31 mayo, 2014

Otra vez : el espacio público

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

El pasado martes 27, como parte de la Feria de las Culturas Amigas, en el Zócalo, hubo un panel de discusión que David Ortega, de SEDUVI, me invitó a moderar. Participaron Rene Caro, de la Autoridad del Espacio Público, Claudio Sarmiento, de EmbarqMexico, Jesús López, de Somosmexas y Christian del Castillo, de Casa Vecina.

Sobre el espacio público se ha dicho bastante recientemente tras su supuesta desaparición a manos del espacio privado de los centros comerciales —o, quizás, más que muerte su migración a ese tipo de reserva artificial donde pudo sobrevivir, limitado y deformado, entre tiendas y puestos de comida rápida, disfrazado de lo que no era para seguir existiendo: viejo pueblo, paisaje exótico o promesa utópica— y más tras su regreso también como a hurtadillas a llenar, gracias a propuestas de rescate o intervención, sitios abandonados, infraestructuras en desuso o rincones residuales entre una vía de alta velocidad y otra. El espacio público es lo de hoy. Hace sentido ese interés cuando lo público, más allá del espacio que ocupa está en crisis o, tal vez, hace más sentido si pensamos que lo público no puede entenderse más allá del espacio que ocupa y que no se reduce a la plaza y al jardín, pues incluye las calles y las banquetas y también los lugares de lo público. El transporte, la educación, la salud, la información y la opinión públicas, ¿en qué espacios se dan y de qué manera transforman eso otro que entendemos, de manera genérica, como el espacio público?

El espacio público es de quien lo trabaja, dijo, provocador, Jesús López. Si suena a provocación es porque el espacio público lo trabajan, desde arriba, legisladores y autoridades, urbanistas, arquitectos y diseñadores o, desde abajo, aquellos quienes lo ocupan y lo usan: quienes caminan o se sientan en un parque o una plaza, pero también quienes venden en un puesto, más o menos fijo, o quienes trabajan organizando la manera como otros ocupan ese espacio —como los que apartan lugares y cuidan coches. Algunos dicen —o decimos, a veces— que no sólo usan del espacio público sino que abusan del mismo: no sólo se instalan ahí sino que impiden que otros usen de ese espacio que, dice el lugar común, es de todos o no es de nadie. Si no lo impiden lo regulan: no se puede uno sentar en los bancos de un puesto de quesadillas a descansar si no consume ni estacionar el coche en un lugar que ha sido resguardado por alguien sin pagarle el servicio. Pero también entonces abusa del espacio público la terraza del restaurante de moda o la empresa que controla los parquímetros. En este caso se trata de un [ab]uso regulado y controlado, también desde arriba, por la autoridad; en el primer caso, no es que no haya control ni regulación —sabemos que nadie se pone a vender o trabajar en la calle sin haber pagado su respectiva cuota a alguien o a muchos— sino que esa regulación es paralela a la oficial —lo que no quiere decir que le sea ajena.

Por tanto, las formas de [ab]usar el espacio público tiene que ver, por supuesto, con otras maneras como construimos lo público y con los mecanismos de inclusión o de exclusión que funcionan en cada caso. Tienen que ver, sobre todo, con la manera como imaginamos eso, lo público, y sus condiciones. Ya lo decía Manuel Delgado en su participación en un congreso organizado por Arquine: el espacio público es ideológico; no hay un espacio público sino distintas maneras como se imagina y se ejerce lo público y que no se dan en un vacío —la plaza o el parque— sino que determinan la consistencia de esos mismos espacios. Entre esas distintas maneras de imaginar lo público y sus espacios, entre esas diversas ideologías, hay alguna que termina dominando —provisionalmente, acaso. La de la comunidad que organiza una fiesta en su calle un día o la del gobierno que planea un desfile otro; a veces el partido de fútbol callejero y las garnachas de la esquina, otras la calle con terrazas para tomar un café leyendo el periódico. El trabajo de la gestión y el diseño del espacio público acaso no sea privilegiar uno de esos usos —lo que, según Delgado, generalmente sucede: se trata de un espacio administrado y definido por un grupo específico con una idea específica de cómo debe usarse— sino permitir su alternancia. Por cierto que el Zócalo mismo de la ciudad de México —donde se presentó la Feria de las Culturas Amigas y este debate— resulta perfecto ejemplo de ese conflicto o, más bien, ahora, de su negación: desde hace meses el gobierno de la ciudad ha preferido transformar esa plaza en escenario de ferias y conciertos populares en vez de arriesgarse a otras maneras del ejercicio de lo público.

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