14 junio, 2020

Participación colectiva y regreso a lo vernáculo

por Miquel Adrià | @miqadria

El mundo sufrió cambios importantes a finales de los años sesenta —el mayo francés, la revolución sexual, la ocupación de Checoslovaquia, la matanza de Tlatelolco en la Ciudad de México, etc.— poniendo en cuestión el modelo de sociedad de la posguerra basada en el orden y el progreso. La arquitectura también cambió. La posmodernidad cuestionó la verdad única postulando múltiples verdades, rescatando el valor histórico del pasado tras la evidencia del fracaso de una modernidad deshumanizada y hurgando en las raíces y los valores locales que el internacionalismo había olvidado. En Latinoamérica emergieron, entre golpes de estado y dictaduras, muchos colectivos de arquitectos que regresaron a la disciplina con responsabilidad social y renunciaron a los avances tecnológicos globales de aquellos años. 

En el ámbito rural mexicano Oscar Hagerman y Carlos González Lobo exploraron el potencial de los recursos locales y procesos constructivos. Sus proyectos incorporaron los métodos de autoconstrucción de los usuarios y un entendimiento de las realidades locales. No trabajaban desde la industrialización sino desde la reinterpretación de las técnicas y materiales tradicionales, para que —según Hagerman— “cada quien construya lo que necesite y aproveche lo que ya tiene”.

González Lobo propuso una casa que es un “un gran galpón”, un galerón transformable construido por los usuarios, una cubierta ligera y curva que permite un mayor volumen y cualquiera pueda montarla en unas pocas horas, incluso puede utilizarse en un segundo nivel cuando la casa crezca. El lema de González Lobo “espacio máximo, coste mínimo” se manifiesta en la idea de un cascarón que crece y se desarrolla dentro de una estructura elemental. La vivienda para emergencias que propone González Lobo, debe responder con soluciones propias de la arquitectura popular y autogestiva con “la utilización de tecnologías apropiadas y apropiables». Así, González Lobo parte de una tecnología que por el mismo precio permite construir más metros cuadrados: “espacio máximo con costo mínimo”, en base a racionalizar: a) el uso estructural del suelo-cimiento, b) los elementos de refuerzo estructural de concreto armado “en cartelas” sobre muros de carga, y, c) las cubiertas de geometría auto-resistente; así como por los procedimientos de la autoconstrucción.” Su tesis del Gran Galpón parte de ofrecer volumen y potencial construible, por lo que con el costo de un cuarto se deja preparado y construido un edificio de dos pisos, en el entendido que un arquitecto “debe entrometerse y participar activamente en la transformación social que se requiere actualmente y con urgencia.” La solución pasa por “inflar el volumen interno de la vivienda, que deforma la cubierta y ofrece una superficie abovedada que no solo da más metros cúbicos con la misma altura de enrase de los muros, si no que por la propia geometría se reducen las cantidades necesarias de concreto.” A su vez, una escalera interior conforma distintos espacios a medios niveles. Estas viviendas-galpón se organizan alrededor de un patio comunal, propiciando la convivencia vecinal. 

Básicamente, Carlos González Lobo demuestra que con la participación colectiva y el apoyo técnico del arquitecto, es posible construir espacios domésticos de calidad donde los usuarios se puedan identificar con su cultura y no deben someterse a vivir en cajas anodinas. Con la instrucción necesaria las comunidades pueden autoproducir sus propios hábitats, innovando formal y estructuralmente con bóvedas de doble curvatura de barro armado. A su vez estas tipologías, al crecer por dentro, no están sometidas a grandes transformaciones aparentes, como sucede con las viviendas extensibles que propone Elemental. 

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