21 julio, 2021

Mi Corbu: La Torre de sombra y la Suprema Corte de Justicia (III)

por Jose Maria Wilford Nava Townsend

 

 

Para esta tercera entrega, partimos del pórtico acentuado por el espejo de agua que remata el eje entre la Asamblea y la Suprema Corte de Justicia, directamente hacia el lado opuesto, para ver el espacio destinado a hacer valer la ley. La gran explanada, imaginada para captar grandes contingentes en manifestación democrática, no es un paralelepípedo regular: se ensancha o se angosta a lo largo del eje, sin dejar, eso sí, de manifestarse en su dureza institucional. Por muy razonado que sea el asunto, la realidad es que caminar por el espacio a pleno rayo de sol, sea uno del Punjab y esté aclimatado o no, implica una disciplina casi de peregrinaje, ya que una vez terminada de absorber la energía calórica producida por el sol extremoso a 30 grados latitud norte de la capital regional, la plancha de concreto que forma el piso, comienza a radiarlo de regreso a la atmósfera, intensificando el efecto de calor. El propio Charles Edouard debió haber sentido en algún momento ese impacto, y probablemente (pudo ser antes desde luego) en alguna de sus visitas para analizar el sitio, decidió colocar un pequeño remanso no para las grandes manifestaciones sociales, sino para aquellos funcionarios que harían cotidianamente el recorrido, dada su labor, entre ambos edificios. A este pequeño remanso, lo denominó “La torre de sombras”. Inserta como ya comenté entre La Asamblea y La Suprema Corte de Justicia, esta edificación parece pequeña a la escala de la gran explanada, pero no lo es tanto. Una serie de celosías de concreto conforman un espacio donde la luz, dependiendo del día del año y la hora, se cuela hacia un recinto cuya función es simplemente de pausa. La Torre de sombras recibe los rayos del sol, los filtra, los rebota, los retiene o proyecta su opuesto, la sombra, hacia diversas direcciones, es un respiro poético entre quienes diseñan las leyes, y quienes las hacen cumplir. 

Siguiendo la ruta hacia el sureste, por el eje, tras el breve descanso en la Torre de Sombras, cierra el conjunto el edificio pórtico de la Suprema Corte. Su lectura a lo lejos es esa: Un inmenso pórtico interrumpido por más juegos de celosías que se detienen un momento para formar un gran umbral.

Al acercarnos, ese juego es una ingeniosa trampa del arquitecto para esconder los niveles de las cortes y sus oficinas, y poder dialogar con la escala de la explanada. El umbral señala claramente su acceso, donde se interrumpe la piel de celosías y quedan los enormes pilares de toda la altura, como propileos de un templo agnóstico y racionalizado. Pero en este caso, el espejo de agua, hermano del que se percibe en las fotos de La Asamblea, ha dejado su lugar a un estacionamiento donde los taxis y autos de magistrados están en constante movimiento, paradójica broma de la historia, que termina utilizando la máquina favorita de nuestro personaje arquitectónico, para derrotar la idea de climatización de un gran espacio público por medio del agua. 

Al fondo del umbral y perpendicular a las columnas acarteladas que forman la estructura del edificio, aparece un sistema de rampas que establecen el juego de planos inclinados permitiendo un acceso universal que asciende a los diferentes niveles, y hay que reconocerle al suizo que, si bien tuvo sus malas históricas, también tiene momentos preclaros como éste: la rampa parece magistralmente esculpida en un divertido recorrido zigzagueante. 

Fiel a sus 5 puntos de la arquitectura, la azotea vuelve a ser un evento habitable, no solamente una cubierta. Entre el techo del edificio pórtico y los niveles de oficinas, una superficie alabeada se convierte en la sombra que genera una azotea para el descanso y que nuevamente, evita que el sol candente pegue directamente en la losa del techo y que ésta transmita ese calor al espacio interior de las oficinas superiores, así la superficie cumple al menos con dos funciones: La de palio y la de parasol. Los Himalaya se adivinan hacia el nororiente, en la dirección a la que apunta el edificio, quizás en un día claro y con menos bruma del que nos tocó a nosotros, se enmarque su majestuosidad desde este pequeño, a escala comparativa con la cordillera, remanso contemplativo.

De los interiores obviamente, no hubo posibilidad de generar registro fotográfico, aunque las plantas están ampliamente documentadas y son fácilmente analizables a través del dibujo. Directas, sencillas y sin recovecos: circulaciones centralizadas, oficinas de un lado y las cortes del otro. La poética está en los manejos de luz y sombra, la practicidad en la geometría del recorrido.

Como colofón, al filo entre la explanada y el otrora espejo de agua de la Suprema Corte, parte un camino como apéndice, hacia el noreste del conjunto, que nos lleva a un foro abierto donde, verticalmente, remana la escultura de la famosa mano abierta, símbolo sintetizado por Le Corbusier, de lo que el primer ministro Neru pretendía: La unión entre la mentalidad occidental y la oriental, visión romántica pero ingenua pues al final, la realidad es que por lo pronto, y a 70 años de proyectada, esa visión no ha resultado más que en la imposición de un solo sistema de pensamiento sobre todos los demás, pero el mundo sigue girando y la vida evolucionando, veremos qué pasa después. Como dato curioso, la mano es una enorme veleta que señala hacia donde sopla el viento ¿nos podrá señalar el camino a seguir en un futuro donde los vientos de una justicia integral soplen en todas las direcciones?

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