14 junio, 2017

Nueva estructura para la Ciudad de México

por Enrique Norten | @enorten_tenarqs

 

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En esta sección reproducimos, con permiso de sus autores, textos aparecidos en otros medios: columnas de opinión o crítica dirigidas no sólo al gremio sino a un público más amplio, con la intención de reflexionar, de una manera a veces más general, sobre temas que tocan a la ciudad, la arquitectura y el diseño.

 

La megalópolis que conocemos ahora como Ciudad de México es el resultado de la consolidación de varios pueblos independientes de diversos tipos y tamaños que, por muchos años —algunos antes de la llegada de los españoles—, habían compartido el bello Valle del Anáhuac. La Ciudad de México nació siendo moderna y policéntrica. Con la excepción de la poderosa gran Tenochtitlan, situada en un islote en el centro de la laguna que ocupaba prácticamente la totalidad de los 9,500 kilómetros cuadrados del Valle, las demás se ubicaban en su mayoría en los bordes de ese importante cuerpo de agua. Estas poblaciones se comunicaban y relacionaban por unas pocas calzadas construidas sobre la superficie de la laguna y un complejo sistema de canales acuíferos.

El incremento de los perímetros de estas pequeñas ciudades, debido a su propio crecimiento demográfico y a las migraciones, desdibujó y confundió los territorios que ocuparon estos centros diferenciados. Al pasar de los años, se fue creando una sola mancha urbana indistinta y, al mismo tiempo que nos fuimos acabando los bosques y las aguas que sirvieron com medio de comunicación y comercio entre los habitantes de los distintos centros políticos y culturales de este valle, también modificamos su clima de forma permanente.

La posrevolución trajo consigo a la capital la industrialización y una nueva economía de oportunidades que produce ahora más de 20 por ciento del PIB nacional y con ella la migración masiva, que multiplicó de manera geométrica la población de la ciudad y el crecimiento imparable de la capital mexicana. Al mismo tiempo, la llegada del automóvil acercó de manera muy significativa los varios barrios urbanos entre sí y las distantes periferias. El nuevo habitante del espacio público de la ciudad —el automóvil— demandó la creación de nuevos caminos y se construyó así la red vial que ahora rige, ordena y organiza nuestra ciudad. El siglo XX marca el crecimiento más desmedido y desproporcionado de la ciudad, así como el desbordamiento de todos sus límites geográficos y políticos. A partir de la segunda década del siglo pasado, la población se multiplicó por dos en periodos de 20 años. En estos últimos 120 años pasamos de menos de un millón de habitantes a los casi 25 millones de personas que ahora vivimos en la zona metropolitana y que ocupamos la monstruosa cantidad de más de 15 mil metros cuadrados urbanizados. Más definitivo ha sido el crecimiento del cuerpo vehicular: de no haber automóviles hemos llegado a reunir en el área metropolitana más de 5,5 millones.

A pesar de los grandes esfuerzos que se han hecho por proveer de transporte público a los habitantes de esta gran ciudad —la construcción de 12 líneas del Metro, una rica red de autobuses interurbanos, además de una compleja maraña de transporte informal— y de las siempre insuficientes inversiones en infraestructura urbana para mejorar la fluidez y movilidad del transporte privado —la construcción de viaductos, anillos periféricos, libramientos, segundos pisos, etcétera—, estamos a punto de perder esta batalla contra el automóvil. El tráfico en la Ciudad de México se ha vuelto insoportable, con sus evidentes y nocivos síntomas: pérdida de millones de horas de trabajo productivo, inseguridad y contaminación atmosférica excesiva.

Con Marcelo Ebrard se planteó un muy interesante nuevo modelo de estructura para la Ciudad de México que se sobrepondría a la estructura histórica de la metrópoli actual, conservando sus múltiples virtudes. Este plan consiste, básicamente, en crear una nueva trama urbana que identifica y conecta los nodos de transporte colectivo que de manera orgánica y natural se crearon en la ciudad en los últimos 60 años. Con un plan de inversión público-privada se pretende construir en estos sitios modernos centros de intercambio de modos de transporte, los Cetram, que provocarán el desarrollo permitido y regulado de densas comunidades de demografías y usos mixtos, donde las personas tendrán la oportunidad de vivir, trabajar, estudiar y que además contarán con los servicios necesarios que permitirán a su población permanecer y desplazarse lo menos posible. Una nueva ciudad policéntrica, más densa y diversa. Y más moderna.

La guerra por transformar nuestra ciudad no ha terminado. Ratifico la confianza en que sabremos aprovechar las oportunidades que tenemos, como Chapultepec, Taxqueña, Ecatepec, Tacubaya, Observatorio y el nuevo aeropuerto, entre otros, que tienen la gran vocación y la posibilidad de convertirse en estos nuevos centros de ciudad, densos y multifuncionales, articulados por espacios públicos bien diseñados y proporcionados, y poblados por comunidades ricas y diversas, que nos permitirán reconfigurar y reinventar nuestra ciudad. No está de más hacer énfasis en este punto.


 

Publicado originalmente en Milenio






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