8 julio, 2015

Philip Johnson

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

En su ensayo Sexismo y arquitectura, escrito en 1989 y retomado en Armada de palabrasDenise Scott Brown cuenta de una llamada para confirmar la invitación a una fiesta a Robert Venturi pero no a ella: “ya se que también eres arquitecta pero también eres la esposa y no estamos invitando esposas.” En el epílogo al libro Scott Brown aclara que la fiesta a la que no fue invitada era en honor de Philip Johnson. A ese ensayo sigue en el libro otro, titulado La formación de un ecléctico, cuyo tema es ahora sí, explícitamente, Johnson, aunque no es de ninguna manera una venganza por no haber sido invitada a la fiesta pues fue escrito diez años antes que el anterior.

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En enero de 1979 una fotografía de Philip Johnson, vestido con un traje azul oscuro de saco cruzado, con un abrigo gris sobre los hombros y sosteniendo, como trofeo, la maqueta de su proyecto para el edificio de la AT&T en Nueva York, fue la portada de la revista Time. U.S. Architects: doing their own thing, se leía sobre la foto. De la maqueta del edificio Scoot Brown escribió: “su barroco frontón quebrado salta a la vista, y ahí  mismo, para que todos los clientes potenciales de la arquitectura lo vean, está la peligrosa palabra «controvertida»: «Philip Johnson: una controvertida nueva visión de la arquitectura.»” La controversia, con tintes de ironía, señala Scott Brown, era “el hecho de que Johnson, de 72 años, uno de los arquitectos más prominentes del mundo, sobreviviente y por 40 años ardiente propagandista de la arquitectura moderna, se una a la vanguardia del movimiento «posmodernista.»” La suerte de Johnson, decía Scott Brown, es que la palabra “controvertida” no podía acabar con su carrera asustando a sus posibles clientes. Al contrario: la controversia de algún modo alimentó la carrera entera de Johnson.

Nacido el 8 de julio de 1906 en Cleveland, Ohio, Johnson pertenecía a una familia de rancio linaje y sólida fortuna. Su biógrafo —y también de Mies— Franz Schulze, escribió tras su muerte, el 25 de enero del 2005, que “aunque la riqueza y la posición social que heredó le permitieron a Johnson alcanzar muchos de sus objetivos, atravesó varios momentos que amenazaron que así lo hiciera.” Johnson quiso estudiar primero filosofía y tuvo como maestro en Harvard nada menos que a Alfred North Whithead, de quien —según Shulze— ganó el afecto pero no el respeto como filósofo. En 1929, tras hacerse amigo de Alfred H. Barr, director del recién formado Museo de Arte moderno de Nueva York, Johnson entró a trabajar como parte del equipo del museo —sin cobrar un sueldo: su posición económica se lo permitía. Ahí organizó en 1932, junto con Henry-Russell Hitchcock la exposición The International Style: Architecture Since 1922, donde varios movimientos que se venían gestando en Europa se presentaron al público norteamericano comprimidos —y aligerados— en un estilo.

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En 1995 Kazys Varnelis escribió que, más allá de lo que se pensara de Johnson como diseñador o de los movimientos que promovió durante años, “no hay duda de que jugó un papel clave en darle forma al discurso arquitectónico del siglo XX. Johnson marcó tendencias promoviendo el Estilo Internacional, a Mies van der Rohe, el clasicismo y el historicismo, el deconstructivismo y cierto tipo de neoexpresionismo.” Pero todos esos movimientos los promovió entendiéndolos pero sin creérselos, sin tomárselos en serio —lo que no necesariamente debe leerse en sentido peyorativo. Para Denise Scott Brown, Johnson es demasiado culto, demasiado leído, demasiado inteligente, pero “se olvida de olvidarlo” cuando hace arquitectura. “A pesar de su reputación como emisario de las vanguardias —escribió Shulze—, Philip Johnson no era otra cosa que un hombre práctico, una característica que demostró cuando identificó la primera y más importante obligación del arquitecto: «¡consigue el trabajo!»” Su lado práctico no desaparecía en los momentos más emotivos. Phyllis Lambert dice que el propio Johnson le contó que cuando Mies —de quien, equivocadamente, se pensaba casi el descubridor— le ofreció ser el arquitecto asociado para el proyecto del Seagram, con lágrimas en los ojos le preguntó: «¿entonces somos van der Rohe y Johnson?»

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Su flexibilidad estilística contrasta con su dureza política, al menos en la década de los treintas, cuando al mismo tiempo que presentaba al Estilo Internacional en el MoMa, se declaraba no sólo de extrema derecha sino admirador de Hitler y del nazismo —en el verano de 1939 publicó una reseña titulada Mein Kampf and the Businessman. Varnelis habla de la necesidad, en el caso de Johnson y de otros acaso no tan extremos, de entender la mentalidad cínica y la manera como opera formando estructuras de poder: “exponiendo las operaciones del cínico aprendemos más sobre la naturaleza ficticia de nuestra disciplina y podemos tomar nuestras propias decisiones: aunque ninguna elección está libre de ideología, agrega, no todas deben de ser cínicas.

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