24 abril, 2020

Pieza de azotea

por Christian Mendoza

Uno de los ejes que guiaron la práctica de la coreógrafa Trisha Brown fue el espacio no-teatral como una posibilidad para la danza. En las décadas de los sesenta y los setenta, Brown comienza a plantear al espacio público y elementos arquitectónicos y domésticos —asientos, fachadas, azoteas— como sitios para investigar el movimiento corporal. Al igual que el artista conceptual que trabaja con objetos encontrados, para Brown el performer podía “encontrar” un sitio específico para desarrollar sus ideas. Con esto, Brown desarrolló un lenguaje que, como menciona Phillip Bither, “descartó otros elementos que aumentaban el artificio de la danza escénica; el vestuario especial fue reemplazado con ropa de calle; la utilería y otros elementos escénicos se sustituyeron por exploraciones sobre la arquitectura y sobre objetos cotidianos”. Esta condición exterior de las piezas que desarrolló la coreógrafa añade una lectura de intervención urbana. Susan Rosenberg señala que las obras de Brown operan de la misma manera que las primeras esculturas públicas de Richard Serra, un artista que fue contemporáneo a la bailarina, al igual que Gordon Matta-Clark o Alan Kaprow, artista perteneciente al movimiento Fluxus que también consideraba a la ciudad como un territorio performático. 

Caminar y habitar fueron algunos de los movimientos que se exploraron en las partituras de Brown. Trillium (1962), a decir de Rosenberg, consiste en tres movimientos: sentarse, incorporarse y acostarse, todos realizados alrededor de una silla. Una pieza posterior complejiza una acción similar. Titulada Hombre camina hacia abajo del edificio, Brown proponía el hecho de caminar no sólo como un suceso coreográfico, sino como un artificio que podía cambiar la percepción del movimiento en la ciudad, la cual se encuentra mediada por escalas verticales y horizontales. Para la obra, un hombre, sostenido por un sistema de poleas, caminó sobre la fachada del edificio 80 en la calle Wooster. La gravedad se volvió un elemento que complejizó una caminata, además de que se ocupó un edificio de una manera que no se encontraba diseñada dentro de su programa. Pero fue en Pieza de azotea (1971) que Brown asumió una mayor ambición espacial. Sobre ocho azoteas de edificios en el Soho, ocho performers vestidos de rojo transmitían los movimientos de una coreografía. Propuesta como un juego de teléfono descompuesto, Pieza de azotea solicita que siete ejecutantes sigan los movimientos del octavo,  el cual actúa como líder de la coreografía. El movimiento se vuelve  una señal que se transmite a lo largo de ocho azoteas —Brown describía que los ejecutantes eran lo mismo que semáforos— al tiempo que se habitan, desde el cuerpo, ocho edificios íntegros. 

A inicios de 2020, la compañía de Trisha Brown iniciaba una gira para celebrar los 50 años de su fundación que, a decir del reporte de Brian Seibert para el New York Times, fue paulatinamente cancelándose por el ascenso de contagios por COVID-19 en Nueva York. Los integrantes de la compañía regresaron a sus casas, pero se mantuvieron en contacto para ensayar vía remota a través de la plataforma Zoom. Ante esta circunstancia, publicaron una recreación de la Pieza de azotea, aunque cada performer realizaba la partitura desde sus cuartos, comedores o patios. Todo el espacio que abarcaba la pieza original se traduce a los interiores, ahí donde nos encontramos una mayor parte de la población mundial. Brown investigaba la ciudad, sí, para evitar el anquilosamiento burocrático de los teatros que en sus días únicamente programaba danza clásica, pero también buscaba establecer relaciones entre el movimiento colectivo de la ciudad y la danza. La convocatoria que lanza la compañía en tiempos de pandemia es que tú y tus amigos pueden hacer la Pieza de azotea desde ocho departamentos que, incluso, no tienen que encontrarse necesariamente en la misma ciudad.

Por razones sanitarias, ese gran afuera de Brown, donde la ciudad es también coreografía, queda anulado, lo cual puede relacionarse con una de las incertidumbres que genera la pandemia: ¿cómo cambiarán las cosas una vez que todo termine? Las economías de las ciudades se han visto afectadas, pero también sus coreografías —caminar y transmitir los movimientos entre ciudadanos— y no se sabe si volverán a ser las mismas o si mantendrán por más tiempo las precauciones que demandan distancia. Estos días, famosos y no tan famosos se han transmitido haciendo ejercicio, dando entrevistas o en actividades con su familia, todos movimientos que llevan nombres y apellidos individuales, y que marcan las diferencias entre quiénes sí pueden estar adentro y quiénes deben seguir afuera. En este contexto la Pieza de azotea, en su versión para Zoom, genera una añoranza por lo colectivo.

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