31 mayo, 2018

Moda y territorio

por Carolina Haaz

 

En días pasados, los monumentos emblemáticos de la Ciudad de México fueron contenedores de las propuestas de moda mexicana que participaron en la pasada edición de Mercedes-Benz Fashion Week Mexico City. Es cierto que este ejercicio, pequeño en comparación con otras semanas de la moda en el mundo, es intrascendente para el caótico cuerpo repleto de órganos que es esta ciudad. Pero es en las capitales económicas y culturales donde la moda, como la arquitectura, despliega los tentáculos del monstruo (“la industria”). Así como la arquitectura percibe los cambios en la urbe y los demuestra, el aparato de la moda —desde los anaqueles de Milano hasta el showroom de diseñador —hace lo mismo.

Más allá del discurso de la “democratización” de la moda mexicana debido a la intersección entre algunos lugares públicos y la moda a la que pocos tienen acceso —algo que los organizadores de la plataforma siempre podrán argumentar; sería extraño que no lo hicieran—, vale la pena revisar las características de esos lugares imaginarios a los que nos llevó la plataforma, entre las propuestas de moda, el diseño de performance y el espacio físico elegido.

Sería ingenuo pensar que hay una relación profunda entre los lugares elegidos y la propuesta de moda, tan absurdo como secuestrar el significado de lo “democrático” —y sin embargo, sucede—. Por supuesto, una prenda no se convierte en emblema de lo revolucionario por pasearse unos minutos en el Monumento a la Revolución. En este contexto, el Frontón de México no es más que un bello y simbólico lugar que por su importancia arquitectónica le atribuirá valores históricos, sociales y estéticos a cualquier evento que tenga lugar ahí. Sobre todo, si la situación es ajena a los propósitos originales del recinto, que en su momento fueron meramente deportivos. Y no está mal. Siempre ha sido así: a la moda le viene bien instalarse sobre estructuras culturales ajenas a su disciplina. Así es como, sistemáticamente, construye edificaciones utópicas que, en el mejor de los casos, permean en los imaginarios sociales para crear deseos de consumo.

Lo interesante es que al transformar estos monumentos en escenarios para la moda y sus narraciones, se influye hasta cierto grado en el horizonte de significado de sus espectadores —es decir, la prensa e “influencers” que a su vez transmitieron estas imágenes a los usuarios—, provocando así nuevas subjetividades para percibir la ciudad que habitamos.

Así, vale la pena revisar a los diseñadores que entre la moda y el ambiente creado, articularon preocupaciones pertinentes sobre la ciudad, desde la ciudad misma:

En la Fuente de Cibeles de la Roma, una copia fiel de la que se encuentra en Madrid, se llevó a cabo el desfile de Julia y Renata. Mientras transcurría el evento, el ojo vigilante de los drones sobrevolaba al tránsito circular de los modelos para documentar el evento con mirada cenital. La colección, en una paleta de negros, verdes y neutros crudos, se presentó en su carácter escultórico con tela envolventes que cobijaron las siluetas, en muchos casos hasta desaparecer géneros como los conocemos convencionalmente. Las mangas, tan prolongadas que desaparecieron las manos de los modelos, aunado a accesorios enormes que caían a lo largo del cuerpo con la precisión de lo accidental. Todos estos personajes parecían pertenecer a una realidad postapocalíptica con paisajes que empiezan a reconstruirse sobre sus propios desechos.

La carretera imaginaria de Cynthia Büttenklepper se construyó en el Frontón México, que respira otra vez al lado del Monumento de la Revolución. Al inicio las modelos caminaban con deliberada aceleración, algunas con las manos en las bolsas de sus chaquetas crema de molde de los años 80, otras de prisa con el sutil movimiento de los monos de seda azul marino, mismo tono para vestidos cuya tela fue desgarrada de un lado, acaso por las ramas de un árbol ficticio. En el escenario, el símbolo de la naturaleza recuperaba su espacio con la ralentización del paso de las modelos que llevaban tocados de flor de anturio, una especie particularmente persistente y hermosa. Abrigos y conjuntos en falda parecían inspirarse de ella, con pieles brillantes y estructuras fuertes pero vivas que caían delicadamente sobre sus pliegues, con forros rosados a la vista. Como escribió Michelle Houellebecq en El mapa y el territorio: El triunfo de la vegetación es absoluto.

En el mismo lugar, la egresada de CENTRO, Micaela Campo, estructuró un universo visual que nos acerca a la narrativa de la supervivencia en medio de la distopía. Diversas construcciones textiles en nylon, organzas de seda y poliéster, plástico y sargas construyen prendas geométricas en colores chillantes, transparencias, barridos y gráficos que aluden a una realidad hipertecnologizada. En un comunicado sobre la colección, Campo refiere al discurso gráfico de Wong Kar-wai como una inspiración importante de la trama textil; probablemente 2046, un melancólico retrato futurista, sea la referencia más aludida en la entrega En la cinta, una amplia red de ferrocarriles es instalada por todo el globo terráqueo. De vez en cuando, un tren parte rumbo a 2046 y todos los pasajeros tienen el objetivo de recuperar la memoria perdida, al menos ese es el mito, porque «nadie absolutamente nadie, ha regresado nunca», como se menciona en el guion. Entre neón y armaduras urbanas extraídas de la ciencia ficción, esta colección emprende el mismo viaje desde el tren del presente: un doloroso bucle político, social y económico a nivel local y nacional.

 

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