26 noviembre, 2015

Oasis para la ciudad

por Juan José Kochen | @kochenjj

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Que el problema sea de la ciudad; el oasis es adentro. Oasis privado, infierno público o la prefiguración del apocalipsis. La contradicción de la arquitectura sucede cuando no se voltea a la ciudad. El contexto: dos avenidas con ocho carriles en ambos sentidos y constante flujo vehicular (Av. Universidad y Miguel Ángel de Quevedo), una estación de metro (Línea 3-Miguel Ángel de Quevedo), autobuses (ruta 1, 41 y 66, entre otros), trolebuses, bases de taxis, paraderos semi-colapsados, una glorieta de coyotes expectantes pero rodeada de coches, un centro comercial con gimnasio y restaurantes, oficinas, múltiples locales y comerciantes a nivel de banqueta, postes de luz y casetas telefónicas obsoletas, una panadería, cuatro librerías, un supermercado y pasos peatonales desgastados. Más que una intersección, una nueva centralidad, un nodo urbano saturado, un hub comercial, un centro de transferencia multimodal o cualquier acepción de moda, esta zona al sur de la ciudad siempre ha sido un ritual para la densidad. Un sitio que sólo requería un oasis con fuentes y cascadas para desbordarse.

La desorbitante inversión de más de 100 millones de dólares para levantar el deslumbrante centro comercial Oasis Coyoacán –en lo que fueran las oficinas de Avón y por un corto tiempo la sede del Autocinema Coyote– no alcanzó para planear un pedazo de ciudad. ¿Qué tan complejo es brindar sentido común a la ciudad con una propuesta que trascienda la voracidad inmobiliaria? ¿Dónde están las regulaciones de las autoridades, el flamante Nuevo Modelo de Movilidad de la Secretaría de Movilidad (SEMOVI) o el programa delegacional además de la imprescindible exigencia para incluir 2 mil 300 cajones de estacionamiento?

Si bien el diseño de Colonnier y Asociados distribuye 140 locales comerciales en 3 mil 500 metros cuadrados y un novedoso estacionamiento dejando espacio abierto como principal atractivo al visitante –similar a Paseo Acoxpa desarrollado por el mismo grupo de inversionistas– resulta inconcebible su miopía hacia la ciudad. Al igual que la recién inaugurada sede de Centro, en Constituyentes, el proyecto delimita, soslaya y prioriza la relación automovilística por encima de los peatones, los usuarios de transporte público o de los mismos vecinos. La solución más efectiva ante una situación de entropía urbana siempre será leer de adentro hacia adentro. Que el problema sea de alguien más.

No se discute la manufactura y/o experiencia de compra. Aunque es un centro comercial más, el disfrute “al aire libre”, aunque sea para shopping, sin duda tiene más virtudes que el mall tradicional. El éxito de Antara radica en que se vuelve un pasaje a “cielo abierto” para cruzar a pie una manzana flanqueada por tiendas y boutiques. Se ha vuelto costumbre decir que se ponderan intereses privados sobre los públicos y que se perdió una oportunidad para hacer o mejorar la ciudad. Al final, se trata de un proyecto de inversión privada que, como la gran mayoría, aprovecha permisividad y complicidad. Pero al final, no hay nada que recriminar pues todo se construye “conforme a la ley”. La convicción para una óptima transformación de la ciudad no es rentable ni se mide en metros cuadrados. Por lo tanto, es prescindible.

Para las autoridades, la plaza apareció de pronto y colapsó su entorno. Vendrán soluciones y parches. Se anunciará un plan de movilidad integral para facilitar el acceso al oasis. Se convocará a una consulta ciudadana para encontrar una solución común. Se notificará a los desarrolladores de posibles multas para negociar. Cerrarán calles y retornos próximos –como el ya trunco hacia Francisco Sosa– para desahogar el amontonamiento vial. Más oficiales de tránsito aparecerán para frenar autos y dejar salir a los ansiosos automovilistas que escapan del estacionamiento o ingresan sorteando peatones arriesgados. ¿Por qué acciones reactivas en detrimento de la ciudad? “Hay que empezar a generar un estudio de vialidades ya con el funcionamiento de la plaza” ha dicho la SEMOVI. El “hay que” es la mejor expresión para describir nuestra falta de compromiso ante situaciones que no se quieren enfrentar ya sea por incapacidad o deslinde de responsabilidad. No se trata de frenar la inversión para el crecimiento urbano sino de hacer ciudad para poder narrar desde la acera, encontrar espacios de correspondencia y atajos hacia la equidad.

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