14 septiembre, 2016

Oda a las multitudes que ensucian nuestras asépticas ciudades

por Iván Mejía R.

Ciudades Paralelas es el inicio de una serie de entrevistas y reflexiones en torno a las formas marginalizadas de habitar la ciudad, formas que existen a pesar de los discursos unificadores que buscan volverla para una clase única de urbanita: la ciudad de las mujeres, la ciudad de los peatones, la ciudad de los que no tienen un techo y la ciudad de los afectos distintos serán algunos de los segmentos que buscamos abordar. Ahora, planteamos la cuestión: ¿a quiénes desplaza el proyecto actual de ciudad?

 

Ese lumpen-proletariat que como una jauría de ratas, a pesar de las patadas, de las pedradas, sigue royendo las raíces del árbol (…) constituido y pesando con todas sus fuerzas sobre la «seguridad» de la ciudad significa la podredumbre irreversible, la gangrena (…) los rufianes, los granujas, los vagos, (…) esos subhombres (…) que oscilan entre la locura y el suicidio…

–Fanon, Los condenados de la tierra

 

I

Procesos socioeconómicos
productores de residuos humanos

La modernidad, la maquinaria capitalista, y los experimentos económicos neoliberales, que se materializan en proyectos urbanos y de gentrificación, han ido dejando a su paso residuos humanos, en condiciones de supervivencia, y considerados como parias improductivos; fuera de los estratos sociales y de los procesos económicos de producción, pero contenidos en las urbes, que cuando no están reclutados en prisiones, o reclutados en las filas del ejército de reserva, van ensuciando con su presencia nuestras pretenciosas, aspiracionistas, y asépticas ciudades. La globalización, que articula una complejidad socioeconómica con formas de organización de la cooperación, a su vez genera masas de desocupados, pobres, nuevos pobres, e improductivos. Se trata, como dice el filósofo Zygmunt Bauman (Vidas desperdiciadas: La modernidad y sus parias. Paidós Ibérica. 2005), de residuos humanos como una consecuencia inevitable de la modernización, víctimas colaterales, una población excedente, supernumeraria, innecesaria, y superflua.

En Latinoamérica, los procesos residuales se agudizan por los estragos del (neo)colonialismo, las diferentes dictaduras, las consecuentes crisis, las guerras sucias, la venta e intercambio de territorio, las limpiezas étnicas, la inmigración, y que los Estados dejaron de lado la acción benefactora hacia la población en extrema pobreza, descartándose la posibilidad de implementar políticas públicas que estructuren oportunidades de supervivencia.

II

Tácticas del vagabundeo predatorio

La heterogeneidad de sujetos desclasados: indigentes, inmigrantes, mendigos, refugiados, personas sin hogar, indígenas y campesinos desplazados, y demás individuos que fuera de los estratos sociales sobreviven en condiciones de inhospitalidad, rechazo y exclusión, desarrollan actividades al margen de la legalidad y en la marginación social. Se encuentran “dentro” y “fuera” del campo social. “Fuera” están en condiciones de refugiados y apátridas perdiendo sus señas de identidad y desde el que no hay retorno. Los que están “dentro” y ya no es posible su exclusión territorial, son recluidos en prisiones, cárceles, etc. Cuando no, forman arquitecturas informales, guetos, favelas, chabolas o ciudades perdidas. O bien se dispersan por la ciudad, pues no cuentan con un espacio. Se desplazan allí donde no se le espera, en la rapidez de movimientos, en infinitas variedades de pasos sin sentido y sin objetivo, pero en el orden urbano construido por el fuerte: un orden demasiado vasto para fijarlos en alguna parte, pero demasiado cuadriculado para que pudieran escapar a la observación.

Al interior de la ciudad, esta multitud genera una economía informal e ilegal, complementaria a la economía formal neoliberal, entre las que destacan la contracultura del hampa, la mafia del tráfico de drogas, la prostitución juvenil, el trabajo infantil o el comercio ambulante, donde crecientemente se incorporan actores sociales más jóvenes. Tan solo en México estamos viendo cómo, frente a la inutilidad del Estado, los jóvenes marginados optan por sumarse a las filas del crimen organizado, de los mercados de drogas, de armas, de contrabando, y de mercenarios que proporcionan oportunidades para sobrevivir a los constantes desastres económicos: es el único camino de sobrevivencia que conciben ante un futuro de escasas posibilidades de bienestar. El “bono demográfico”, que vive hoy el país, se perderá irremediablemente en medio de esta tragedia nacional.[ii]

III

Los improductivos

Esa masa difusa que genera su propia economía informal, resulta improductiva y afuncional para el capitalismo, pues introduce un desorden en la estructura de la producción económica que no puede ser controlado. Al mismo tiempo, representan una falta en el interior de la estructura social porque se sustraen a toda intención distributiva; por ello son expulsados hacia los bordes de la sociedad para que el reparto del producto social tenga lugar entre personas trabajadoras y cooperativas. Por otro lado, representan un exceso dentro de la organización de la distribución, es tan amplio y amorfo que no puede ser aprehendido con total precisión. Desde aquí son excluidos porque no son agentes dignos de justicia; los ciudadanos–contribuyentes no tienen por qué mantenerlos por medio de sus impuestos. Esta multitud de haraganes, por justicia, no tienen por qué ser beneficiados. Para que la sociedad sea un sistema funcional, es necesario excluir desde el comienzo la idea de improductividad. Para que sea un sujeto de derecho no se debe tanto a su condición de ciudadano libre e igual, sino a su potencial capacidad de miembro productivo de una sociedad de mercado.

IV

¿Qué hacer? ¿Queremos hacer algo?

La parte humanista, emprender obsesivamente campañas de salvación para domesticar a aquellos salvajes; poner a trabajar a los ociosos; o educar a los criminales, con la esperanza de que algún día lleguen a mejorar sus circunstancias, normalizarse, integrarse a la sociedad, y pagar impuestos, como todos. Pero no se trata de una simple inclusión de lo excluido dentro de una ontología establecida, y una violencia estructural, sino de preguntarnos si es posible configurar un espacio para quienes han sido empujados a los márgenes de la historia, de la ciudad y de la vida social. Las extrañas formas en que se mantienen vivas esta multitudes hacen imposible la ansiosa tarea humanista de someterlas a un contrato social, educarlas, regularlas, controlarlas, medirlas, y ordenarlas, pues se trata de una heterogeneidad socioeconómica que no puede ser procesada ni por las instituciones vigentes, ni consideradas por las políticas públicas.

Las fallidas campañas del Estado de combate contra la pobreza lo son porque no son más que estrategias para lavar dinero. Lo que sí hacen es un alarde de fuerza, criminalizando aquellos márgenes de la población, diseñando políticas “de mano dura”. Los residuos humanos se funden en la ansiedad de la metafunción del Estado sólo en tanto que suministran el fundamento para acometer ridículos ejercicios de autoridad frente a la intensificación de los temores sociales, ante la amenaza a la seguridad personal, ante el límite del proceso de descomposición, ante los parásitos, ante la escoria social: un excedente que si no es exterminado es por el simple hecho de que resultaría más costoso que simplemente dejarlos morir.

Pero la violencia que ejerce el Estado sobre estas multitudes fracasa en herirlas o negarlas, ya que su condición misma es la de estar heridas y negadas. Sus modos de vida ya fueron brutalmente agredidos, mancillados por un modelo social que desecha sus capacidades y sus cuerpos. Aquellos que son irreales ya han sufrido la violencia de la desrealización, la ocultación y la exclusión. Si espontáneamente tuviéramos el ánimo de hacer algo, tendríamos que comenzar por renunciar a nuestros privilegios para darnos a la tarea de constituir otras formas de organización social. ¿Estaríamos dispuestos a ello? No, porque resulta más cómodo desechar lo sobrante del modo más radical y efectivo: no mirándolo ni pensando en ello. De cualquier modo, sin un proyecto de política pública que los incluya realmente, o al que deseen sumarse, no tienen el ánimo de ser absorbidos por un sistema, el nuestro, que los ha hundido ya en el basurero de la historia.


 

[i] La estrategia de escritura para la construcción del presente texto no es la de pregonar una supuesta empatía, compasión, o lástima con los excluidos, sino por el contrario, con una sobre identificación con la forma en que los poderes actúan. Una forma de crítica que se remonta al poema ¡Matemos a los pobres!, de Baudelaire, quien crea una parábola respecto a la pobreza y a la equidad social. Disponible en: https://es.wikisource.org/wiki/¡Matemos_a_los_pobres!

[ii] Se puede ver la nota periodística en Gil Olmos José “Ser joven, un riesgo en México”, Revista Proceso, 12 de octubre, http://www.proceso.com.mx/?p=283993

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