16 septiembre, 2015

Monumento

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

El 16 de septiembre de 1910 Don Porfirio inauguró El Ángel. Mauricio Tenorio Trillo dice que “en 1910 varios ideales de la ciudad se empalmaron en un espacio y un tiempo limitados.” Primero, “el ideal de la modernización, entendido como el desarrollo armónico económico y científico, así como el progreso.” En segundo lugar, “la necesidad de consolidarnos en coro como nación y estado.” Tercero, “un ideal moderno inseparable de los otros dos: un estilo cosmopolita.” Y cuarto, “el ideal supremo y tema central de la ciudad del centenario: la paz.” No sólo en la ciudad de México en los años cercanos al centenario de la Independencia, el gobierno de Díaz inició la construcción de edificios públicos —como el Palacio de Justicia, que nunca se terminó y cuyo vestíbulo fue transformado por Carlos Obregón Santacilia en el Monumento a la Revolución, o el Teatro Nacional, que inició Boari, igual que Correos, pero terminó Mariscal treinta años después o el Palacio de Comunicaciones, de Silvio Conti o la prisión de Lecumberri, el Hospital de la Castañeda y más. Comparados con estas edificaciones, los monumentos fueron pocos: sólo dos, la Columna de la Independencia y el Hemiciclo a Juárez. Tenorio Trillo dice que se pensó un tercero, diseñado también por Boari: un arco triunfal dedicado a los logros de Díaz, pero que éste, “a diferencia de otros dictadores del siglo XIX o del XX, pequeños o grandes, nunca permitió un monumento a su persona en el país.”

La Columna de la Independencia con todo y su Victoria alada en la cima o, para abreviar, El Ángel, fue diseño de Antonio Rivas Mercado, quien tras ganar el contrato de la obra, dice Tenorio Trillo, fue enviado a París e Italia a estudiar monumentos similares. “No hay nada particularmente mexicano en este monumento ni tenía por qué haberlo: el republicanismo y el nacionalismo eran valores universales.” Con el tiempo, El Ángel se ha vuelto el centro de cierta euforia nacionalista —el deseado e imprevisto triunfo en un partido de futbol—, de mítines y protestas o de celebraciones de carácter más personal como una boda o unos quinceaños.

Cien años después, el 16 de septiembre del 2010 no hubo monumento que inaugurar. El Señor Presidente en turno soñó un arco —el arco que Porfirio rechazó vendría, cien años después, a sellar el destino cosmopolita de la capital mexicana. Jose Manuel Villalpando, coordinador ejecutivo de los Festejos del Bicentenario en ese momento declaró: “creemos que es fundamental —el arco. La ciudad de México carecía de un arco: no hay un arco triunfal que represente quizás la unidad, quizás los valores más altos de la  humanidad y que en las grandes capitales del mundo existen.” También muchas grandes capitales del mundo son atravesadas por ríos que ésta no tiene, pero eso parecía una empresa menos probable que el arco. Se organizó un concurso por democrática invitación a 37 arquitectos quienes, en abrumadora mayoría, respondieron con la incuestionable lógica de que un cumpleaños se celebra clavando al menos una vela, larga, alta y erguida, al centro de un pastel. El jurado del concurso no seleccionó un arco sino un par de placas luminosas —lo que supuso algunas críticas basadas más en el diccionario que en cualquier otra idea. Por su lado, los arquitectos de la propuesta sucumbieron a un simbolismo tan decimonónico como la idea misma del monumento: los dos siglos se transformaron en dos ciclos prehispánicos de 52 años y las placas tuvieron una altura de 104 metros. El monumento se terminó dos años tarde y triplicando el costo previsto: a costos actualizados, la Estela de Luz —nombre tanto menos poético como más pretencioso que El Ángel— costó lo que el Guggenheim de Bilbao (sin contenido, claro). Al final, también como El Ángel, la Estela fue adoptada como lugar para iniciar marchas y decorar fotos, lo que ya empieza a borrar sus malos recuerdos.

En su libro El monumento liberal: diseño urbano y el proyecto moderno, Alexander d’Hooghe plantea una diferencia entre el urbanismo —entendido como la descripción de la ciudad tal como es— y el diseño urbano —la descripción de la ciudad como debería ser. El diseño urbano es, por tanto, siempre político. Para d’Hooghe, el monumento liberal es producido por el diseño urbano como un espacio de resistencia tanto a los impulsos de la mera urbanización —del crecimiento urbano regido por el mercado— como a la hegemonía de un grupo particular que imponga un simbolismo totalizador y, por tanto, totalitario. El monumento liberal introduce momentos o, más bien, espacios de claridad metropolitana dentro del tejido amorfo de la urbe post-capitalista —que ya es puro territorio— y permite, en tanto signo abstracto y vacío, que la pluralidad y la diversidad tengan lugar. El monumento liberal es “el espacio en el que los seres humanos se exponen unos a otros.” No habla con una voz única —la del soberano— ni con la voz de todos, que no existe, sino que permite que todas las voces puedan ser oídas. El monumento liberal no es el lugar del consenso sino, al contrario, ahí donde el disenso es no sólo posible sino deseable.

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