5 julio, 2020

Mies vs. Farnsworth

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

En 1926 Anker Sverre Graven y Arthur Guy Mayger fundaron su despacho de arquitectura en Chicago, Illinois. La sociedad no duró mucho, se separaron en 1930, pero esos cuatro años bastaron para que diseñaran varios cines y teatros, no sólo en Chicago, según cuenta Andrew Schneider. Además de auditorios, también diseñaron edificios de oficinas y comerciales. En 1928 se terminó de construir uno de sus proyectos, la Torre Leland, un hotel en la ciudad de Aurora, a unos 70 kilómetros al oeste de Chicago. Con sus 22 pisos, la Torre Leland fue durante muchos años el edificio más alto en Illinois fuera de Chicago. En el último nivel estaba el Sky Club, “un espacioso salón de baile donde grandes bandas inspiradas por el jazz tocaban regularmente para audiencias exclusivamente blancas”, y donde se grabaron “algunos de los álbumes de blues más influyentes en el Chicago anterior a la guerra”. De la Torre Leland, terminada un año antes de que Mies y Reich construyeran el Pabellón alemán en Barcelona, sus arquitectos decían que era “una adaptación moderna del románico italiano”.

La referencia a Mies no es sólo para marcar el contraste entre dos edificio prácticamente contemporáneos hechos con estructura de acero y recubiertos, en distintas proporciones, de piedra y vidrio, sino porque, primero, la torre está construida en la isla Stolp, en medio del río Fox que atraviesa Aurora y que cuando se desborda inunda la casa Farsworth; y, segundo, porque desde finales de mayo hasta el 3 de julio de 1952, Mies durmió en una habitación del hotel Leland Aurora. Eso lo cuenta Alex Beam en su reciente libro Broken Glass: Mies van der Rohe, Edith Farnsworth, and the Fight Over a Modernist Masterpiece, un detallado recuento del encuentro y desencuentro entre el arquitecto y la nefróloga y la casa que tuvo por resultado.

En su libro, Beam cuenta cosas que probablemente ya muchos conocíamos. Cómo se conocieron Farnsworth y Mies en una cena; que ella le contó que buscaba un arquitecto para hacer su casa de campo y él se ofreció a hacerla personalmente; que jamás firmaron un contrato ni hablaron de honorarios; que ella pensaba que la casa tuviera el costo promedio de aquellos tiempos, entre 7 y 10 mil dólares, que cuando vio que las cuentas no salían puso 40 mil como máximo, que terminó costando más de 70 mil, sin honorarios para el arquitecto; que al principio Edith sentía algo más que admiración por Ludwig; que Ludwig casi no hablaba si no bebía; que ella pasaba en su coche por él para visitar la obra, él, elegantemente vestido, como siempre, con su traje y abrigo oscuros, bajaba del coche con la ropa llena de pelos de los caniches de la doctora; que él quería tener control del diseño de todo; que nada funcionaba bien, que la casa es helada en invierno, un horno en verano, y la calefacción no la caliente ni las ventanas la ventilan; que cuando no se meten los moscos se mete el agua; que Edith y Ludwig se dejaron de hablar tras Mies vs. Farnsworth y el Farnsworth vs. Mies con que respondió ella; que tras vender la casa ella se fue a Italia, a vivir en una casa antigua de gruesos muros de piedra y ventanas pequeñitas —o normales, según como se vea. A todo eso que en parte acaso ya sabíamos, quizá de oídas, Beam suma datos y referencias en una narrativa coherente.

Mies se quedó en el Leland Aurora para acudir a las sesiones del juicio por la demanda que interpuso contra Farnsworth —por no haberle pagado honorarios— y la contra demanda con que ella respondió —por todo lo demás. No faltó a una sola sesión. Farnsworth sólo fue cuatro veces, cuando fue requerida a declarar. Es dramática la descripción que hace Beam de los cuestionamientos que hizo Randolph Bohrer, abogado de Farnsworth al arquitecto, entonces de 66 años y acostumbrado a la fama y el reconocimiento por su trabajo desde mas de veinte años antes del juicio, enfermo —Edith lo había atendido, sin cobrar honorarios, y ese será uno de los argumentos de los abogados: el trabajo del arquitecto se trataba de un acuerdo amistoso, como las consultas médicas; por cierto, Bohrer también había sido paciente de Farnsworth)— y confundido por el interrogatorio en una lengua que no domina. Los abogados de Farnsworth alegaban engaño: Mies se había presentado como un arquitecto inusualmente hábil, eficiente y con experiencia, y el resultado, la casa en Plano, junto al río Fox, demostraba lo contrario. ¿Era una casa experimental?, preguntó Bohrer. “No diría que una casa experimental —responde Mies. Es muy difícil dar una definición de esta casa. Era una casa nueva. Una casa que no fue construida de la manera usual y una casa con nuevos problemas.” ¿No sabía cómo funciona la calefacción de una casa?, le inquiere Bohrer en otra ocasión. “Yo no resuelvo problemas mecánicos”, responde Mies, quien concebía la arquitectura como el arte de construir y que perfectamente podría distinguir entre un problema técnico —relativo a la techne— y uno mecánico —lo cual probablemente no interesaría ni a Bohrer ni a su defendida.

Y ese es uno de tantos ejemplos que, tanto durante el diseño y la construcción de la casa, como después en el juicio y al vivirla, nos ofrece Beam del desencuentro no sólo entre el arquitecto y su cliente sino, probablemente, entre lo que el arquitecto, como arquitecto, entiende por arquitectura, y lo que cualquier otra persona piensa que es la arquitectura. En una de las sesiones del juicio ofrece su testimonio Paul Schweikher, arquitecto amigo de Mies, diciendo que si bien éste no había diseñado cada elemento del baño, era responsable del pensamiento estético que implicaba la colocación de dichos elementos, a lo que Bohrer le pide “describir la belleza estética de ese baño”. Schweikher responde:

“Hay ciertas relaciones en todas las artes que tienen que ver con la disposición de los objetos. Dichas relaciones espaciales se ajustaron de manera tal que pudieran ser reconocidas como relaciones espaciales similares en otras formas de arte, produciendo una estética.”

La respuesta, dice Beam, fue calificada como soberbia por los colegas de Schweikher. El problema de la incomprensión de los distintos lenguajes usados durante el juicio no era sólo entre el arquitecto nacido en Aquisgrán y los angloparlantes, sino entre los arquitectos como practicantes de una disciplina y el resto del mundo. Cuando Bohrer interroga a Mies sobre la ausencia de planos finales —blueprints— de la casa, éste responde: “No puedo entender su pregunta. La casa está ahí. Se debió construir de acuerdo a ciertos dibujos y especificaciones”. Mies insiste: “La casa está ahí y todos saben que es una casa excelsa (top house)” y el abogado le pregunta qué la hace excelsa. El arquitecto responde:

“Creo que la casa está perfectamente construida y perfectamente ejecutada. Costaría mucho trabajo encontrar una casa similar o con una ejecución tan cuidadosa, y creo que es un diseño excelente, también.”

Mies concluye esa declaración afirmando: “Creo que la casa habla por sí misma”.

En su Tratado de la lengua vulgar, Dante dice que, tras la confusión de las lenguas que evita se culmine la construcción de la Torre de Babel, “cada lengua quedó para los que se dedicaban a una misma tarea: por ejemplo, una lengua para los arquitectos, una para los que transportaban piedras, una para todos los que se dedicaban a tallarlas y así pasó con cada grupo de trabajadores”. Babel no se concluyó porque ningún oficio se entendía con otro y los arquitectos, con su propia lengua, nada pudieron hacer. Por eso, cuando Bohrer le pregunta a Mies qué es lo que hace interesante a la casa de la doctora Farnsworth, aquél responde que es “algo que es importante en el sentido arquitectónico”, como si sólo entre arquitectos pudieran entenderlo.

El libro de Beam logra articular de manera narrativa referencias documentales —principalmente a las memorias inéditas de Edith Farnsworth y las actas del juicio, pero también antiguas entrevistas a muchos de los involucrados—, y al final nos deja con la duda, en especial a quienes asumen la disciplina, del sentido de seguir con absoluta fidelidad la idea de una arquitectura que disculpa las goteras, el frío y el calor excesivos, el peculiar sentido de lo que es entender el sitio, los sobre costos, la poca comodidad y el desinterés casi total por los gustos, requerimientos y deseos del habitante —que siempre sabrá menos lo que necesita que el arquitecto—, pero que habla por sí sola, aunque a veces parece, también, que habla para sí sola.

Por cierto, Beam cuenta que una noche, mientras Mies tomaba un baño en su habitación del Leland Aurora, el plafón se le vino encima. No demandó al hotel.

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