21 junio, 2018

Miradas a la Ciudad

por Alejandro Salafranca Vázquez

 

Crear un espacio de reflexión urbana, un espacio duradero para escudriñar la ciudad, mirarla, repensarla, recrearse en ella, criticarla, abominarla, mimarla, quererla, odiarla, soñarla y todo ello desde la más profunda verdad, desde la sinceridad, y desde la libertad absoluta de expresión, fue el objetivo trazado y la meta que nos propusimos plasmar desde una mirada antropológica y sociológica.

Nuestras miradas no son las únicas posible, tampoco las más amables ni la más complacientes. Son una mirada sincera, a pie a tierra, transversales, sociales, ácidas, reivindicativas; lo que nadie encontrará en las salas de Miradas a la Ciudad, desarrollada en el Museo de la Ciudad, es autocomplacencia, conformismo, buenismo o belleza impostada.

Ocho espacios, siete miradas que enfrentan el escrutinio de nuestra Ciudad de Ciudades con la legítima ambición de abrazarla, de entenderla, de psicoanalizarla, para reflexionarla y contribuir generacionalmente a transformarla. Unas miradas aptas para todos los públicos, para todas las conciencias y para todas las sensibilidades, aptas para todo aquel que, viviendo o visitando esta ciudad, esta cuna de civilización originaria, quiera tener un ápice más de mimbres para construir el cesto de la comprensión del suelo que pisamos todos los días.

La primera sala, La Ciudad, nos propone la introducción a la muestra, desentrañando lo urbano como fenómeno universal, como el mayor artefacto cultural de la humanidad. Una añeja creación del ser humano en sociedad, siempre inacabada, siempre en construcción, de ahí la sensación de provisionalidad del montaje, en homenaje y guiño a la eterna construcción y destrucción de lo urbano. Mitos fundacionales, los entierros como primera ciudad simbólica, los recursos naturales como imanes urbanos, las utopías que la urbe despierta, desde Vasco de Quiroga a Tomás Moro, y todas las tipologías posibles de ciudades: las administrativas, las imperiales, las de ocio, las sagradas, y todo este flujo enorme de información acompañado como suave banda sonora por el poema de la artista Amandatitita dedicado, éste sí, a una ciudad concreta, la Ciudad de México.

La segunda sala, Cuenca del Anáhuac, es un cubo obscuro, donde se desarrolla un espectáculo de luz, sonido y poesía, con dos hilos conductores: la historia y el agua como agentes de disrupción colectiva de esta ciudad. Un espectáculo de nueve minutos narrado por las voces de los actores Martha Aura y Fernando Becerril, con más de 200 neones llevándonos de la mano desde la destrucción volcánica de Cuicuilco, hace dos mil años, hasta los temblores de entre siglos que han marcado los surcos del viejo rostro de esta ciudad.

El historiador César Moheno y yo, como antropólogo, quisimos darle con esta instalación un homenaje lumínico, iconográfico y poético a la ciudad que nos albergó desde nuestra primera juventud, a él, llegado de la exuberante y húmeda Tabasco, y a mí, procedente de mi austero secarral entre la Bética y la Tingitana.

En el tercer espacio Mediapro Exhibitions, de la mano creativa de Francesc Riba, nos presenta un audiovisual febrilmente cartesiano que nos arroja de lleno frente al mayor reto de esta ciudad para salvaguardar su sustancia futura: el manejo del agua. Un documento visual preciso, realista y esperanzador sin concesiones a la autocomplacencia.

El recorrido continúa hacia la sala cuatro, donde el equipo creativo de Arquine despliega sus recursos para adentrarnos en la compresión de nuestra ciudad de la mano de la arquitectura y el urbanismo. Un recorrido fantástico por la evolución urbana de esta megaurbe donde conviven el espacio público, la vivienda, la mancha urbana, las infraestructuras, las zonas verdes y los grandes acontecimientos urbanísticos que marcaron la historia citadina, todo ello culminado con la nueva mapoteca digitalizada del Museo, puesta al alcance de todos como instalación propedéutica para adentrarnos en la sala cinco, dedicada a la Cultura. Este espacio, curado por Rafael Barajas “El Fisgón”, con la dirección de arte de Jorge Borja y con textos de éste que les habla, despliega, a través de nichos y hornacinas de resabios barrocos, un singular recorrido por la historia y por la cultura popular de la ciudad desde el siglo XIV hasta nuestros días. Un enorme y colorido árbol de la vida, salido de las manos del artista Oscar Martín Soteno Elías, se erige como testigo biográfico de la historia cultural de la urbe, preside la sala y nos distribuye por la densa iconografía de esta ciudad, sus gentes, sus fiestas, sus grandezas, sus miserias, sus vocaciones.

Arribaremos después al Ágora, nuevo espacio que gana el Museo como lugar de conferencias, encuentros y actos diversos, y que se inaugura con una primera muestra en sus paredes, también autoría de El Fisgón, sobre la historia del cartel de protesta política en la ciudad durante el último siglo y cuarto. El Ágora, sin duda, tiene la vocación de transformarse en el corazón de la crítica y el debate al interior de este verdadero centro cultural que es el Museo de la Ciudad.

Sin demora, se nos presenta el espacio El Palabrero, sala obscura con cuatro paredes albeas, donde Everardo González dirige y plasma su visión sobre el ruido infinito y los silencios añorados de este conglomerado humano tan rico en matices como rico en significados. Una pieza profunda de la que nadie saldrá indiferente, un nuevo rostro de la ciudad, una nueva forma de poetizarla de la mano del singular poeta Rojo Córdoba.

Súbitamente, nos adentraremos en el espacio donde los capitalino,s en su individualidad masiva son los protagonistas: una sala en la que Georgina Hidalgo nos retrata, literaria y periodísticamente, a cincuenta personajes de nuestras calles y de nuestras vidas, cincuenta croni-retratos, como ella los llama acertadamente, ilustrados con cincuenta fotografías de Jordi Ruiz Cirera. Se presentan, además, quince cortometrajes biográficos de quince vidas cotidianas de la mano de Rubén Rojo. En definitiva, otra cala, otra cata, otra bajada más al rostro y al retrato real y visceral de la ciudad que nos envuelve.

Finalmente, se despide Miradas a la Ciudad. Espacio de reflexión urbana ofreciéndonos asiento en tres espacios familiares: una silla de bolero de las que pueblan nuestra esquinas, una bicicleta de esas que llevan pan dulce en las tardes barriales y una silla o butaca de uno de los muchos teatros de la capital, en todas ellas, cómodamente sentados podremos adentrarnos de la mano experta de Oriol Caba, mediante videos en 360 grados y de una manera vívidamente inmersiva, en el corazón del espacio público de cinco grandes acontecimientos de masas: un partido en el Azteca, una manifestación de protesta, una peregrinación a La Villa, una madrugada en la Central de Abasto y el Día de Muertos en Mixquic. Estamos frente a un recorrido denso y polisémico, un homenaje a la Ciudad de México realizado con una libertad de creación.

Decía el trovador cubano a propósito de su musa que para entenderla la desnudaba con siete palabras, nosotros con el mismo amor que el trovador, hemos pretendido conocer y desnudar a nuestra querida ciudad con siete miradas.

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