20 marzo, 2020

Microbios, máquinas, ciudades. Conversación con Donna Haraway

por Christian Mendoza

Donna Haraway (1944) comenzó su carrera profesional en biología con una especialización en zoología. Si bien su práctica comenzó a dirigirse hacia la escritura, no dejó por ello a la ciencia como una de sus preocupaciones fundamentales, y su producción textual es, en sí misma, un paradigma del conocimiento. Categorías como el cyborg  o el conocimiento situado forman parte de una reflexión filosófica que imprimió sobre el quehacer científico —campo que se dice purificado de cualquier prejuicio cultural— una mirada feminista y creativa. En textos breves como el Manifiesto cyborg (1985) o el Manifiesto de las especies de compañía (2003), así como en libros como Simios, cyborgs y mujeres (1991), Haraway ha hecho aportaciones decisivas que han sido retomadas por los estudios sobre la tecnología, el feminismo y el posthumanismo.

Uno de los principales ejes de su pensamiento es el cuestionamiento a la idea de naturaleza como algo dado y que es exógeno a lo construido culturalmente por los seres humanos. Para Haraway, la naturaleza es vista como una herramienta del ejercicio —lo que la vuelve una producción artificial— para legitimar discursivamente esa segmentación entre lo natural y lo cultural. Estas dicotomías, más que establecer parámetros biológicos, definen quiénes merecen ser considerados como sujetos de la historia y quiénes no. Otra de sus imágenes más sugestivas, proveniente de su seminal Manifiesto cyborg, es el cuerpo “parte organismo y parte máquina”. En la historia de la humanidad, ¿quiénes acceden a una visibilidad autorizada por la ciencia? ¿Cuál es el sitio, por ejemplo, de las mujeres racializadas o de las mujeres trans? ¿Por qué sus identidades implican una diferencia con aquello que ha sido clasificado como “natural”? Estas preguntas permitieron y permiten pensar algunos de los problemas de la ciencia y la tecnología como problemas políticos.

La filósofa y bióloga estuvo en México en el marco de Index Art Book Fair, celebrado en la galería kurimanzutto, para hablar de su más reciente libro, titulado Staying with the Trouble: Making Kin in the Chuthulucene (2016), en el que se aproxima a la crisis climática, hecho que es conocido por la comunidad científica desde los años en que Haraway inició sus reflexiones sobre la tecnología. En Staying with the Trouble, Haraway vuelve sobre sus nociones de lo no-humano. Habitamos la tierra no sólo con otras personas, sino también con microbios, agua, insectos y máquinas, como son las ciudades. Haraway vuelve a negar las diferencias entre naturaleza y cultura, y pronuncia consignas como la de la no-reproducción y la de ser “responsables”. En inglés, el concepto de responsabilidad se lee como “response-able”, un neologismo que se compone de “respuesta” y “disponibilidad”; es decir, estar dispuesto a responder. Haraway señala que no hay posibilidad de una restauración climática total. La solución es quedarnos con el problema, entender todas sus aristas: estar dispuestos a enfrentar la realidad de un planeta que está muriendo. Es necesario establecer, bajo un contexto de crisis climática, nuevas relaciones con lo que llamamos naturaleza. Haraway propone vías de reflexión sobre cómo podemos quedarnos con el problema.

 

Me gustaría comenzar con Staying with the Trouble y con una idea que usted parece recuperar del clásico Manifiesto cyborg sobre las subjetividades subterráneas —chtonic beings, en inglés. Si en el Manifiesto cyborg habló sobre una posibilidad de habitar un presente tecnológico, lo que propone en Staying with Trouble, ¿es otra ficción sobre el cuerpo bajo un nuevo régimen de capitalismo y tecnología?

Escribí el Manifiesto cyborg a inicios de los ochenta. La figura del cyborg surgió por la explosión de los sistemas y aparatos científicos y digitales de ese periodo, que produjeron una globalización mediada por el campo de batalla electrónico. Estaba en marcha una informática de la dominación. Fue cuando pronuncié un “sí, pero…” El vivir juntos, con los otros seres de la tierra —máquinas, plantas, animales y seres humanos— es por un propósito de sobrevivencia y florecimiento, y los cyborgs son el cuerpo de esa sobrevivencia. Por eso, planteé al cyborg como una figura feminista, aspiracional pero también cierta. El cyborg como un cuerpo que también busca sobrevivir fue una figura a la que quise habitar y explorar; una figura sobre la que quise escribir y sobre la que decidí actuar después de su creación. Fue una ficción, pero también una realidad. Una ficción especulativa, pero también un hecho científico. Un cuerpo real pero fabulado. De manera similar, en esta segunda década del 2000, en este tiempo al que llamamos presente o antropoceno —de hecho, capitoloceno me parece una definición más precisa—, un tiempo en el que estamos reflexionando sobre el rol de las plantaciones y la agricultura en la invención del capitalismo —el plantoceno, un término problemático que borra el trabajo y el pensamiento de, por ejemplo, los académicos afroamericanos que han observado actividades agricultoras—, me llevaron a decir en Staying with the Trouble que sí, habitamos estas distintas percepciones de la temporalidad, todas estas feroces, materialistas y muy reales prácticas de extracción y de extinción, pero también continuamos habitando el tiempo de lo que llamo el chuthuluceno: el tiempo de los seres terrenales y subterráneos, de los objetos y ontologías de la tierra, como la gente y las plantas y los animales y los microbios y las rocas y el agua y las montañas, que se entretejen y forman estas vidas que merecen un futuro, porque son vidas que existen. En Staying with the Trouble básicamente digo: “no soy una futurista, no soy una optimista o una pesimista, pero yo y nosotros vivimos en un presente que es amplio y duradero; nuestra misión es hacer este presente un lugar para el florecimiento y para un saneamiento parcial, porque no habrá una restauración total, no habrá un retorno al status quo.”

 

Una de las consignas más provocadoras de Staying with the Trouble es la de Make kin, not babies, que podríamos traducir como “Crea parentescos, no bebés” o “Crea familias, no bebés”. También, habla sobre la posibilidad de tener contactos con criaturas, cuerpos que no son masculinos y tampoco son del todo humanos…

Make kin, not babies. Parece el eslogan del cyborg para la superviviencia terrenal. Es deliberadamente provocativo. Es una forma de crear problemas. Cuando nací, en 1944, había cerca de dos billones de seres humanos en el planeta, tal vez un poco más. Ya que soy una mujer blanca y pudiente de Estados Unidos, y si alcanzo la “fecha de entrega” de mi seguro de vida y muero a mis 85 años, habrá, fácilmente, ocho billones de personas viviendo en este planeta. La vida de una mujer blanca y pudiente en números demográficos. Pero de una manera extraordinariamente injusta, la descendencia de los ricos dejará a la tierra casi seca, y la descendencia y las aspiraciones familiares de los pobres, de hecho, los empobrecen todavía más. Terminan siendo el problema según la perspectiva del racismo, el imperalismo, el colonialismo que todavía sigue y la misoginia que está involucrada en las ideas sobre los índices poblacionales. La izquierda, y sobre todo la izquierda feminista, correctamente identificó toda la opresión del pensamiento poblacional, y su negación a aceptar que son las prácticas socioecológicas de los ricos las que hacen más dañó a esta tierra, las que realmente afectan a todos. Hemos hecho la crítica, pero permanece un miedo a ser racista y a repetir los mismos errores que estamos criticando. Y nos da más miedo ser acusados de racistas. El feminismo que busca la justicia reproductiva, sus activistas y pensadoras, se rehúsan a hablar del tema. Hablamos de derechos y libertades reproductivas, de no sufrir coerción en lo que respecta a si queremos tener bebés o no —lo siento, ninguna clase de coerción puede estar bien—, pero nos aterra hablar sobre índices poblacionales y sobre lo que significan para las criaturas de la tierra, incluyendo la gente. Mis amigas y yo alguna vez concluimos que siendo mujeres blancas con ciertos privilegios éramos las indicadas para usar la poca credibilidad que tenemos para lidiar con la cuestión de los índices poblacionales. La vía que encontramos para enfrentarlo es la de la justicia reproductiva, pero también la ambiental. Una justicia ambiental y reproductiva. La tierra no está hecha exclusivamente para los humanos. Para oponerse a las soluciones tecnocráticas, debemos dejar muy en claro la inevitabilidad del racismo al momento de abordar la demografía —y no hay forma de que puedas escapar a tu propio racismo; las estructuras no funcionan de esa manera—; dejamos que los llamados profesionales, o peor, que la extrema derecha, piense en cuáles son las alternativas.

Todos son problemas no sólo terrenales, sino que también conciernen a la tierra como planeta y a nosotros. Porque existen, debemos encontrar maneras de estar para y con nosotros mismos, de oponernos a ciertas formas de vida y favorecer otras, y estar con y para los humanos y los no-humanos incluyendo, como ya dije, los microbios, el agua y las plantas, pero también un tipo de máquinas que merezcan cuidado, porque hay tecnología a la que debemos cuidar afectivamente, en lugar de vivir en contra de ella. Cuidar a las tecnologías que son instrumentales en la justicia ambiental multiespecie. Las respuestas las están teniendo personas que están trabajando creativamente por dentro y fuera de las instituciones, y la posibilidad de estrechar alianzas con ellos es muy real. 

 

Quiero retomar algo de lo que apuntaste en Simios, cyborgs y mujeres sobre las condiciones de la producción del conocimiento científico. En ese libro, mencionaste que casi siempre la ciencia continúa afirmando las diferencias entre naturaleza y cultura. ¿Crees que esta dicotomía persiste en el ascenso de los nuevos autoritarismos políticos?

Nuestras instituciones están bajo ataques terroríficos, como la prensa, por ejemplo. Los asesinatos a reporteros en los Estados Unidos, o la deslegitimación de la autoridad, puesta en marcha por la propaganda de las noticias falsas y por el emporio mediático de Ruper Murdoch y de Fox News. El desarrollo de máquinas de propaganda desarticula la posibilidad de saber qué está pasando. Ese ataque que está atravesando la prensa es muy importante. Otra institución que está sufriendo, al menos en Estados Unidos, es la que genera bases de datos públicas sobre cuestiones ambientales. Las bases de datos de agencias protectoras del ambiente han sido removidas, por lo que no tenemos ninguna referencia sobre el cambio climático. ¿Puedes imaginarlo? Nadie podía esperarse que todo se pusiera así de mal. La universidad pública es otro ejemplo. Trabajo en la Universidad de California. Tenemos estudiantes que son indigentes o que viven en sus coches. Tenemos estudiantes que terminan sus grados asumiendo una deuda que no podrán pagar en toda una vida. Tenemos catedráticos y profesores adjuntos que no pueden pagar renta en las ciudades en las que enseñan. La privatización del sistema público de las universidades le quitaron poderes a los sindicatos, lo que se ha vuelto un problema de extrema urgencia. En mi universidad hay una huelga de profesores adjuntos que piden un aumento para manejar costos de vida cada vez más altos. Lo que pide la justicia ambiental es necesario, y hace que todos recuerden que el problema no es sólo la biodiversidad sino la justicia, y la justicia implica, como término católico, preferencia por los pobres. Si pensamos en la Teología de la Liberación, muy en boga en la década de los sesenta, cuando me convertí en una adulta católica, el eslogan era “preferencia por los pobres”. Es un eslogan contaminado, ciertamente, pero pide que pongamos una atención primordial a los que están más en riesgo y más oprimidos y, con mayor frecuencia, más activos. Muchas de las herramientas más propositivas concernientes a la organización de la vida provienen de sectores indígenas, campesinos y obreros. Ahí se forman alianzas que son antirracistas y antimisóginas. Estos movimientos no han muerto. Están más vivos que nunca. Y no son sujetos de desesperación por todo lo que está pasando. Me rehúso a hablar de naturaleza y cultura como categorías separadas. Insisto en hablar del entrelazamiento del vivir y morir con nosotros, y de que no todos nosotros somos humanos. Y también en que vivir y morir con nosotros no sólo implica justicia, sino también cuidados. Pensándolo bien, la justicia no es suficiente. Porque puede ser demasiado severa. Es necesario tener un corazón cuando hablamos sobre la crisis climática y la justicia ambiental. Y eso implica oponerse a las supuestas separaciones entre naturaleza y cultura.

 

Nuestro presente es un momento en el que resurge la democracia, y también uno del empoderamiento de la extrema derecha. En estos límites políticos, ¿quién debe manejar o quién maneja la producción del conocimiento científico y del conocimiento sobre la crisis climática?

¡Nosotros! (risas). En realidad no hay respuesta para eso. Tenemos aliados que están trabajando en la administración nacional, en la aeronáutica, en la geofísica. Aliados que vienen de organizaciones científicas y tecnológicas, así como de activismos comunitarios. La producción del conocimiento ocurre en muchos lugares. La cuestión es poner esos lugares juntos para establecer alianzas. Tenemos enemigos reales, pero la mayoría de la gente no son nuestros enemigos. Y todos nosotros estamos posicionados de alguna manera en las instituciones. Es importante decirlo, y desde un tono ligeramente aspiracional, que nosotros produciremos el conocimiento. Nosotros haremos mundos imperecederos. Y nosotros es un pronombre siempre en construcción. Es una identidad que no puede ser cooptada. ¿Cómo respondemos a nuestros enemigos? Desde todas las formas posibles. Pero la respuesta no es la misma en todos los lugares: es una respuesta muy situada y muy específica. Creo que necesitamos más acciones no-violentas y multitudinarias. Es algo muy difícil de lograr, aunque la urgencia de las acciones no-violentas es crítica. Para pacificar Estados Unidos, sí son necesarias las leyes, pero también desde las calles se puede trabajar para derrocar a este régimen por el que deberíamos estar avergonzados. Creo que las habilidades y talentos pueden unirse. Nos quedamos con el problema, y rendirnos no es opción. Puede parecer que los fascistas de extrema derecha están ganando terreno y que las fuerzas de la guerra están despertando, pero pueden caer mañana. O tal vez no mañana, pero creo que sí sobreestimamos su fuerza. 

 

En Staying with the Trouble también habló de los espacios que habitamos. ¿Cómo estos espacios pueden permitirnos relacionarnos? ¿Cómo piensas que las ciudades pueden ayudar u obstaculizar esas relaciones?

Tienen que ayudar y no es opcional. Las ciudades de la tierra son inmensas y siguen creciendo. Son un hábitat para los humanos y no-humanos. Debemos hacer las ciudades lugares para el florecimiento y la justicia ambiental. Creo que la justicia ambiental en las ciudades es tangencial. El agua, la agricultura urbana, la arquitectura, la apertura de espacios públicos las vuelven cruciales para pensar en el futuro.

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