16 agosto, 2017

El monstruo viene por la ciudad

por León Villegas

Una vez más, la Ciudad de México se volverá escenario de una ficción. Súmese una más a la larga lista de ficciones personales y colectivas de quienes la habitamos. De nuevo, la complejidad cultural de ésta se antoja atractiva para proyectar (y comercializar) nuevas (y no tanto) concepciones sobre lo que es la mexicanidad contemporánea y sus expresiones culturales. Sean estas expresiones auténticas o fabricadas expeditamente para una producción cinematográfica, terminan legitimándose a través del aparato industrial y cultural hollywoodense. Podemos agradecer (o no) la incorporación de nuevas tradiciones (y desfiles) a nuestro rico mosaico cultural. La ciudad constituye un personaje en sí mismo, con una personalidad propia, nunca homogénea ni monolítica pero cuya esencia se busca destilar para su explotación comercial. No obstante esta caricaturización de lo que es la ciudad y su cultura, fenómeno que ya forma parte de una coyuntura por etiquetar y poner de moda la ciudad, hay temas de fondo sobre los que vale la pena elaborar.

 

Sin especular demasiado sobre la trama particular de esta nueva entrega de la mundialmente famosa franquicia Godzilla, inspirada en el fenómeno japonés Gojira, sabemos que se trata de un gigantesco mounstruo dinosauroide —por nombrarlo de alguna manera— o kaiju —si nos queremos poner japoneses— que viene del mar para destruir la civilización humana y por ende su hábitat, la ciudad. El destrozar la ciudad, literalmente, generando un caos apocalíptico, con grandes explosiones y persecuciones, que solamente será remediado por héroes humanos a varias escalas —se pueden poner escala 1:1 en el subgénero mecha— es el anzuelo visual que hace rentable el producto. Ya la ciudad había probado ser un escenario espectacular para las escenas de acción desde filmes tan tempranos como King Kong (1933) donde un gigantesco primate espanta aviones biplanos como si fueran moscas desde la cima del Empire State Building en aquella vieja Nueva York. Cabe la lectura de la legitimización de la ciudad americana por antonomasia, vertical y poderosa, que puede soportar los embates de una bestia sobrenatural y la puede derrotar sin perderse en el intento. Dudo sinceramente que la ciudad de México sea el escenario de la épica batalla final y será más bien uno de tantos escenarios dispersos en donde dejará su marca de devastación una amenaza de escala global. A todo este espejismo fantástico, surge la cuestión verdadera sobre lo que significa la destrucción y la resiliencia de una ciudad.

La ciudad y, por ende todo lo urbano, es representativa de los valores de su sociedad. Atentar contra su construcción espacial y social, para imponer una posición económica o ideológica implica la amenaza de su destrucción. Siendo conscientes de que la ciudad nunca ha sido la utopía materializada, se plantea como objetivo el empujarla hacia el progreso —progreso entendido como la construcción de una ciudad incluyente, abierta, culta y sostenible. Los ciudadanos, a veces sin percatarnos, nos enfrentamos diariamente a varios monstruos que pretenden destruir la ciudad: los monopolios sobre los sistemas de movilidad urbanos; el desplazamiento de aquellos habitantes que no “encajan” en los barrios de moda; la segregación de la sociedad a través de la construcción de comunidades cerradas fuertemente contrastadas con sus vecinos de mayor marginalización; la no diversificación de los usos de suelo y la centralización de la cultura. Los mounstruos que acechan son silenciosos pero sus métodos causan gran impacto. Al final, la batalla no es una gran lucha épica llena de explosiones sino un constante choque, que casi siempre se pierde, en la implementación de políticas públicas.

¿Qué pasará al final de la película?¿Acaso esta ciudad podrá resistir y superar a sus propios  monstruos o formara solamente parte de la estela de la destrucción de la amenaza global?

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