6 abril, 2017

La arquitectura y sus fantasmas

por Pedro Hernández Martínez | @laperiferia

 

Ya no existen historias de fantasmas como las de antes.

Es cierto. No se puede negar que el objetivo de la Modernidad —en arquitectura— fue casi desde el principio desplazar el mundo de las sombras: ya no había castillos ni viviendas oscuras, todo debía ser blanco, higiénico y saludable; la transparencia, entonces, no sólo era una premisa de un mundo nuevo, sino el elemento necesario para deshacerse, por fin, de las tinieblas del pasado, de los mitos oscuros y de la irracionalidad de siglos anteriores: la luz ya podía llenarlo todo y apartar el trauma.

Cuesta imaginar edificios modernos donde uno pueda encontrar espectros, esos recuerdos dolorosos de un pasado que, aún, no acaba de abandonar este universo.Y, sin embargo, sí, ahí siguen. O eso es lo que al menos asegura el Presidente de Brasil, Michel Temer: su “casa” —su residencia oficial en Brasilia: el Palácio de Alvorada—, diseñada por Oscar Niemeyer, «está habitada por fantasmas». Temer —preciso nombre, dado el caso— asegura que las vibraciones en el espacio no son buenas. ¡Qué calamidad! La arquitectura de la Modernidad, refugio del hombre moderno frente a las oscuras tradiciones, es ahora un lugar displicente, donde el cuerpo del que lo habita –el Presidente– es incapaz de encontrar la paz. De todos modos, no es tan extraño vincular fantasmas y arquitectura. Ya decía Fredric Jameson que: “el relato de fantasmas es virtualmente el género arquitectónico por excelencia, ya que está unido a habitaciones y edificios irremisiblemente manchados con el recuerdo de sucesos horrendos, estructuras materiales en que el pasado literalmente pesa como una pesadilla en el cerebro de los vivos”.

¿Qué es lo que vio Michel Temer? ¿El alma del mismo Niemeyer reclamando su obra? ¿Sus propios sentimientos de culpa por la manera como llegó al poder? No se sabe, pero ha terminado por marcharse y dirigirse al Palácio do Jaburu, también obra de Niemeyer y tradicional residencia del Vice-presidente del país, dejando su morada vacía o, más bien, habitada sólo por esas fuerzas extrañas. El acoso espectral sufrido por Temer podría ser un avance de la transformación radical de los monstruos y los fantasmas, que ya deben haber superado su miedo a la luz solar. Hasta ahora sabíamos, como ha demostrado la literatura y el cine de terror, que les gustaba disfrutar ocultos entre la espesa negrura: allí donde el ojo, incapaz de ver con claridad, podía imaginar —dar imagen— las más variopintas formas del horror.

Quizás no sea curioso que tal evento haya sucedido el mismo año en que el Drácula de Bram Stoker cumple 120 años de su publicación. Por entonces, en 1897, la oscuridad aún campaba a sus anchas, aunque anunciaba su incipiente muerte. Sólo habían algunas ciudades que tuvieran alumbrado eléctrico. De hecho, la primera que lo instaló en Europa, en 1884, fue Timișoara, en Rumania, no muy lejos de Transilvania, hogar del mítico personaje, ese mismo personaje oscuro que, ya en la obra literaria, aparecía amenazado por la nueva luz de la verdad. Abraham van Helsing, el doctor, el científico, su enemigo, aspira a destruirle, a aplastarle, a borrar todo recuerdo de un pasado de leyenda, lleno de vaguedades y de mitos no probados. La suya es la avanzadilla de lo que vendrá después: la cruzada de la Modernidad, auspiciada por la luz de la verdad y manifestada en el deseo de transparencia.

En poco tiempo, la noche quedó atrás y la iluminación artificial comenzó a destruir por completo cualquier atisbo de oscuridad. Pero con ello también desaparecieron los secretos, lo oculto y, en especial, lo privado. La expansión sistemática de la transparencia se apoyó en la industralización y fabricación en masa del vidrio, para su posterior amplio uso en la nueva arquitectura, donde fue expresión y símbolo máximo de sus cualidades. Su desarrollo abrió el mundo y eliminó, de una vez por todas, la arcaica separación de lo público y lo privado, que quedaba ahora expuesto y vuelto —casi pornográficamente— hacia el exterior.

Como el vidrio no produce sombras, esta triunfante nueva arquitectura dejó lejos el siglo XIX, sus fantasmas, pero propició —sin querer— la llegada de otros nuevos. Algunos contemporáneos a Stoker lo supieron ver. Otro libro clásico de la literatura de ficción, El hombre invisible de H. G. Wells, se publicó el mismo año y en la misma ciudad que Drácula. Y es que, de la misma manera que Stoker cerraba las creencias sin fundamento, Wells supo ver que la Modernidad, la razón, la ciencia, debía dar lugar a nuevos imaginarios y terrores. Su Griffin —el protagonista de la novela— es un ser incapaz de ser capturado por la luz, es absolutamente resistente a ella, justo la inversión del vampiro, pese a que se replica la reticencia de ambos a ser capturados en imagen. Su invisibilidad se debe, más que nada, a que el sujeto no absorbe ni refleja la luz que recibe. Wells supo ver que la única manera de escapar de la luz era negarla, e inventa otro fantasma: el que está con nosotros pero no vemos, como un espía al que no podemos encontrar con la mirada pero al que podemos sentir acechándonos.

¿Cómo sabemos entonces que nos miran? Si sospechamos de todo, ¿viviremos en permanente esquizofrenia¿ ¿Será esta misma sensación la que acongoja ahora al Presidente brasileño? Hoy, que habitamos un mundo lleno de máquinas que no percibimos con los ojos, pero sabemos que vigilan cada uno de nuestros actos, debiéramos, al menos, advertir su presencia y aprender de estos, nuestros fantasmas.

 

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