una azotea lluviosa. 

Todo esto no me ocurriría algunos, pocos, años después cuando, también de noche, pero esta vez motu proprio y con un mucho mayor -aunque aún exiguo- conocimiento y madurez, viera por primera vez el filme anterior de Scott, Alien (para nosotros, en uno de los raros momentos de brillantez de la ‘traducción creativa’ al castellano de los títulos originales, Alien, el octavo pasajero). Es decir, la fascinación estaba ahí, desde luego, pero en este caso no era morbosa, sino el puro deleite estético de quien descubre por vez primera algo con la conciencia creciente de hallarse ante una obra maestra. He de decir que esto no me ocurrió con Blade Runner, ni siquiera cuando la vi, ya en unas condiciones razonables y mediados mis estudios de arquitectura, algo más tarde. Que no se me malinterprete. Blade Runner es uno de los films que más he revisitado, una de mis películas favoritas, un hito de la historia del cine -indiscutible si hablamos de ciencia ficción-, e icono de la postmodernidad que ha generado ríos de tinta, algunos de cuyos afluentes han sido alimentados por el que esto escribe. Ni confirmo ni desmiento que en su momento le dedicara un capítulo en una tesis doctoral.

Sin embargo, allí donde Alien es un film que funciona con la precisión de un mecanismo de relojería, Blade Runner resulta más irregular: si el segundo film de Scott era un prodigio de control del tempo, Blade Runner presenta un ritmo desigual, con un montaje lleno de momentos en los que el espectador sigue con dificultad la —por otra parte ridículamente simple— trama. Alien había sido un prodigio en muchos aspectos, que elevaron lo que comenzó en el fondo como una película de horror de serie B a la categoría de pequeña joya cinematográfica. Tres años más tarde, y con un presupuesto tres veces superior, Blade Runner supondría una empresa mucho más ambiciosa, en la que Ridley Scott abandonaba el megaestructural pero limitado ecosistema interior de su segundo filme, y se enfrentaba a la creación visual de un mundo completo: el continuo megalopolitano de Los Ángeles en un aún futuro 2019. Sin embargo, esto no rebajaría su nivel de exigencia. Blade Runner presentaría el mismo método de layering que The Duelists (1976) y Alien (1979), en el que cada fotograma del film se veía abarrotado con capa sobre capa de información, que apabullaba a un espectador incapaz de aprehender todo lo que se le mostraba, redundando en último término en una insoportable sensación de realidad. Los mundos filmados por Scott no parecían decorados, construidos para el ojo de la cámara, sino entornos reales cuya complejidad excede la capacidad del espectador para registrarla en su totalidad; como el mundo real.

Esta ambición excesiva tendría su efecto en el film: Si Alien, pese a su relativa variedad de escenarios, exudaba coherencia en su tratamiento visual, en Blade Runner el equipo liderado por Douglas Trumbull se vería obligado a utilizar todos los trucos del catálogo para responder a las crecientes demandas de Scott, lo que imprimiría en la realidad del film una cierta naturaleza collage. Blade Runner /Los Ángeles 2019 es un filme/ lugar conformado por momentos/ espacios yuxtapuestos sin solución de continuidad Su conexión, como en la Metrópolis de Fritz Lang, se abandona a la imaginación del espectador.

Y, sin embargo, sería esta condición múltiple, sobresaturada e inconexa, la que redundaría en la aparentemente inagotable capacidad del film para representar la realidad postmoderna, y fascinar a público y Academia por igual. Blade Runner mostró un futuro-presente (un futuro de 1980) que se ofrecía al espectador con abrumadora fisicidad; un futuro oscuro pero palpable, que daría lugar a paradojas como el curioso Síndrome de Estocolmo que haría que “[e]n febrero de 1990, en un ciclo de conferencias (…) en Los Ángeles, tres de entre cinco urbanistas estuvieran de acuerdo en que esperaban que algún día Los Ángeles fuera como el film Blade Runner.»[1] Noviembre de 2019 ya está aquí, y la realidad al otro lado de mi ventana es igual de ominosa que la descrita por Scott, pero mucho menos fascinante. Y lo mismo puede decirse de la situada al otro lado de la pantalla, ahora digital.

¿Entendéis por qué odio Blade Runner?


1. Norman M. Klein. «Building Blade Runner». En: Social Text 1990, no. 28, pp. 147-152.

 

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