17 diciembre, 2019

Mockups II: Covers

por Pablo Emilio Aguilar Reyes | @pablochief

No existe la arquitectura, solo las maquetas. ¿Qué es un edificio sino una maqueta? A escala real, pero una maqueta aun así, un mockup. En la primer entrega de esta serie se anotaron los argumentos para tal planteamiento. Mientras escribo estas ideas escucho una canción y pienso que con tal de comunicarlas con mayor fidelidad, se puede tejer una analogía y trasladar el mismo planteamiento al ámbito de la música.

Cualquier canción es un cover de sí misma, pues cada vez que se interpreta suena una canción diferente. En cada ensayo o función en la que una banda musical toca ocurren pequeñas alteraciones; el vocalista puede sonar un poco más ronco, algún dispositivo eléctrico, un cable o un micrófono, compromete la fidelidad, algún instrumento puede estar ligeramente desafinado, o simplemente alguien se equivoca. Todas estas inconvenientes contingencias hacen que la interpretación se desvíe de la canción original, ¿cual es la canción original? Ninguna. Se puede pensar que la canción original es aquella que está grabada en algún disco, sin embargo, las sesiones de grabación son atravesadas por el mismo tipo de pequeñas variaciones imprevistas. El único lugar en el que tal vez exista la canción original, sin erratas y con perfecta fidelidad, es dentro de la cabeza del individuo que la compone. Trasladar fielmente la “canción original” desde la mente de los músicos a oídos ajenos es imposible; el ruido es ineludible.

Entre distintos covers de una canción no existe jerarquía, por ejemplo, la interpretación acústica, o unplugged de una pieza musical, no es mejor ni peor que la versión del estudio de grabación; es diferente. De la misma forma, al disfrutar la música desde dispositivos reproductores o a viva voz, cada quien escucha desde un lugar y una experiencia particular y a través de su oído una canción diferente. Por tal motivo, todos los músicos exclusivamente tocan covers. Si pensamos que un cover es una canción que toca o canta alguien diferente a quien la escribió, aun así, aunque las piezas sean de autoría propia, todos los músicos tocan covers de canciones escritas por ellos mismos en un pasado. Los mejores músicos saben esto y lo utilizan a su favor al variar deliberadamente sus interpretaciones en cada concierto que tocan. ¿Dónde tocan? En auditorios, bares, estadios, y en otros edificios que no son sino maquetas a escala real. El cover es a la música lo que la maqueta es a la arquitectura. No hay manera de escuchar canciones originales, que no sean covers, del mismo modo en el que no se puede visitar arquitectura que no sea un mockup, una maqueta de escala 1:1.

Decir que toda arquitectura es una maqueta podría parecer un sinsentido, una pirueta discursiva. Sin embargo, las implicaciones de este planteamiento se pueden entender mejor al pensarlas en términos concretos y no abstractos. Pienso en un ejemplo, un lugar común dentro del discurso de la historia de la arquitectura: el Pabellón de Barcelona. La república de Weimar le encargó su diseño a Mies van der Rohe y a Lily Reich, y fue construido dentro del marco de la Exposición Internacional de Barcelona en 1929. La presencia de Alemania en la Feria Internacional de Barcelona representó la primera instancia en la que se mostró fuera de sus fronteras ante las demás naciones europeas después de la primera guerra. A través del Pabellón, el estado alemán buscaba proyectar la imagen de un país renacido, liberal, democrático e industrializado. La función de este proyecto fue servir como sede de la ceremonia inaugural de la Feria Internacional, a la cual asistió el Rey Alfonso XIII y las autoridades alemanas. Tras la Feria, en 1930, el Pabellón fue desensamblado y a partir de entonces fue considerado una de las muestras más relevantes de la arquitectura moderna. Su relevancia fue tal que en 1986 se decidió volver a construir. Hoy se puede volver a visitar.

Si bien ambos pabellones construidos en 1929 y en 1986 se hicieron con un diseño idéntico, con los mismos materiales, y en exactamente el mismo lugar, no son el mismo edificio. Por un lado, el primero, concebido bajo circunstancias políticas particulares, tuvo un fin institucional, expositivo y diplomático. Por otro lado, el segundo parece haber sido más bien construido con un afán archivístico y retrospectivo, con el objetivo de permitir que se pueda atestiguar de primera mano un supuesto clímax de la arquitectura moderna. Por tal motivo, se podría pensar que el Pabellón de 1929 es el original, y que el de 1986 es un facsímil. En otras palabras, que el segundo no es sino una maqueta del primero, a escala real, pero una maqueta aun así, hecha no a base de cartón o plástico, sino de acero, vidrio y mármol.

Decir que el pabellón de 1986 es una maqueta del original, de aquel construido en 1929, es una verdad a medias. Ambos son maquetas, no existe el pabellón original. Mejor dicho, ambos son covers, es decir, ambos son interpretaciones construidas de una idea y entre ambos pabellones no existe ninguna jerarquía. Si bien el primer pabellón antecede cronológicamente al segundo, la fecha de construcción no es suficiente para establecer ningún tipo de originalidad, de la misma forma en la que una interpretación de una canción no es ni más ni menos auténtica por ser tocada antes o después que otra.  

Los pabellones de Barcelona han sido de las maquetas más famosas para la historia de la arquitectura moderna. El de 1929 y el de 1986, ambos mockups, o covers, han sido evocados únicamente como ejemplo, es decir, las ideas aquí expuestas son aplicables al resto de la arquitectura: todo edificio es una maqueta y por extensión, una interpretación, al igual que la música. A propósito de la música, tal vez debería corregir la situación inicial de esta reflexión: no estoy escuchando una canción, más bien estoy escuchando un cover.

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