23 agosto, 2016

¿Por qué la fealdad es el mayor enemigo de la ciudad? Y un remedio

por Juan Palomar Verea

Porque la fealdad envilece lo que toca. Porque aniquila las posibilidades de buscar una vida mejor. Porque deprime y confunde. Porque la fealdad es la patente expresión del deterioro moral, y por lo tanto material. Porque no hay peor enemigo de la comunidad que el desánimo que constantemente transmite la fealdad, que su insidiosa negación de todo lo que la gente necesita.

La belleza, hay que insistir, no es ningún atributo que “adorne” a la ciudad. Es parte de los cimientos, de la fábrica y de la esencia misma de ella. Desde los griegos, desde San Agustín lo sabemos: la belleza es la expresión de la verdad, del orden. Es cierto que vivimos una época de confusión y de modas intelectuales que dicen encontrar en el desorden, aun en el caos, la expresión de los tiempos, su particular caracterización, su específica “belleza”. Pero las ciudades se rigen por la cuenta larga, esa que trasciende las veleidades y los extravíos de las coyunturas temporales.

Cualquier buen pueblo de Jalisco, para no ir más lejos, y del que muchos testimonios vitales y documentales se pueden tener, poseía por siglos, y hasta los años cincuenta de la pasada centuria una esplendente belleza. Una belleza intemporal, evidente: de la que sus habitantes y sus visitantes podían obtener un cotidiano alimento espiritual, un soporte firme donde fundar sus aspiraciones, sobre el que construían sus vidas. Si vamos más allá, los ejemplos nacionales e internacionales de la belleza urbana mantienen toda su vigencia.

Guadalajara, en tantas partes, se ha vuelto horrible. Porque la fealdad trabaja por acumulación: una calle descuidada, “arquitecturas” y construcciones erróneas, pretensiosas, vulgares; árboles mutilados o inexistentes, suciedad, cableados desordenados y excesivos, publicidad irrefrenable que va de los letreros que ostenta un negocio destartalado hasta los enormes “espectaculares” capaces de apabullar perspectivas enteras, ruidos, humos, mareas cada vez más intensas de un tráfico automotor desgastante y agresivo…

Ante este panorama: ¿Qué puede hacer la comunidad para detener esta tan dañina invasión de la fealdad? ¿Qué remedio práctico, posible e inmediato puede contraponerse a la erosión de los valores de la comunidad que es la fealdad? La respuesta es plantar árboles, miles de árboles, decenas de miles de las especies adecuadas. Parece una respuesta simple, y desde luego lo es: los árboles son el mejor antídoto contra la generalizada falta de armonía, y contra el deterioro del medio ambiente, del mismo aire que respiramos, de la imagen de la ciudad que a diario es el alimento que todos estamos obligados a digerir.

No hay cuadra de horrores “arquitectónicos” y de degradaciones urbanas que no mejore radicalmente con dos buenas hileras de árboles frondosos y bien cuidados. El efecto salutífero es, si se toman las medidas necesarias, instantáneo, y va siendo más intenso con el paso del tiempo. No solamente las calles así se tranquilizan y serenan, sino que las nuevas presencias vegetales contribuyen grandemente a la toma de conciencia de vecinos y ciudadanía sobre el cuidado de sus entornos, al indispensable sentimiento de comunidad, sobre el que luego se pueden hacer muchas acciones favorables más.

La propuesta es clara: declarar la urgencia pública de la belleza y de la salud (que al final son lo mismo). Que la plantación de árboles y la instauración de nuevos espacios verdes sea un propósito integral e inmediato de dependencias como la Dirección del Espacio Público, de los programas de “Banquetas Libres”, de las escuelas y centros académicos, de las múltiples dependencias de gobierno. La belleza de la ciudad es algo irrenunciable para las presentes generaciones. Comencemos por plantar árboles; y después seguirán muchas otras cosas…






ARTÍCULOS DEL MISMO AUTOR./

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Hugo González Jiménez (1957–2021)

Hugo González Jiménez nació en Guadalajara en 1957. Se inscribió en la Escuela de Arquitectura del Iteso hacia 1975 y se graduó con honores en 1980. Fue un alumno reflexivo, serio, brillante y solidario. Siempre se destacó por su tranquila apostura, su humor en sordina, sus dibujos y sus partidos arquitectónicos originales y sólidos.

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