18 septiembre, 2019

Metro: 50 años

por Brenda Soto

El 4 de septiembre de 1969 se inauguró el sistema de movilidad más importante de la Ciudad de México. Tras más de una década desde los primeros proyectos y dos años de construcción, el Metro se presentaba como la solución ante la carencia de transporte público de una ciudad cuya población crecía en cantidades exorbitantes —entonces ya superaba los cinco millones de habitantes. Con motivo de los primeros 50 años del Metro, el Museo Nacional de Arquitectura exhibe una muestra documental, la cual traza una línea temporal que va desde su fundación hasta nuestros días, sus condiciones y transformaciones, en su indisociable relación con la vida urbana de la capital. 

En 1969, la Ciudad de México no se reconocía en absoluto como lo que había sido tres décadas atrás: no era ya una ciudad centralizada, ni horizontal, ni la ciudad del agua. Los centros se fundían con las periferias y se expandían rápidamente; los primeros rascacielos y grandes edificios multifamiliares delimitaban el horizonte y los ríos que corrían al aire libre habían comenzado a entubarse desde los años 40 como una medida de salubridad, sepultados bajo asfalto para convertirse en nuevas vialidades. La ciudad crecía motivada por fuertes expectativas de progreso, las cuales se materializaban en concreto, vidrio y asfalto. Todo era modernidad y desarrollo a la vista.  

En este contexto, el Metro fue la obra cumbre de toda una época. En la exposición, las fotografías de distintas zonas muestran una ciudad irreconocible, con el subsuelo a cielo abierto, en la construcción del sistema de transporte que sería la mayor obra pública de la ciudad hasta ese momento y un parteaguas en su historia. Tras los multifamiliares de Mario Pani, los grandes edificios de Pedro Ramírez Vázquez, las nuevas vialidades como el Periférico, los fraccionamientos como Ciudad Satélite y después de que México fuera sede de los Juegos Olímpicos en 1968, el Metro era la ratificación de que el país se encontraba en la vía correcta, que verdaderamente era el México “en pujante desarrollo” que la revista LIFE mencionara en uno de sus números años atrás. Con sólo tres líneas que atravesaban el centro de la ciudad —en su primera etapa—, el Metro se inauguró en un solemne evento en la estación Insurgentes. Diversas fotografías dan muestra de su impacto: un evento con gran afluencia en la glorieta de Insurgentes, profesoras enseñando a un grupo escolar cómo funciona el nuevo sistema de transporte, pasajeros esperando abordar para el primer viaje. 

La exposición también muestra la importancia de la colaboración de distintas disciplinas en el proyecto. Desde el reto que representó para la ingeniería y la construcción —a cargo de ICA—, ya que el entorno debía ser modificado lo mínimo posible, considerando también la condición del subsuelo altamente compresible y la consiguiente baja resistencia a los sismos. Por otro lado, la arquitectura en cada una de las estaciones, la cual fue desarrollada bajo condiciones e identidades propias, aunque conservando la idea de conjunto al reflejar en cada uno de los edificios las premisas de diseño y sistemas constructivos que guiaban la práctica de la época; como la reinterpretación del pasado prehispánico y su integración con la arquitectura moderna en la estación Insurgentes, o Félix Candela y los paraboloides hiperbólicos de las estaciones Candelaria y San Lázaro. Asímismo, la identidad gráfica fue diseñada por Lance Wyman —quien colaboró también con el diseño gráfico de los Juegos Olímpicos un año atrás— construyendo un referente visual, no sólo del Metro sino de la ciudad. 

Finalmente, la muestra cierra con una condición excepcional en la construcción del Metro: el hallazgo de vestigios que desenterraron, física y simbólicamente, el pasado de su territorio. Entre los hallazgos destacan restos óseos de animales prehistóricos, así como restos humanos, instrumentales y edilicios del pasado prehispánico y colonial dejado varios siglos atrás, que han servido como evidencias para reconstruir la historia de la ciudad. 

Si bien, por todo lo que el Metro significa para nuestra vida urbana, esta exposición podría ser una muestra mucho más exhaustiva, sí representa un esfuerzo por fomentar el acercamiento y reapropiación del mismo. El Metro es y será el sistema de transporte público de la Ciudad de México por excelencia; un paliativo a la distancia para quienes habitan las periferias y una alternativa para quienes habitan el centro; uno de nuestros mayores símbolos de la democratización de la vida urbana y un incentivo del intercambio cultural. Un sistema que, además de las millones de personas que transporta día a día, escribe discretamente una versión propia de la historia de la ciudad, al ritmo que crece con ella. 

“Metro 50 años” estará abierta hasta el 10 de noviembre en el Museo Nacional de Arquitectura en el tercer nivel del Palacio de Bellas Artes. Se acompaña de una exposición fotográfica en las rejas de Chapultepec. 

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