30 noviembre, 2021

Oriol Bohigas (Barcelona, 1925–2021)

por Miquel Adrià | @miqadria

Ha muerto Oriol Bohigas. Un arquitecto polifacético e inquieto que reactivó la arquitectura de la posguerra española, la academia, las políticas públicas y la cultura. Bohigas fue el cerebro de lo que se denominó “modelo Barcelona” que inspiró a tantas ciudades (especialmente en Latinoamérica). Su legado se refleja con la apertura de la ciudad al mar y la transformación de Barcelona para los Juegos Olímpicos de 1992. Sin duda, ha sido el agitador cultural de la arquitectura catalana más importante de la segunda mitad del siglo XX.

Desde que en 1951, cuando fundara el Grup R, la arquitectura catalana tomó partido con las corrientes más propositivas del panorama europeo, que pasaban por Milán y Londres, estableciendo las bases de lo que sería la Escuela de Barcelona. Los años y el cambio democrático llevarían a Oriol Bohigas a dirigir los planes urbanísticos de la ciudad y la Escuela de Arquitectura, incorporando nuevos maestros comprometidos con la cultura arquitectónica. Y aparecieron plazas, parques y equipamientos que detonaron en tejidos urbanos dañados, modificando su morfología y posteriormente, con la excusa olímpica, se articuló la ciudad con nuevas infraestructuras.

La brillantez y calidad sostenida a lo largo de más de setenta años tiene sus raíces en el Grup R. Si en los años treinta, Josep Lluis Sert y el grupo GATCPAC (Grupo de Arquitectos y Técnicos Catalanes para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea, antecesor del grupo casi homónimo español) estuvieron presentes en todos los foros internacionales junto a Le Corbusier, en los años cincuenta, en plena posguerra española, se recuperó la arquitectura moderna y emergió la genealogía que llega hasta el presente. En 1951 se fundó el grupo, con alusión velada al grupo alemán G (gestalt, forma), sugiriendo con la R tanto ‘realismo’ como ‘reacción’. En ese mismo año Alvar Aalto y Ludwig Mies van der Rohe visitaron Barcelona y Coderch proyectó pabellón en la Triennale de Milán, rompiendo el hermetismo cultural de la era franquista.

El Grup R, fundado por Oriol Bohigas, Josep Martorell, Antoni de Moragas, Josep María Sostres y José Antonio Coderch, propugnaba una arquitectura realista que respondiera a las exigencias sociales y condiciones de producción del momento, desde una actitud ejemplar y aleccionadora. En esos años Bohigas publicó con su militante voluntad didáctica Elogi de la barraca (Elogio de la barraca), Elogi del totxo (Elogio del tabique) Cap una arquitectura realista (Hacia una arquitectura realista) donde reivindicaba las tipologías y materiales populares a la vez que propugnaba sinceridad absoluta en el aspecto téctónico y el proceso de construcción, recuperando el espíritu del Movimiento Moderno. En 1960 Bohigas y Martorell (Barcelona 1925-2017) construyeron un edificio de departamentos en la calle Pallars, donde utilizaron elementos y sistemas constructivos tradicionales, aplicaron una cierta economía de elementos figurativos y fragmentaron el conjunto en pequeños bloques, mostrando los  atributos del Realismo que defendían.

La influencia del brutalismo inglés y del neo-libety italiano, donde se unen concreto aparente, tabique y azulejo de la tradición, con el discurso moderno, conformó la poética del realismo  para convertirse en estilo y establecer las bases de la denominada “Escuela de Barcelona”. Como fenómeno cultural y colectivo, la arquitectura se convertiría en un arma poderosa que iría más allá de la obra de ‘autor’. Así la “Escuela de Barcelona” fue abriendo un panorama cada vez más amplio de profesionales responsables, autocríticos y eclécticos que siguieron los pasos del gurú Bohigas.

La prosperidad económica, los movimientos socio-políticos y la tolerancia de los últimos años del franquismo, convertiría a todo este grupo en la crema del glamour, en la gauche divine (izquierda divina) de la farándula barcelonesa. Con la democracia regresaron las responsabilidades y de 1977 a 1980 Oriol Bohigas dirigió la Escuela de Arquitectura de Barcelona, incorporando en la docencia a toda la nueva generación de arquitectos comprometidos con la cultura. Tiempos de cambio y renovación que lo llevarían a dirigir el urbanismo del Ayuntamiento de Barcelona los cuatro años siguientes. Por donde pasó Bohigas se convirtió en parteaguas, en el antes y el después. Y a cada paso dejó la herencia y la estructura capaz de segundar sus doctrinas: la escuela cambió para siempre y el Ayuntamiento se convirtió en una máquina capaz de restructurar la ciudad desde los principios que planteó en su libro “Reconstrucción de Barcelona”. En este libro-manifiesto proponía el esponjamiento de los centros históricos y la monumentalización de la periferia, entendida como aquello que da significado a la unidad urbana, donde la arquitectura adquiere carácter representativo. Monumentalizar la ciudad significaba para Bohigas, organizarla de modo que se subrayaran los signos de identidad colectiva, involucrando los mecanismos urbanísticos de la municipalidad. Plazas, mercados, calles peatonales, mobiliario urbano, redefinieron el aspecto de la ciudad, implicándose un extenso grupo de arquitectos y diseñadores, donde, una vez más, Bohigas era el orquestador.

Su cercanía y sintonía —generacional, ideológica, etc.— con el poder socialista municipal haría que una idea lúcida se convirtiera en el detonador de la regeneración urbana: el proyecto olímpico. En esos años ochenta quedaba claro que ya no era posible una planificación global, metropolitana, sino que había que buscar intervenciones estratégicas, domesticando y articulando el tejido existente.

Lo que empezó siendo una respuesta local se convirtió con el tiempo en una solución global, seguida desde muchas ciudades del planeta. Los Juegos Olímpicos de 1992 permitieron tejer estratégicamente Barcelona con infraestructuras, más allá de las intervenciones puntuales y superficiales de aquellos años. Cuatro puntos casi cardinales en los extremos del tejido urbano acogieron los usos temporales del evento deportivo para resolver los temas pendientes de vivienda, equipamientos y vialidades.

Con los grandes desarrollos post-olímpicos y neoliberales de cambio de siglo —dirigidos, por cierto, por sus acólitos—, Bohigas tomaría una posición crítica, una distancia prudente que le permitiera desarrollar el futuro Museo del Diseño junto al falo de Jean Nouvel, sin respaldar el modelo de metrópolis neoliberal recién importado.

Oriol Bohigas fue un arquitecto completo, en el sentido renacentista, que supo compaginar la práctica, la docencia y la crítica. Desde MBM, junto a Josep Martorell y David Mackay (Eastborne, Reino Unido 1933, Barcelona 2014) desarrollaron una enorme producción arquitectónica, tratando que cada una de sus piezas, de sus edificios, fueran nuevas páginas del manifiesto proyectual y formal de cada época. La permanente agitación intelectual y profesional de Bohigas lo llevó también a dirigir varios proyectos editoriales que marcaron rumbos —Editorial 62, Arquitectura Bis, etc. Este orquestador, provocador nato, amante de la bouttade, crítico inquieto y arquitecto, muere a sus noventa y seis años en su ciudad, que tanto le debe.

Valga añadir mi modesto homenaje a quien me enseñó mucho y en cierta forma me empujó a México. Primero me hizo descubrir el cine de Buñuel (en un viaje a Copenhague con mi padre, con Oriol Bohigas y con otros adultos que no eran en absoluto lo que cualquier adolescente prejuicioso como yo pudiera imaginar) y de ahí, otras películas de Luís Buñuel me acercaron a la tierra de Los Olvidados. Pero sería después de pasar por la Escuela de Arquitectura —siendo Bohigas el director que transformó la enseñanza invitando a los mejores arquitectos a dar clases (Tusquets, Garcés, Bonell, Mateo y tantos otros)— y de trabajar varios años en su despacho, que en una cena le comenté mi deseo de empezar de nuevo y volvió a señalar hacia México.

Hoy Barcelona y la arquitectura pierden a Oriol Bohigas. Recordemos la labor del arquitecto, crítico, político, urbanista, provocador y gran hacedor, que transformó desde todos los frentes la ciudad que lo vio nacer.

 

 

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