12 agosto, 2019

Planeta (in)sostenible

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

En 1965 Christopher Alexander publicó un breve texto titulado La ciudad no es un árbol. El ensayo inicia aclarando que el árbol del título no es un árbol verde con hojas sino “el nombre de una estructura abstracta” que contrastará “con otra estructura abstracta, más compleja, llamada semirretículo.” El árbol —que los filósofos llaman de Porfirio, por el filósofo del siglo III de nuestra era que lo estudió y determinó a partir de ideas de Aristóteles— es un conjunto de caminos que se bifurcan en disyunciones siempre excluyentes. En un semirretículo, en cambio, las relaciones no son disyuntivas —esto o lo otro— sino conjuntivas —esto y lo otro. Una naranja pertenece al conjunto de objetos esféricos, como una pelota de tenis, y al de elementos orgánicos, donde también están las zanahorias, que no son esféricas pero sí color naranja, y al de los frutos, donde no están las zanahorias ni las pelotas de tenis pero sí los aguacates, que no son ni esféricos ni de color naranja. Y la naranja también está en el conjunto de frutas que pintaron tanto Cezanne como Picasso, si pensamos a la manera de la enciclopedia china descrita por Borges.

Esquema de árbol, según Christopher Alexander.

 

Esquema de semirretículo, según Christopher Alexander.

 

El objetivo de Alexander era explicar que hay dos tipos de ciudades: las naturales, que crecen con el tiempo de manera más o menos espontánea, y las artificiales, planeadas de manera deliberada y de golpe. Venecia contra el Plan Voisin. Para Alexander las primeras ciudades, las naturales, se estructuran como semirretículos, mientras que las segundas son pensadas linealmente, como árboles. En las ciudades naturales las relaciones entre los distintos elementos son complejas y forman sistemas. Alexander pone de ejemplo de un sistema una farmacia en una esquina, el semáforo para cruzar la calle y un puesto de periódicos. Alguien sale de la farmacia con cambio en la mano, debe esperar para cruzar la calle, voltea al puesto de periódicos, lee un encabezado, le llama la atención y aprovecha las monedas que tiene en la mano. Todos esos elementos cooperan entre sí y forman un sistema que trabaja en conjunto. El urbanista que ve la ciudad como un árbol será incapaz de entenderlo.

La diferencia entre árboles y semirretículos no es sólo una cuestión de teoría de conjuntos sino de visiones del mundo. Más de tres siglos antes de que Alexander publicara su ensayo, Descartes publicó su Discurso del método, donde escribió que una de las primeras ideas en que se detuvo a pensar, encerrado en su habitación un invierno, fue que “no hay tanta perfección en las obras compuestas de varias piezas y hechas por las manos de diversos artesanos como en aquellas que uno solo ha trabajado.” Y sigue:

“Así, vemos que los edificios que un solo arquitecto emprende y termina acostumbran ser más bellos y estar mejor ordenados que aquellos que varios tuvieron la tarea de reacomodar, sirviéndose de viejas murallas que habían sido construidas para otros fines. Así esas antiguas ciudades que, no habiendo sido al inicio más que pequeñas poblaciones, se convirtieron con el paso del tiempo en grandes villas, están comúnmente mal compuestas, al precio de esas plazas regulares que un ingeniero traza en su fantasía en un plano, aun cuando, considerando sus edificios cada uno por su parte, encontremos muchas veces tanto o más arte en aquellos de las primeras, toda vez que al ver cómo están arreglados, aquí uno grande, allá uno pequeño, y como hacen que las calles sean curvas y desiguales, diríamos que es más la suerte que la voluntad de algunos hombres usando la razón lo que así los dispuso.»

Para Descartes, la disposición cartesiana de elementos iguale a intervalos regulares propuesta por Le Corbusier en su Plan Voisin resultaría, obviamente, superior a la variedad de edificios que bordean los enredados canales de Venecia. Esa preferencia por lo claro y lo distinto no sólo se fue imponiendo en las ciudades trazadas en la fantasía de un plano sino en la manera de concebir y tratar de solucionar los problemas urbanos, regionales y territoriales durante esos más de tres siglos. 

 

Todo lo anterior viene a cuento en relación al libro de Luis Zambrano Planeta (in)sostenible, recién publicado por la editorial Turner y el Instituto de Biología de la UNAM. Zambrano —biólogo y ecólogo, encargado de la Reserva ecológica del Pedregal de San Angel, entre otras cosas— inicia su libro afirmando que “la civilización occidental se ha establecido  a partir de grandes logros generados por la ciencia y la tecnología” y que “la mayoría de estos logros han ocurrido a partir de una visión lineal de la naturaleza. Esta visión —continúa— se basa en la disección de elementos de la naturaleza para entenderlos en partes y luego ensamblarlos de nuevo en todo el sistema.” Es el camino de Descartes. El problema con ese método lineal es que, pese a sus  grandes logros o en buena parte, quizá, precisamente gracias a ellos y sus efectos imprevistos, nos ha llevado no a una encrucijada ni a un camino sin salida sino en dirección a un abismo que para muchos se vislumbra ya demasiado cerca. Y uno de los problemas es que esos efectos negativos no sólo no fueron previstos sino que resultan imprevisibles. Desde hace tiempo, explica Zambrano, sabemos que no podemos ni predecir ni controlar todos los efectos que esa forma de actuar tiene sobre la naturaleza y, de paso, que no podemos considerarnos ajenos a esa naturaleza que afectamos. Por tanto, nos explica, hace falta pasar del pensamiento lineal dominante a uno sistémico que considere que el todo siempre es mayor y más complejo a la suma de las partes.

Entre los múltiples casos que utiliza Zambrano a lo largo de su exposición, muchos tienen, evidentemente, relación con la manera como ocupamos el territorio en general y las ciudades en particular. Por ejemplo Cancún y la manera como esa lógica de desarrollo lineal —y económico— terminó devastando el sitio que en un principio le dio sentido; o la suposición, económica pero nada ecológica, que talar un árbol y dejar espacio libre para una construcción se compensa sembrando dos árboles en otra parte, sin entender las relaciones complejas que generan un ecosistema; o la idea, derivada de ese pensamiento lineal y reductivo, que un coche totalmente eléctrico y autónomo elimina por completo los problemas causados por uno con motor de combustión interna, sin sopesar que de algún modo se deberá producir la energía para mover el auto y sin sopesar el absurdo de invertir esa energía en mover no sólo los 70 kilos que pesa el pasajero sino la tonelada del vehículo en que se transporta; o la sobre explotación de los acuíferos en la cuenca del valle de México, acompañada de inundaciones en época de lluvias, sequías cuando no llueve, y el enorme gasto en la construcción, operación y mantenimiento de la infraestructura que saca agua de la cuenca y trae agua potable de otras cuencas distantes. Zambrano también explica la diferencia entre lo que se entiende por sostenibilidad y resiliencia, y por qué esta última no implica necesariamente bienestar: “en una sociedad, una dictadura es resiliente y estable, pero no deseable, o un lago verde y contaminado también puede ser uno sistema muy estable, pero poco deseable.” Hablando de lagos, al explicar por qué algunas de las lagunas de Montebello, en Chiapas, han dejado de ser transparentes y sus aguas se han vuelto verdes y turbias, Zambrano aprovecha el ejemplo para dejar claro por qué la lógica lineal de la economía por goteo —el supuesto que enriquecer a los más ricos terminará beneficiando a los más pobres— funciona tan mal como algunos intentos para restablecer cierta estabilidad en un lago.

La relación entre consumo y producción de bienes y servicios —y también de territorio, de especies, de agua y de aire que sólo se conciben como bienes de consumo— debe entenderse no así, en singular y de manera lineal, sino en plural y como un sistema complejo. Cada vez parece que somos más conscientes de eso y, dice Zambrano, “no hay proyecto actual de infraestructura que no prometa que no sólo no afectará al ambiente, sino que lo beneficiará.” Pero al mismo tiempo, agrega, consumimos más energía:

“Aun con automóviles más eficientes; lavadoras de ropa que utilizan menos agua; regaderas con sistemas de ahorro de agua y calentadores que eficientizan la energía. Nada de eso ha logrado reducir nuestra huella ecológica. Esto se debe a que existe una dislocación entre la economía y nuestra huella ecológica. Hace unos lustros, los productos que consumíamos duraban más y la mayoría se producían de manera local. También estaban hechos de manera que podían repararse.”

La conclusión de Zambrano es la que anuncia desde la introducción a su libro: hay que cambiar de paradigma, pensar en sistemas complejos y en los efectos imprevisibles de las acciones que tomamos, incluso cuando se intenta mejorar la situación actual. Y eso, advierte, «es más complicado que sólo dejar de utilizar popotes

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