14 agosto, 2018

Otro texto sobre banquetas

por Pablo Goldin Marcovich

“¿Quieres que te maten para que me mates de una vez?”

Dos Hogares

A plena luz del día, frente a decenas de paseantes, la pierna de la tía de un amigo era perforada por el pico de una jardinera con la que se tropezó. 

Inesperado y sangriento, el accidente resultó en una ida al hospital y la cancelación de la comida que teníamos planeada. ¿De quién sería la culpa, contra quien quejarse, cómo evitarlo; por qué hablar al respecto? Cualquiera de estos cuestionamientos puede hacer eco en el vacío trágico donde el azar es indisociable del destino. Lo fútil de la existencia se manifiesta de maneras insospechadas como las películas de Destino Final nos demostraron a lo largo de 5 ediciones. Sin embargo, el absurdo como explicación no basta. Todo en arquitectura y urbanismo pierde sentido cuando alguien inocente resulta lastimado. Por ello, hagamos otro texto de banquetas, porque a pesar de todos los que ya existen, de las dependencias encargadas de esos asuntos, las ONG, los “reyes”, los superhéroes y las teorías al respecto; las calles y todo lo que sucede en ellas siguen siendo una cuestión de vida o muerte cuando deberían ser algo que funcione sin más, como los árbitros en el fútbol. Hablar de peatones y temas de aparente sentido común es síntoma de una problemática estructural en donde un ciudadano en un día normal puede terminar desangrado en la vía pública, en una situación casi medieval, por una decisión de diseño.  

En un recuento rápido de eventos similares y mucho más violentos, me viene a la cabeza el bebé de cinco meses que murió cuando cayó en una coladera de aguas negras en el cruce de Río Churubusco y la calzada Ignacio Zaragoza en Septiembre de 2015; el motociclista de 25 años que perdió la vida al incrustar la llanta delantera de su vehículo dentro de un registro abierto de una empresa telefónica sobre Periférico en julio de este año; un niño de 9 años que cayó en otro registro telefónico abierto en fechas similares en Iztapalapa; el joven de 22 años que murió aplastado por una marquesina en la calle José María Tornel en la San Miguel Chapultepec en Agosto de 2015; un conocido mío que se rompió las costillas al caer en otra coladera cerca del Cine de Arte Reforma a finales del año pasado y un largo etcétera de casos similares. Son todos episodios lamentables que me provocan un vértigo terrible al ver una losa colgada de una trabe a la manera de José Villagrán García en la Facultad de Arquitectura de Ciudad Universitaria o cualquier obstáculo de baja altura contra el cual podría tropezar y quedar atravesado como brocheta. El porqué de una decisión arquitectónica o urbana frente a las repercusiones que podría tener cobra mayor relevancia en estas circunstancias y sobre todo invita a insistir como parámetro de diseño y gobernanza en el derecho que todos los habitantes deberían tener a no morir de manera evitable, indignante y publicable en los periódicos sensacionalistas.  

¿Valen la pena los volados o cualquier otro alarde estructural, los picos para que nadie se siente, las cubetas con varillas para apartar una calle, los tubos a media banqueta, las rampas de estacionamiento que sobresalen de los edificios, los pisos resbalosos en espacios públicos y todos esos elementos de diseño que anuncian una posible tragedia?

Me quedo pensando en las imágenes de las trampas de bambú en la guerra de Vietnam y la pierna de la tía de mi amigo picada por una jardinera como las que veo por toda la ciudad y me queda claro que hay muchos temas por discutir en el futuro pero las banquetas y la posibilidad de morir en una de ellas compite con cualquier otra problemática. En un país con poca iluminación nocturna, un fuerte grado de consumo de alcohol y pocas facilidades para personas con capacidades distintas, incluso una jardinera de placa de acero es un arma en potencia.“Casi matarse”, es una expresión demasiado común en nuestro lenguaje cotidiano. Basta tomar como termómetro de nuestra disciplina las primeras planas de las notas negras donde abundan atropellados, trabajadores accidentados, vehículos destrozados e historias como las de las coladeras para intuir que las discusiones de la prensa regular pueden estar muy lejos de la vida cotidiana. 

Sería hermoso no tener que hablar de banquetas y espacio público imaginando que es algo que podríamos dar por sentado. Sin embargo, aun con todos los esfuerzos, son los desastres que se han normalizado. Vale la pena mirar nuestro entorno con detenimiento e integrarlo con mayor énfasis en las actividades de diseño, o inclusive a través de un movimiento como el polémico “poder antigandalla” y los “supercivicos” o la nota “Mil maneras de morir (como peatón) en la Ciudad de México” de local.mx y la convocatoria que hacen de fotos de potenciales accidentes. En el acto de diseñar y construir una barda con botellas rotas o una banqueta sin rampas (para hablar de lo menos) incluyendo la omisión de no reparar las coladeras, se inscribe la vida de tantos accidentados y el potencial de ver sangre derramada.  

¿Existen los culpables, las maneras de evitarlo y la necesidad de hablar al respecto?

Me parece que sí. Para ello podemos comenzar por hacer evidente lo que la cotidianidad ha vuelto invisible y actuar.

 

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