1 mayo, 2019

Mirilla, mira más allá.

por Karla Rodríguez Lira

Presentado por:


Nombre del proyecto: Mirilla, mira más allá / Facultad de Arquitectura UNAM
Coordinación del proyecto: Karla Rodríguez Lira
Concepto y desarrollo del proyecto: Gabrielle de Almeida Maia da Silva, Daniel Carvalho Mendonça, Felipe Ross de Mattos Oliveira, Rodrigo Hernández Mata, Viridiana Austria Valdés, Yohana Hernández Alavez, Alejandra Main Reyes, Gabriela Arredondo Ramírez, Alitzel Molina López, Beatriz Carvalheira Kirzner
Asesoría Técnica: Julio Ríos Espínola Apoyo Fotográfico: Luiza Vidotto Bernardo, Artur Tadeu Paulani Paschoa, Thaís Junqueira Coelho
Ubicación: Alameda Central, Ciudad de México
Fecha: 2019
Fotografía: Luiza Vidotto, Gonzálo Mendoza y Julieta Amigo


 

En la pasada edición de MEXTRÓPOLI, la Facultad de Arquitectura instaló en la Alameda Central su pabellón “Mirilla, mira más allá”, resultado del trabajo de un equipo conformado por alumnos de esta institución y por estudiantes del programa de intercambio provenientes de la Universidad Federal de Río de Janeiro y de la Universidad de Sao Paulo.

La idea original se presentó en la clase de Arquitectura Efímera a mi cargo, en la que se pidió como ejercicio final una propuesta arquitectónica a partir de la convocatoria para el Pabellón MEXTRÓPOLI 2019, tomando como tema central el enunciado “Donde termina la ciudad”.

Entre los proyectos entregados, el trabajo de tres estudiantes cariocas me entusiasmó por su carácter lúdico, su fundamentación, por la posibilidad de discusión que abría y por el potencial académico que vislumbraba para su desarrollo. El objetivo del pabellón fue la construcción de un espacio de reflexión que se hiciera con la misma ciudad y que en el acto de habitarlo se pudieran reconocer los límites – sociales, políticos, económicos o físicos- que en ella se entretejen.

Se definió la puerta como el elemento arquitectónico base ya que consideramos que, junto con la mirilla, nos evoca la posibilidad de una barrera permeable y reconfigurable. Otro aspecto relevante del concepto fue la gestión necesaria para obtener las puertas provenientes de distintas zonas de la Ciudad de México, pues ésta implicaba que los estudiantes salieran a buscarlas, que en esos recorridos encontraran las imágenes para fotografiar y colocar en las mirillas, que entablaran relaciones con ciudadanos y que pudieran conversar con ellos.

Nos interesaban preguntas como ¿hace cuánto que viven ahí? ¿dónde trabajan? ¿cuál es la historia de su barrio? ¿de dónde viene la comida que consumen?, entre muchas otras que abrían a relatos particulares y que estrían presentes, como elementos inmateriales, en cada puerta que integra el pabellón. Una cualidad importante para el diseño fue pensar el dispositivo como una arquitectura no utilitaria, sino aprovechar el carácter artístico para ofrecer una experiencia estética a los visitantes, y que de esta forma pudieran reflexionar sobre la ciudad, sus dinámicas y sus límites.

Durante seis semanas en el sótano del teatro Carlos Lazo se montó un taller-laboratorio que a la vez que fungía como el espacio de creación también resultaba un espacio formativo para los estudiantes que participaron de este proceso. Se hizo una revisión del concepto original para repensarlo y definir con más detalle los elementos y procedimientos que integrarían el desarrollo del proyecto.

Así pudimos experimentar sobre los materiales y el sistema constructivo; explorar formas, dimensiones, emplazamiento; concretar los procedimientos para ir configurando en el tiempo el pabellón ya que dependía de las gestiones para los préstamos de las puertas, organizar el plan de montaje y el cronograma de trabajo, hacer carpintería, pintura, etc. Ya instalado en la Alameda Central, el laboratorio continuó, ahora se trataba de observar la interacción de la gente con los elementos del pabellón para cuestionarnos sobre la relación de los cuerpos en el espacio.

Pusimos atención en la organización espontánea de los visitantes para abrir y cerrar las puertas, en cómo eran distintos los recorridos y las velocidades entre niños y adultos, en quiénes veían a través de las mirillas y cómo se sorprendían al encontrar imágenes de la ciudad, en los encuentros entre las personas y en la apropiación de un lugar temporal insertado en la dinámica del espacio público.

Durante los días de exhibición, el pabellón pasó de ser un laberinto de colores para perderse a un gran set fotográfico en el espacio público donde los umbrales de las puertas servían de marcos para escenas familiares, o bien, era un objeto de ensoñación que nos recordaba tiempos y lugares, o un albergue nocturno para un indigente que habita en la zona.

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