21 julio, 2015

Modernidad a la deriva (I)

por Juan Manuel Heredia | @guk_camello

Hace casi ya veinte años que apareció el libro de Edward R. Burian Modernidad y Arquitectura en México, una colección de ensayos críticos -y algunos no tan críticos- escritos por diversos autores sobre la arquitectura mexicana del siglo XX.[1] Uno los objetivos principales del libro era contribuir a la revalorización o rescate de arquitectos hasta ese momento insuficientemente analizados o de plano olvidados por la historiografía. Tras su publicación -aunque no necesariamente como su resultado directo- podría decirse que ha habido un florecimiento de estudios históricos y monográficos sobre la arquitectura moderna mexicana. Estos van desde narrativas de corte nacionalista como aquellas realizadas por los investigadores vinculados al proyecto HAYUM (Historia de la Arquitectura y Urbanismo Mexicanos) a reediciones de textos canónicos editados por esos u otros agentes o instituciones, a estudios un poco más enfocados en los aspectos formales y espaciales de esa arquitectura como los publicados por Arquine y otras editoriales. En el extranjero, principalmente en los Estados Unidos, también ha habido un resurgimiento de esos estudios, desde los textos de Keith Eggener, Luis Carranza, Patricia Elizabeth Olsen o Luis Castañeda, a las secciones correspondientes a México en libros o catálogos sobre arquitectura latinoamericana como los de Valerie Fraser, Jean-Francois Lejeune o la más reciente exposición del MoMA.

No obstante este resurgimiento un aspecto importante -y en mi opinión, central- del libro de Burian, o mejor dicho uno de los argumentos principales de Burian mismo, ha pasado casi totalmente desapercibido ante el público y los investigadores. Tanto en su primer capítulo (una entrevista con Alberto Pérez Gómez) como en el ensayo que escribe sobre Juan O’Gorman, así como en sus conclusiones generales, el autor estadounidense sugiere de manera reiterada que los arquitectos mexicanos del siglo XX produjeron una obra de gran potencial y valía pero en medio de una actitud de “deriva” (drift) que les impidió otorgarle una mayor orientación y profundidad a la misma. De acuerdo con Burian los arquitectos de la modernidad mexicana actuaron de forma “cambiante” y “vacilante”, alternando abruptamente entre “dicotomías” formales, técnicas e ideológicas como la abstracción y la figuración, las soluciones industriales y artesanales y las utopías progresistas y las mitologías nacionalistas. Según Burian una de las razones de esta actitud podría hallarse en las “tan arraigadas tradiciones de la arquitectura vernácula en México” que -ya sea directa o indirectamente- conminaría a sus arquitectos a adoptar “una aproximación mas incluyente con respecto a las distintas alternativas o vocabularios de diseño”. Otra de las razones sugeridas por él -pero sin las connotaciones positivas de la anterior- se encontraría en “la falta de una amplia fundamentación en la teoría de la arquitectura” por parte de los arquitectos mexicanos.[2]

Mientras la primera razón (interés cultural reflexivo y eclecticismo pragmático) implica un par de fenómenos que podrían considerarse inherentes a todo proceso de modernización (arquitectónica, nacional o de otro tipo), la segunda resulta más plausible por no decir interesante ya que apunta a algo más específico sobre México y sus arquitectos. La insinuación de Burian, sin embargo, es bastante polémica ya que la arquitectura mexicana del siglo XX se auto-comprendió y se ha comprendido como una en donde la “teoría” ha jugado un papel central e inclusive fundacional. Según reza un argumento en gran medida naturalizado por la historiografía, la revolución iniciada en 1910 generó la condiciones materiales para que los arquitectos de México tuvieran un cambio de mentalidad y respondieran de manera más consciente y responsable a las “reivindicaciones históricas y trans-históricas” del país y su población. Este cambio ha sido principalmente asociado a la arquitectura funcionalista de los años treinta y al pensamiento de sus principales actores, en especial el de “radicales” como O’Gorman pero de forma más señalada el del no-tan-radical José Villagrán García. El pensamiento de O’Gorman o el de Villagrán, sin embargo, podía ser demasiado ambiguo y genérico, girando en torno a discusiones sobre la naturaleza artística o técnica de la arquitectura, o en el más reflexivo de los casos explorando su esencia, valores, propiedades estéticas, fórmulas metodológicas -en ocasiones ejerciendo la crítica arquitectónica- pero sin proponer o establecer principios formales, espaciales o estructurales concretos para la arquitectura; una teoría sin intencionalidad poiética.

Es cierto que la obra de esos y muchos otros arquitectos mexicanos contenía en si misma principios de orden disciplinar. Sin embargo estos rara vez fueron hechos explícitos o teorizados,[3] una tarea delegada en última instancia a “teóricos” o historiadores especializados. Los dos discursos posteriores más importantes en el país, el de la “Integración Plástica” y el de la “Arquitectura Emocional”, así como los textos de los pocos arquitectos mexicanos que se aventuraban a escribir de forma sistemática (Alberto T. Arai o Mauricio Gómez Mayorga por ejemplo) adolecían de una ambigüedad y un abstraccionismo similares a pesar de sus ocasionales argumentaciones específicamente arquitectónicas. Ya en 1961 la investigadora inglesa Irene Nicholson hacía notar que en México “los arquitectos más prominentes, al ser interrogados [sobre su obra o la arquitectura] hablan primero en términos de filosofía, economía, sociología y solo como corolario de ingeniería, materiales o estilo en su sentido más restringido”.[4] Este fenómeno no sería problemático (ya que la arquitectura es un arte basado en la metáfora y la analogía, y en esencia “hospitalario” con otros discursos) si no fuera porque en México dichas incursiones en territorios ajenos muy a menudo representan escapes sin retorno del núcleo disciplinar. En el polo opuesto existe también la conocida renuencia a reflexionar (sobre su trabajo o la arquitectura en general) de una gran parte de arquitectos en el país. A este respecto es importante recordar lo que hace algunos años dijera Adela García-Herrera sobre los escasos escritos y el “pensamiento” (sus comillas) de Luis Barragán: “no se puede sacar nada de donde nada hay”.[5]

¿Donde está la arquitectura? Esta pregunta formulada por Le Corbusier en 1927 como “toma de posición” ante lo que ya veía como los extravíos ideológicos o estilísticos de la vanguardia histórica -y que resonaba con advertencias similares hechas por arquitectos más veteranos como Adolf Loos, Hans Poelzig o Josef Frank- y que resuena con aquellos momentos en los que (quienes nos dedicamos a la enseñanza de la arquitectura) buscamos algo en los dibujos, maquetas o exposiciones de los estudiantes (un algo difícil de articular verbalmente pero evidente en el lenguaje mismo de la disciplina) muy pocas veces ha sido formulada en México de manera satisfactoria u oportuna.[6]

Captura de pantalla 2015-07-21 a las 11.22.56Portada de la revista Arquitectura y lo Demás (Septiembre de 1945).

[1] Edward R. Burian ed. Modernity and the Architecture of Mexico (Austin: University of Texas Press, 1997), traducido como Modernidad y Arquitectura en México (Barcelona: Gustavo Gili, 1998).

[2] Sobre todo lo anterior ver Burian, Modernity and the Architecture of Mexico, especialmente 32 ss., 146 ss. y 193 (la traducción de los fragmentos citados es mía).

[3] Ver Robert B. Brandom, Making it Explicit: Reasoning, Representing and Discursive Commitment (Cambridge Mass.: Harvard University Press, 1998).

[4] Irene Nicholson, “Mexican Newsletter” Architectural Review (Agosto de 1961 ), 101-103.

[5] Ver Arquitectura Viva 73 (Julio-Agosto 2000), 82.

[6] Le Corbusier “Donde está la arquitectura” en Alfred Roth, Dos Casas de le Corbusier y Pierre Jeanneret, Juan José Lahuerta editor, Itziar González traductor (Murcia: Colegio de Aparejadores y Arquitectos Técnicos- Librería Yerba – Cajamurcia, 1997), 15-23.

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