5 mayo, 2021

México, modernidad y obsolescencia planeada

por Jose Maria Wilford Nava Townsend

Navegaba hace un par de meses por la red, en esa búsqueda inacabable por seguir aprendiendo. En este caso, mi curiosidad era acicateada por un conjunto arquitectónico que, habiéndolo tenido toda mi vida consciente en gran estima, desapareció como por arte de magia durante el 2018. He de reconocer que hay un aliciente sentimental, ya que mi padre cada vez que pasábamos cerca de él, nos narraba con orgullo su participación como colaborador —que no como autor— del edificio ya haciendo equipo con su amigo Pancho Serrano.

El conjunto, constaba de dos edificios, obra de la asociación entre Francisco J. Serrano, Luis MacGregor Krieger y Fernando Pineda, terna que en la década de los 50 del siglo pasado ya había participado haciendo equipo para el edificio de la Escuela de Ingeniería e Instituto de Biología en Ciudad Universitaria. La construcción aquí narrada me parecía en lo personal un bello ejemplo de la arquitectura racionalista a lo Gordon Bunshaft, con sus matices locales relativos a la latitud cultural y al contexto citadino de la capital mexicana.

Se encontraba casi en la esquina de Rio Mississippi y Reforma, en la Ciudad de México. Recién estrenado, y celebrando que su imagen se ajustaba adecuadamente a las aspiraciones que tenía la Regencia —en aquel entonces, no había gobernador— de nuestra capital por proyectar la pantalla de un México Moderno ante la inminente celebración de los Juegos Olímpicos de 1968, el Comité organizador de dicho evento adquirió el conjunto sin dudarlo un momento. Así, se convirtió en una de las múltiples estampas que nuestra ciudad proyectó al mundo en aquella época. Su posición casi en esquina, y la ausencia de edificación en el lote colindante, hicieron que su perfil se dibujara dominando la encrucijada entre las avenidas mencionadas durante varios años.

Narraba mi padre que, ante la importancia del evento y la resonancia del conjunto, una de las perspectivas que él había dibujado, como parte de su colaboración en el mismo, había sido publicada en una revista donde el autor del artículo comparaba el dibujo con una foto de su autoría, tomada más o menos desde el mismo punto, para hablar de la honestidad entre la modelización y la ejecución arquitectónica.

Durante muchos años quedó como anécdota, pues la perspectiva original habría quedado en manos del primer propietario del inmueble, y de la revista, ni el nombre ni el autor se recordaba. Más tarde, en un gesto de cariño para con su amigo de toda la vida, Pancho Serrano le envió a mi padre, junto con un montón de originales, un folleto de aquel edificio y, finalmente, pudimos conocer una versión coloreada de la legendaria perspectiva, impresa en el documento publicitario.

Se imaginarán aquellos lectores que no se hayan aburrido aún con el relato, mi sorpresa al encontrar en Pinterest, una reproducción digital del dibujo narrado, en su original blanco y negro (misma que comparto junto con la colorada del folleto y otras más) No venía con datos, ni ficha de registro, simplemente estaba ahí, entre otras muchas.

Así que, tras pensarlo bien, decidí compartir esa, las del folleto, y algunas fotos previas a la demolición del edificio, para hablar un poco de su arquitectura.

Como platicaba al inicio del escrito, en lo personal encuentro inevitablemente el espíritu del Bunshaft joven —proyectista en jefe durante los años 50 de Skidmore, Owens & Merrill y uno de los primeros Pritzker de arquitectura— aquel que plasmara en el bello prisma montado en un basamento elevado sobre pilotís, en el Lever House Building de Nueva York. 

El Maestro Serrano y sus asociados, propusieron también un prisma bien modulado, como el de Bunshaft, que se remetía del paño de la cinta de Reforma, para dejar un umbral pergolado formando un acceso monumental, pero que tomaba escala adecuada al estar acompañado de un auditorio cuyo volumen ciego se forraba con láminas de cobre. Tras el gesto que, aun siendo monumental, matizaba la dimensión peatonal del acceso hacia Reforma, se desarrollaba el prisma de oficinas, modulado en pies y pulgadas, para ajustar al sistema con que se producían los paneles de cristal y la cancelería de aluminio que formaban la piel. La estructura esqueletal de concreto armado, liberaba al edificio en una planta baja que se abría al peatón como un gran pasaje, formado un basamento comercial que conectaba con el segundo volumen. Éste, otro prisma destinado a departamentos, más esbelto en proporción, pero más bajo de altura, se elevaba en un ritmo de bandas opacas y transparentes, para tomar la escala de una calle secundaria, como la de Río Atoyac, por la cual tenía su acceso particular. Las bandas opacas, forradas de mármol travertino, escondían el sistema de ventilación natural para los departamentos y aportaban en su voladizo la posibilidad de jardinería incluida.

Tras la culminación de los Juegos, el edificio se puso en venta y fue adquirido por la Empresa Aeronáutica que todos conocemos como Aeroméxico, y se hicieron ajustes inevitables, como la película de tono verdoso con que se forraron los cristales de la torre de oficinas, o la sustitución de las láminas de cobre por elementos de color azul, más identificable con los tonos de la empresa. Pero la realidad es que esos detalles no envilecieron en absoluto la calidad del proyecto.

Eventualmente perdió su papel como protagonista de la esquina norponiente de Reforma y Mississippi, al aparecer la construcción de la torre que alberga al Hotel Regis, ante el nuevo boom inmobiliario que sufrió Reforma al ser parte del polo de desarrollo poniente de la ciudad, generando el eje Centro-Santa Fe. Y un día, en el pasado reciente, Aeroméxico, queriendo aprovechar mejor el revaluado costo de suelo de su terreno, anunció la demolición de sus oficinas para albergar la nueva torre corporativa, de la cual aún no asoman ni sus luces y, tras la situación actual, vaya usted a saber para cuándo.

Así, la ciudad ha perdido un buen conjunto de edificios, con el riesgo de que pasen varios años antes de que otro rellene el hueco. Ya veremos.

La economía de escala, capital y global, convierte a todo lo que produce en un juego de obsolescencia planeada. Es decir, para que ésta pueda funcionar, es obligatorio que los productos tengan una característica objetiva, un tiempo de vida limitado, y eventualmente, sean desechados para que la industria pueda seguir ofreciendo nuevos productos “más actualizados” que, desde su gestación, se saben destinados a terminar como deshecho. A veces, la historia le juega una contra el sistema y, como sucedió con el Lever House en su momento, cuando estuvo a punto de ser demolida para dar paso a una edificación de mayor metraje y altura, un grupo de aguerridos protectores de la memoria salta para defender el inmueble y protegerlo. Gracias a ello, podemos seguir disfrutando y analizando el emblemático edificio de Bunshaft. No corrió con la misma suerte la protagonista de este relato, y su memoria irá perdiéndose en el tiempo “como las lágrimas en la lluvia” diría Roy Batty en Blade Runner. Nada es para siempre.

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