30 abril, 2015

Museo Juan Soriano

por Pedro Hernández Martínez | @laperiferia

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Hacer un museo, más allá del cubo blanco, puede ser una oportunidad única para llevar a cabo nuevas propuestas urbanas. Un gran museo, por su tamaño, carácter y programa, permite, por lo general, poner en cuestión y repensar no sólo la oferta cultural de una ciudad sino la forma en que ésta y sus espacios públicos se vinculan y crean nuevos lugares para el ocio y la cultura. Gran parte de las políticas urbanas de una ciudad se manifiestan, después de todo, en como implementan y construyen sus espacios culturales.

Cuernavaca ejecuta desde ya hace unos meses distintos proyectos cuya intención no es sólo acoger obras y fenómenos destacados, sino descentralizar, al tiempo, parte de la oferta cultural de la región centro del país, concentrada sobre todo en la ciudad de México. Uno de estos casos es el del futuro Museo Juan Soriano, que busca insertarse como parte de una ruta cultural nacional y funcionar, también, como un centro cultural que participe de la vida la ciudad.

Juan Soriano, Premio Velázquez en 2005, nació en Guadalajara, y es considerado uno de los artistas principales de la transición entre el nacionalismo mexicano y la generación de la ruptura.

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El nuevo museo fue resultado de un concurso restringido que ganó JSa (Javier Sánchez). “El encargo era hacerle una casa a la colección del artista en Morelos” en un terreno con une fuerte topografía que presentaba tantos retos como oportunidades. Situando entre el barrio de Amatitlán y el centro histórico de Cuernavaca, al que se puede llegar a pie, presentaba un viejo jardín con grandes árboles y algunas construcciones antiguas que ofrecía la posibilidad de hacer una nueva conexión urbana que fuera más allá del encargo del museo. “Se trataba de convertir el museo en un paso natural y conexión entre el barrio y el centro”.

La nueva edificación, que acoge las salas de exposiciones, se concentra en uno de los laterales del terreno sobre la huella de una de las antiguas construcciones de la parcela, ocupando la menor superficie posible y aprovechando el desnivel para generar una cuidada transición entre la calle y el jardín; albergar las zonas de servicio, estacionamiento y bodegas; e insertar una serie de espacios en planta baja que vinculen el programa más público –como la biblioteca– con la arboleda, convertida en un jardín encantado, en el que se confundirán ciudadanos y turistas con algunas de las esculturas de Juan Soriano. El volumen principal flota frente al jardín manteniendo un carácter monolítico, con pocas aberturas que, cuando aparecen, permiten mostrar la rotundidad del volumen de concreto, tanto desde la calle como al verlo entre los arboles, sin caer en una escala excesiva. En su interior aparecen dos salas de exposiciones, una de uso temporal y otra para la colección permanente. La primera, a través de un gran lucernario, introduce en su intrerior la luz natural, pudiendo cerrarse en el caso que los requerimientos expositivos así lo requieran. Sobre la segunda sala, más hermética que la anterior, una cafetería abre sus vistas, al igual que el jardín, sobre la parte histórica de la ciudad. En el centro de la parcela, una lámina de agua –emplazada en el espacio de una antigua edificación que había en el lugar– oculta bajo ella un pequeño auditorio enterrado, conectado bajo tierra con el edificio principal. En la parte más alta, aparece el nuevo centro cultural, dividido en diversos cuerpos repartidos entre los arboles que permiten mantener una menor escala que se adapte e integre en el contexto del barrio.

Las distintas edificaciones se apartan así de la zona central de la parcela que se convierte en un nuevo espacio público y mirador de la ciudad.

 

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