1 junio, 2020

Normalidad y vida urbana

por Juan Palomar Verea

A man pushes his bicycle at a usually busy street during an enhanced community quarantine to prevent the spread of the new coronavirus in Manila, Philippines on Monday, April 20, 2020. (AP Photo/Aaron Favila)

La normalización, a propósito del virus SARS-CoV-2, comporta un asunto vital: establecer o recuperar los principios de habitabilidad capaces de hacer frente a una emergencia sanitaria como la que actualmente encaramos. El hecho de que se trate de una pandemia que afecta todas las latitudes del planeta no impide poner énfasis en lo que en nuestro medio inmediato sucede.

La descomposición y el desarreglo globales, en cuanto al desarrollo urbano hasta estas fechas observado, están presentes en nuestros ámbitos metropolitanos. Su impacto sobre el medio natural rebasa con mucho su capacidad de regeneración. El resultado, a nivel general, es una huella de carbono que contribuye al deterioro del contexto global, y en el nivel regional, al deterioro de las condiciones generales de vida.

¿Cómo generar ciudades que tengan un nivel razonable de sostenibilidad? ¿Cómo aplicar estos principios en el nivel regional y local? Estableciendo umbrales de impacto ambiental que delimiten las acciones que tienen que ver con la gestión y las actividades metropolitanas. Y formular los mecanismos efectivos para el respeto y la observancia de las normas que controlen esas actividades.

Uno de los principales factores que afectan el medio natural de las regiones es el desarrollo —o más bien la reproducción— del fenómeno urbano tal como se ha venido generando en el contexto del crecimiento de la mancha urbana. Es allí donde es preciso incidir para normalizar la manera como las nuevas urbanizaciones se han producido en las últimas décadas. Encontrar una nueva normalidad implica una medición de los impactos medioambientales generados y una serie de disposiciones que mantengan esos impactos dentro de los rangos aceptables.

Factores como la ocupación de territorios apropiados, el uso de energías renovables en todos los casos posibles, la construcción con materiales amigables al medio ambiente, el cuidado de las incidencias solares y del aprovechamiento del agua pluvial, son algunos de los aspectos que deberán ser considerados de manera puntual.

En un contexto más amplio, el direccionamiento del crecimiento urbano deberá tender a conformar nuevos asentamientos adecuadamente conectados con la marcha urbana existente y dispuestos, en lo posible, de manera que limiten los recorridos lejanos por parte de los habitantes. Un equipamiento apropiado, y la disponibilidad de giros y actividades accesibles son altamente deseables.

Es una tarea compleja y de largo aliento. Pero solamente cumpliendo esos y otros principios podrán las metrópolis limitar su huella de carbón en el nivel global, y controlar en el nivel local sus condiciones ambientales para mantenerlas en un nivel satisfactorio.

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