19 agosto, 2021

Melipona, un enjambre en forma y función

por Jose Maria Wilford Nava Townsend

 

Víctor es el maestro. Nosotros, que ostentamos un título que avala nuestra maestría, somos solo aprendices, pues de esto, no sabemos nada. Aunque si nos ponemos socráticos, el saber conlleva el inevitable reconocimiento de que, en realidad, no se sabe. Así y en este laberinto sobre el término, quien más presume de conocedor, suele ser el más ignorante.

Retomo: Víctor es el maestro, el aula, es una bóveda donde una infinitud de tonos esmeralda, grises, cafés y ocres, producto de la rica biodiversidad del bosque de galería veracruzano, contiene un calor húmedo que se combina con el sonido del río para dar un ambiente propicio al aprendizaje.

Mis compañeros de clase, son Raúl de Villafranca y Juan Casillas, y es gracias a Raúl que estamos tomando el brevísimo curso. Tocaba por casualidad en nuestro trabajo de campo para preparar el curso de Verano 2021, que el Maestro Víctor tenía que subdividir las colmenas del nuevo proyecto de producción de miel melipona que ha emprendido el buen Raúl.

Empieza la clase y Víctor nos habla de este peculiar insecto, no como un objeto del reino animal digno de un estudio biológico, sino como un sujeto que cohabita con él en el territorio. La abeja melipona es varias veces más pequeña que la abeja común o europea, a vista de un ojo urbanita, podría pasar más como una mosca que como una abeja. También produce unas veinte veces menos miel que su familiar más reconocida, pues a sus 1.5 litros anuales de miel, hay que confrontar los 30 de su pariente con mayor tamaño. Sin embargo, su producto es 50 vece más proteínico y además contiene otros elementos medicinales propicios para el ser humano. Estas cualidades además, claro, de ser la abeja endémica de la américa tropical, hicieron que los mayas la consideraran un sujeto sagrado dentro de su universo ideológico.

Pero no solo los mayas. En general, los pueblos originarios de esta región de nuestro continente, continúan celebrando tanto la personalidad de esta especie, como su colaboratividad en la polinización de los cultivos locales.

Víctor nos enseña que, a diferencia de su pariente común, esta especie no tiene aguijón, así que cuando ve amenazada su colmena, no “pica”, pero si “muerde” aferrándose al enemigo hasta la muerte si es necesario. Por ello y antes de empezar el proceso, Víctor se coloca bajo su gorra, una fina red que impide al insecto penetrar a la zona de la cara, protegiendo nariz, ojos y orejas.

A partir de ahí, nos platica la composición social de la colmena, la diferente concepción que él tiene del término “abeja reina” como no jerárquico, al que le asigna la mentalidad occidental, y más bien colaborativo, ya que es la responsable de procrear y producir no solo otras abejas, sino también otras reinas no para la sucesión del trono, más bien para la generación y multiplicación de comunidades. Nos platica de la convivencia pacífica con otras especies, a menos que éstas amenacen la subsistencia colectiva, y por supuesto, de su organización férrea de defensa si esto llega a suceder, mucho más compleja de lo que nosotros, pobres flores de asfalto, llegamos a percibir a simple vista.

Luego, Víctor nos empieza a hablar de la arquitectura. No de los cajoncitos armados con madera tropical (es la que les gusta) que a dispuesto Raúl en su terreno para su proyecto. Víctor nos habla de la arquitectura melipona. La boca tubular de cera, como tipología característica de un acceso, el espacio interior colectivo, que, en un contexto natural, provee la oquedad de una caoba, o cualquier otro árbol endémico, y en uno artificial el propio cajoncito de madera como los de Raúl. El complejo sistema de almacenaje, a partir de una sucesión de recipientes en cera, cuya forma de bóvedas elípticas las hace ineludiblemente identificables para la función que ostentan y que van adosándose unas a otras, conforme la producción va aumentando.

Finalmente, una gran cúpula (a escala de la melipona claro) que a simple vista pareciera solamente la acumulación de hojas secas formando un pequeño montículo (a escala humana claro), contiene otro sistema complejo ahora de habitáculos construidos a partir de perfectos hexágonos extruidos, que se abren y cierran a gusto del habitante individuo.

Las meliponas saben perfectamente, que el hexágono es la forma geométrica más eficiente para construir un espacio interior, con relación a sus ángulos y superficie, cosa que la mayoría de los arquitectos e ingenieros titulados, no sabemos hoy día (quizá, en otro tiempo menos pretencioso sí se sabía). También saben, que los segmentos abovedados a partir de elipses en revolución, generan la forma más adecuada por capacidad y resistencia estructural, para contener un líquido utilizando solo una delgadísima membrana constructiva, y me pregunto por qué no lo saben la mayoría de los arquitectos e ingenieros titulados.

Algún colega con intención auténtica por defender la dignidad de estas profesiones, podrá saltar indignado ante mi reflexión, para citar obras de Wright como la casa Hana que usa el módulo hexagonal, o la doble curvatura del cascarón de concreto que en Ronchamp, Le Corbusier utilizó para resolver con muy poco material una cubierta que libraba un claro representativo, o los segmentos que Utzon utilizó para las bóvedas acústicas en Sídney. Y sus citas son correctas, pero ni Utzon, ni Wright ni Charles Edouard, con sus virtudes y sus defectos, representan al común denominador de los constructores con título universitario.

Y es cierto, en nuestra profesión, hay personajes lúcidos capaces de entender que la “forma sigue siempre a la función” en un mundo orgánico (que no mecánico), como sentenció Louis Sullivan en sus charlas de Kindergarden, para hablar de la responsabilidad que tenía el diseñador de un rascacielos para ir modificando la expresión de la fachada conforme la altura iba modificando por lógica su uso. Pero nuevamente, y tristemente, ante la enorme responsabilidad que conlleva tener un título que avala la capacidad para configurar y construir espacios habitables, no es el común denominador.

El común denominador es formar profesionales que sapan como limpiar un terreno (aunque le término “limpiar” conlleva destruir el hábitat de las meliponas y otros habitantes del sitio), que crea que el arte es una ocurrencia de inspiración momentánea, que obedezca a las necesidades de la tendencia del mercado y que hay que conseguir suelo barato para venderlo caro.

Mientras tanto, la piel curtida de las manos maestras de Víctor, que con todo cuidado desmembraban las capas arquitectónicas edificadas por las meliponas, para colaborar con ellas en la subdivisión de la colmena y su multiplicación, gozan de la inmunidad que el conocimiento y el trabajo colaborativo le han suministrado: a él casi no lo muerden las abejas, y le permiten incluso extraer parte de su producto en pago a sus servicios. No hay humos adormecedores, ni químicos industriales que le faciliten hacer su labor. Solo la enseñanza recibida por su padre, su paciencia, y su diálogo cotidiano con las abejas que sí, aunque nos parezca increíble a los urbanitas, le reconocen generación tras generación.

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