1 noviembre, 2019

Notas sobre el archivo de los niños perdidos

por Christian Mendoza

 

El contexto

En agosto de 2018, la edición en español del New York Times publicó un texto de Jorge Carrión titulado “La literatura hispanoamericana que se escribe en inglés”. El contenido del artículo queda explicado por aquel encabezado: distintos autores hispanoamericanos hablan con Carrión sobre por qué y cómo es que escriben en inglés. Pero, ¿era importante que se dijera que hay escritores contemporáneos, algunos de origen mexicano, que pueden narrar en una segunda lengua? Carrión no deja de dar cierto contexto a algo que él considera un fenómeno mediante una tradición de poetas y novelistas que tradujeron o adoptaron el inglés sus propios textos —Beckett, Borges, Nabokov—, pero también no deja de mencionar que sus entrevistados viajan mucho, que usan redes sociales y que —si leemos entre líneas— conforman el catálogo de una literatura globalizada, que se puede  vender con éxito. Una de las escritoras que aparece es Valeria Luiselli. En el artículo se dice que su novela Lost Children Archive (2019) —publicada primero en Knopf Press y luego en la editorial Sexto Piso como Desierto Sonoro— es la parte ficcional de otro libro, Los niños perdidos (Un ensayo en cuarenta preguntas) cuyo título anglosajón es Tell Me How It Ends, y que ambos títulos están relacionados con “la crisis de los menores de edad centroamericanos que llegan solos a los Estados Unidos” y que derivan de “la experiencia de Luiselli como traductora de los protagonistas en los juzgados de Nueva York.” Carrión decide obviar esta labor, y pasa a enlistar el Book Award que recibió el ensayo y la próxima aparición en español de la novela. 

Si hacemos caso a Carrión, pareciera que no es lo mismo ser migrante que escribir sobre su crisis: unos aparecen en las noticias y los otros son los llamados ciudadanos “extraterritoriales”, los que fluyen entre lenguas y fronteras y ganan premios bilingües. También, existe una sospecha ineludible. La frontera México-Estados Unidos es un tema lógico para la ficción hispanoamericana, pero uno que podría resultar demasiado obvio si es que se quiere llamar la atención de los jurados y de los lectores. Lo ficcional bien puede quedar subordinado a lo coyuntural y los libros que resultan de esta difuminación sólo terminan reseñados bajo el adjetivo de “necesarios”, sin que por tanto se deduzca que logran hacer más compleja la realidad de quien lee. Pero dos aspectos son ciertos: Luiselli trabajó como traductora e intérprete de los niños migrantes que tienen que atravesar procesos legales que son injustamente ilegibles, y esta experiencia, lejos de ser una mera investigación literaria, la hizo reflexionar sobre los límites del lenguaje en tanto representación de la realidad. Esta puesta en crisis de lo que implica la traducción y el bilingüismo —la autoridad hablándole a un niño que no aprendió inglés, o que si lo aprende es para responderle únicamente a la autoridad que lo juzga— que fue la materia para Los niños perdidos (Un ensayo en cuarenta preguntas) es continuada en Desierto Sonoro, una novela en la que vuelve a los cuestionamientos sobre el lenguaje, aunque ahora dirigidos a su propia práctica como novelista. Las preguntas ahora son: ¿qué clase de autoridad enviste al autor para narrar la crisis migrante? ¿Es ético narrarla?

 

Espacios

Una pareja de documentalistas forma una familia en un departamento de Nueva York. Ella es mexicana y él estadounidense. La voz femenina constantemente revisa la constitución de esa casa. La mesa donde arman rompecabezas, las declaraciones conjuntas de impuestos o los momentos para la siesta describen un espacio que es también un mito de origen: el techo bajo el que vive una familia heterosexual con dos hijos. Él y ella documentan a través del sonido y trabajan en proyectos que buscan registrar la diversidad de lenguajes que existen en su ciudad y en el país. Pero cuando terminan los encargos que los mantienen en Nueva York, él decide —aunque sin buscar el consenso de su esposa o de sus hijos— que su siguiente proyecto será grabar los ecos en las tierras donde los indios del norte fueron desplazados, asunto que genera una crisis al interior del matrimonio pero que provoca que ella dirija su actividad documental hacia la crisis de los niños migrantes en la frontera, otra forma de desplazamiento que mantiene semejanzas y diferencias con lo ocurrido durante el exterminio de los indios del norte. Después de solicitar el financiamiento de una institución universitaria, marido y mujer traspasan el arrendamiento de su departamento a otra familia y emprenden un viaje en automóvil desde Nueva York hasta Arizona en el que visitarán los territorios en los que resistieron las tribus y en el que el objetivo, también, es acercarse a los refugios y a los aeropuertos donde los niños son procesados y deportados, respectivamente. 

El departamento y el automóvil parecieran dos prótesis que extienden la presencia de la familia tradicional. En uno se genera crianza y en otro se construyen recuerdos. Incluso, el automóvil es un signo de libertad. “El desplazamiento es una necesidad y la velocidad es un placer”, dice irónicamente Jean Baudrillard. “La posesión de un automóvil es todavía más una especie de cédula de ciudadanía, la licencia de conducir es la carta de crédito de esa nobleza mobiliaria cuyos cuarteles son la compresión y la velocidad de arranque. ¿El que le quiten a uno esta licencia de conducir no es una suerte de excomunión, de castración social?” Pero la familia de Desierto Sonoro no se traslada para reafirmar su unión ni su poder adquisitivo. Conforme van internándose en el sur de los Estados Unidos, niños y pareja reconocen su propia incertidumbre: tal vez no sigan juntos después de este viaje. Al tiempo que las relaciones de este conjunto de personas en apariencia legítimo y estable se vuelven más frágiles, escuchan las noticias sobre aquellos niños que buscan atravesar el desierto para buscar a sus propias familias, aquellas que tuvieron que huir de la violencia en sus propios territorios.

 

Cartografías

Un mapa es también una narrativa, generalmente construida desde el poder. Edumundo O’Gorman consigna en La invención de América que los mapas que fueron apareciendo tras el descubrimiento del continente funcionaron como un autorretrato del imperio español, en los que sus límites geográficos quedaron dibujados como si fueran los de un gran objeto que sólo estaba a la espera de ser encontrado. Pero el mapa que siguen los documentalistas en la novela de Luiselli es uno que les genera miedo. Se cuidan de decirles a los lugareños cuáles son sus verdaderos orígenes —a veces dicen que son franceses para no decir que algunos miembros de su familia son mexicanos— y tanto los habitantes vivos de los estados que recorren, como los cementerios de indios que albergan esas tierras, son evidencias de un racismo enraizado. La historia del sur de Estados Unidos termina reflejada en el dibujo cartográfico que recorren al tiempo que subvierte ciertas dinámicas familiares en lo que respecta a las visitas de sitios turísticos. A veces los hijos mezclan en sus juegos las historias de los apaches contadas por su padre con las de la migra.

 

Archivo

La antropología decimonónica miraba desde su gabinete las realidades que pretendía catalogar, y esta objetividad —cuestionada por la voz femenina de la novela— linda con la captura de aquello que se está estudiando. Si los migrantes son juzgados por el sistema legal de Estados Unidos, el estudio científico también puede taxonomizarlos en su vitrina de curiosidades. Pero si previamente los protagonistas de Desierto Sonoro tenían a la mano una diversidad de lenguas que podían registrar, en su viaje van quedándose con el sonido del viento que atraviesa los sitios donde ocurrieron genocidios, o con el sonido de un avión que deporta a los niños. Aquí, los archivos son precarios. Albergan las ansiedades de la familia que miran los exterminios y los desplazamientos, y captan apenas residuos de la historia de un país donde “el viento arrastra las últimas notas de todos los ruidos del desierto, diseminados a lo largo y ancho de las tierras yermas que hay afuera, sonidos leves de ramas que se quiebran, pájaros que cantan, piedras que ruedan, pisadas, lamentos, voces que ruegan por agua antes de apagarse con un quejido postrero, luego sonidos más oscuros, como el de los cadáveres que se convierten en esqueletos, los esqueletos en huesos sueltos, los huesos que se erosionan y desaparecen en la tierra”. 

En Desierto Sonoro surge el registro del melodrama, pero en los alcances que tuvo Douglas Sirk cuando filmaba suburbios de la posguerra donde la armonía era perturbada con el racismo o la homofobia, o como sucede con la reciente El proyecto Florida (2017) de Sean Baker, película donde, a través de las periferias de Orlando, Florida, se confronta la noción de lo que puede conformar una familia. Mientras algunos pueden visitar un parque de diversiones, otros tienen que enfrentarse a las prescripciones de los servicios sociales del estado, los cuales indican que una niña no puede vivir con una prostituta, aún cuando su madre nunca haya abusado de ella. Desde el ángulo de una clase media educada que deja de tener autoridad para siquiera entender las crisis geográficas y climáticas –como ya se dijo, los documentalistas de la novela no se quedan más que con un puñado de ecos–, Luiselli construye una épica sobre el fin de los estados-nación, y arroja cuestionamientos pertinentes sobre por qué los intereses de ciertas familias, las que viven bajo techo, tienen que ser defendidos de algo que no es otra cosa más que la muestra de una cartografía ya insostenible. 

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