1 abril, 2019

Nueva reivindicación de la Plaza Tapatía

por Juan Palomar Verea

A los tapatíos parecen gustarnos los mitos. A veces. Como que refuerza a un conservadurismo más bien bobo y facilón. Decir que Díaz Morales destruyó el centro, por ejemplo, pasa por ser informado y buena onda, aunque sea una mentira. Un mito más es proclamar con lágrimas de cocodrilo que “ya no nos queda casi nada de patrimonio arquitectónico” (decir esto es confesar una suprema ignorancia y una ceguera histórica y estética muy peligrosa). Otro mito es que la Plaza Tapatía es una calamidad casi bíblica que devastó el patrimonio de la zona y echó a perder, ella solita, todo el primer cuadro. Veamos.

El esquema, hijo de Díaz Morales, era muy generoso y bastante platónico. El equipo que trabajó en el proyecto de la Plaza Tapatía tuvo que partir de una mínima sustentabilidad. De allí que se asociara a la iniciativa a los propietarios de las fincas afectadas, y por lo mismo, que se tuvieran que construir edificios de productos en parte del desarrollo. ¿Qué hubiera sido mejor una pura plaza como la quería Díaz Morales? Claro, nomás que no había dinero que ajustara ni posible acuerdo con los propietarios.

Para los que tenemos edad suficiente y conocimos la zona es posible sacar cuentas y decir que, tal vez, el mejor patrimonio que se perdió entonces (1980-1982) fue la plaza de toros del Progreso. Bien  restaurada —porque estaba lastimosamente desfigurada— podría haber continuado con su vocación y además ser un magnífico escenario para todo tipo de espectáculos. Hacia 1998, en la Escuela de Arquitectura del Iteso se realizó un taller para volver a instalar la plaza de toros en el lote (en el mismo emplazamiento) que hasta recientemente ocupó un triste estacionamiento de Pensiones del Estado: y era más que factible, por área, función y costeabilidad. Pero permanecen en cambio el Rincón del Diablo y la casa ecléctica de enfrente, que eran otras piezas relevantes, etc. Lo demás, y ojalá alguien tuviera un levantamiento fotográfico completo —el INAH debiera tenerlo— estaba bastante deteriorado y carecía de valor más allá, en ciertos casos, del ambiental. (Entre las pérdidas, muy previas, se encontraba el estupendo Colegio del Sagrado Corazón de Hospicio 63 y el hospital Vázquez Arroyo, debido a Rafael Urzúa).

La arquitectura de la Plaza Tapatía es correcta. Muy en la línea de los racionalistas italianos y de León y Rob Krier; las fachadas contaron con la asesoría incluso de Díaz Morales. El proyecto urbano es más que razonable, sobre todo por la escala y el uso generalizado de portales. La abundancia de fuentes y de vegetación —ahora ya madura— es de agradecerse. Uno de los inconvenientes del proyecto es no incluir vivienda: en el esquema original sí existía ese indispensable componente que todavía hoy es posible integrar. Otro defecto es la mala conexión de la plaza con la Alameda o Parque Morelos: otra vez, el proyecto original la preveía.

Quien se asome hoy a la Plaza Tapatía con calma y sin las anteojeras del prejuicio, podrá constatar que la plaza está limpia y vigilada, que todas las fuentes funcionan, que las plantas bajas están ocupadas, que cientos de peatones caminan tranquilos, que algunos indigentes duermen muy en paz, estando en su derecho, en los portales. Que es perfectamente posible ocupar todo lo desocupado con vivienda adecuada. Y que se acaba de estrenar un magnífico puente peatonal cruzando Hidalgo para ligar, al fin, mejor a la plaza con la Alameda o parque Morelos. Es meritoria obra de Elías Rizo.

Total, ocupamos lucidez. Más lucidez y menos plañidos de falsas viudas del patrimonio. Así podremos valorar lo que tenemos y hacer su crítica leal. Y luego, seguir mejorando la ciudad.

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