25 junio, 2021

Metztitlán: El convento y la vega

por Jose Maria Wilford Nava Townsend

 

 

Los cerros ondulan, incrustándose unos entre otros, reflejando los pliegues inacabables que millones de años de transformaciones geológicas han provocado sobre el territorio, como si se tratara de la superficie de un papel arrugado. Al fondo, donde las faldas de la orografía tocan con la superficie de la planicie, resalta el contraste. La aridez resquebrajante del paisaje se torna de súbito en verdes campos cultivados. La erosión con la que el tiempo desgastó la superficie montañosa hasta convertirla en un paraje yermo, es la misma culpable de haber depositado toda la riqueza de los minerales que nutren la vida de las plantas, junto con la humedad del río venados: es la vega de Meztitlán.

Justo donde la geografía de la vega ondula, cambiando su rumbo que corre de sur este a noroeste para abrirse y ensancharse hacia el poniente, hasta la laguna, en una meseta que domina el paisaje se recorta la geometría del convento agustino de los Santos Reyes.

Hay que llegar por entre las calles del pueblo, que van reptando hacia arriba buscando la pendiente menos empinada, y entonces una rampa contenida por un muro almenado asciende hasta el gran atrio. Al penetrarlo, la prismática fachada del templo, con una bella y muy finamente tallada portada plateresca, recibe rematada por una espadaña la escala del paisaje que le apunta. Y a los lados de la masa que forma su nave, se desarrolla a la izquierda el conjunto de arcos que organizan el espacio de la capilla abierta, a la derecha, el monumental convento.

El agustino Fray Juan de Sevilla es quien inaugura la primera fundación en 1537, pero el conjunto actual no viene a culminarse hasta 1569, ya bajo la advocación de “Los Santos Reyes”. Su peculiar orientación, atípica ya que la nave del templo corre de sur a norte, desde la portada hasta el ábside, en lugar del tradicional oriente-poniente que domina en la mayoría de las construcciones católicas del Virreinato de la Nueva España, probablemente se deba a que la topografía del cerro y la perspectiva absorbente del paisaje convencieron a sus constructores de que, a veces, es válido romper la regla para hacer honor a la obra de dios. Así, al salir del templo, desde el atrio, la vista se fuga por la vega, entre los cerros y el cielo.

El conjunto de la capilla abierta está acotado por una arquería que subdivide el enorme atrio, generando uno más pequeño y adecuado a la escala del espacio cuya sencillez geométrica consta de un arco rebajado y una pequeña bóveda de cañón, armando un nicho decorado con esgrafitos que el tiempo ha ido borrando. Hacia el poniente, un muro forma la barda del huerto y éste, remata con otra pequeña capilla de época posterior. Hacia el oriente, otro nicho muy similar a la capilla abierta, pero de dimensiones ligeramente más pequeñas, forma una secuela reiterativa en escuadra con tres elementos más, que componen una especie de serliana, recargada sobre el muro del templo principal haciendo una transición de escala que invita a quedarse a dibujar y analizar.

Por otra parte, el convento se compone con un volumen remetido algunos metros del paño de la fachada del templo principal, abriendo la planta baja con la arquería del portal de peregrinos para desarrollar posteriormente una volumetría casi ciega. Todo se vierte a los claustros interiores.

Los deambulatorios del claustro principal, como suele suceder, manejan dos escalas: una publica de gran altura en el claustro bajo, y otra de escala más privada en el claustro alto, pero lo más peculiar, es la disposición de los vanos en las cuatro fachadas de este espacio: Cuatro grandes arcos de medio punto, arman el pórtico de planta baja, mientras que seis arcos mucho más pequeños y masivos, acotan el primer nivel. Nuevamente se juega a partir de la geometría, con el simbolismo, la numerología y la escala.

Los pasillos de los deambulatorios bajos y altos están consolidados por bóvedas de cañón corrido, donde aún sobreviven los esgrafitos originales, mientras que las esquinas se rematan con bóvedas de nervadura. En el claustro alto cada deambulatorio remana en estas peculiares ventanas cuya forma incluye el asiento que permitiría al fraile la contemplación o la lectura, dependiendo de la hora del día. Cada una de las ventanas, es un marco al paisaje.

Constantemente amenazado por una falla geológica, el convento de los Santos Reyes en Metztitlán, contempla en su categoría de patrimonio construido el sobrecogedor paisaje, también patrimonial, de la vega.

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