10 agosto, 2018

Ornamentos invisibles (II)

por Christian Mendoza

El 23 de julio, Ben Ratliff publicó en The New York Times una historia sobre una lista de canciones curada por el músico Ryuichi Sakamoto y el productor Ryu Takahashi, la cual fue entregada como un obsequio al restaurante Kajitsu, sitio neoyorkino especializado en comida japonesa. La razón por la que Sakamoto decidió proponer música para acompañar las estancias de uno de sus lugares favoritos pareciera ser simple, aunque la explicación resulta peculiar. El legendario compositor, sintiéndose irritado por la mezcla de bossa-nova, new age y jazz (géneros que la industria restaurantera ha desmontado para que se comporten como adornos, lo mismo que los floreros o los aromatizantes que suelen construir la atmósfera de los espacios desarrollados por franquicias), le escribe un correo a Hiroki Odo, chef en jefe, diciéndole que su comida era tan bella como el palacio Katsura Rikyu, pero que la música se acercaba más a una Trump Tower. La noticia sobre la lista de canciones de Sakamoto tuvo amplia circulación, y mereció el comentario de Rulo, columnista y editor mexicano de música y de estilo de vida. En un texto para el diario máspormás, titulado “Música y restaurantes”, publicada el 2 de agosto, el autor ironiza el acto de Sakamoto, y explica que en la elección de música para un restaurante no tendría que imponerse el gusto de nadie; que muchas veces, las canciones están escogidas para que el comensal prolongue sus sobremesas; y que, para ahorrarse complicaciones, cualquier chef tiene como opción reproducir canciones de Luis Miguel, algo que, probablemente, haría felices a varios.

Ciertamente, se rediseñó un elemento interior de Kajitsu pero, ¿se trata de un mero capricho autoral? Para la planeación de la lista de canciones, Sakamoto contempló los colores del mobiliario, los ornamentos vegetales que ya estaban dados y la luz que ingresaba a horas específicas del día. Además, el espíritu que justificó esta labor fue la de establecer un nexo entre la degustación y la arquitectura para, de esta manera, no ofrecer una composición firmada (algo que sí habría resultado una apropiación tal vez innecesaria del restaurante), sino un elemento decorativo y funcional que distinguiera a los espacios del restaurante, uno que se opusiera al sonido genérico que anteriormente los acompañaba, y uno que no fuera demasiado intrusivo al tiempo que no dejara de proveer singularidad.

El mismo Ben Ratliff narra que la lista de canciones de Sakamoto no utiliza soportes más sofisticados que un par de bocinas colocadas estratégicamente. La música desaparece y, sin embargo, opera como un detalle. Observando ciertas prácticas arquitectónicas que han sido asimiladas por la gastronomía, el gesto se transforma en una declaración de principios. Si tomamos como ejemplo espacios como los que proyecta Starbucks, tendríamos que preguntarnos bajo qué parámetros e ideologías piensan la disposición de sus interiores. “Tenemos presente la mentalidad de los consumidores, pero con matices. Queremos ofrecer algo con lo que la gente se sienta cómoda, pero la mayoría no son diseñadores. La gente no construye cafeterías, y no saben si algo es grandioso antes de verlo”, declaró al portal Sprudge Bill Sleeth, vicepresidente del área de Diseño para América en Starbucks. Si seguimos las ideas de Rulo respecto a lo que un restaurante debería cumplir (básicamente, la complacencia de quien está pagando), tenemos que hacernos la pregunta de si un caso particular como el de esta franquicia  atiende realmente  las necesidades de quienes acuden, o si más bien las homogeniza.

Starbucks ha reconocido la importancia del diseño de interiores como un facilitador para el posicionamiento de su marca, y considera que cada sucursal debe expresar no las ideas particulares de quienes las proyectan, sino que deben arropar a los comensales en espacios que diluyan al entorno urbano con el doméstico. Para lograr este equilibrio, los espacios se sostienen en un cuidadoso “no-diseño”; la temperatura de la iluminación, la paleta  para los muros y el mobiliario pretenden poner en marcha un programa que no invada demasiado, que desaparezca entre las charlas y la labor de estudiantes o freelancers, aún cuando algunas obras de la franquicia estén a cargo de despachos como Kengo Kuma & Associates, quienes en 2012 diseñaron una sucursal para Japón. Para mí, replicar el confort hogareño tiene, precisamente, el efecto contrario al que se busca. Los espacios de Starbucks están ahí (es decir, son demasiado presentes), confeccionando la manera en que los cuerpos deben ocupar alguno de sus sillones al igual que los estados de ánimo de los meseros y de los comensales: la sensación de sentirse como en casa. Pero sucede que todas las casas se parecen entre sí, por lo que su artificio bien podría reducirse a una imposición dada por el diseño.

Por supuesto, la música juega un rol importante en esta homogeneización. Ryuicho Sakamoto pareciera haber continuado la crítica que David Toop enunciara en su libro Océano de sonido respecto a la utilización espacial y comercial de la música. Si “la casa” de Starbucks en realidad no es una casa, el jazz que reproducen tampoco es jazz: es una fabricación que agrega “dinamismo” a un espacio más bien soporífero. Ahora, se puede ir más allá. Diversas publicaciones dedicadas a la música y a la tecnología, algunas tan paradigmáticas como Pitchfork o Wired, han analizado cómo es que los algoritmos de los servicios de streaming como Spotify han pervertido lo que antes se consideraba “gusto personal”. La aplicación puede diseñar la identidad musical del usuario, antes de que el mismo usuario sepa cuál es. Entre las listas de reproducción dadas por el algoritmo y por los restaurantes, la propuesta de Sakamoto, tan mínima como es, adquiere los registros de la subversión. Ante la imposición del algoritmo, es posible escoger a mano las canciones que pueden acompañar tu comida, y establecer relaciones entre lo que comes y el sitio que ocupas. Personalizar desde cero, no a partir de los planes de una franquicia.

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