8 junio, 2021

Mapas e historias. Conversación con Jimena Hogrebe

por Arquine | @arquine

 

Como becaria en el programa para Jóvenes Creadores del Fonca, primero, y del Sistema Nacional de Creadores, después, Jimena Hogrebe desarrolló el proyecto Geografías narrativas, en el que investigó mediante mapas la relación que se establece entre relatos —ya se trate de crónicas supuestamente históricas narraciones supuestamente ficticias— y los espacios de la ciudad donde tienen lugar. ¿Cómo surgió el interés por los mapas, el territorio y las ficciones?

Tiene algo de autobiográfico. Quería estudiar Letras y terminé en Arquitectura por la historia de un libro: un amigo de mi hermana me contó que trabajaba en un proyecto a partir de un texto de Salman Rushdie. La idea me fascinó: encontré otra posibilidad en los libros y decidí que iba a estudiar arquitectura. Durante la carrera olvidé la literatura, pero en la maestría la retomé con una perspectiva de arquitecta. Encontré fascinante la relación porque me di cuenta que yo construía mapas a través de libros. En Londres hice el experimento de mapear una novela, y empecé a entender que la ciudad estaba hecha de capas, las cuales se relacionan y forman una amalgama de historias que vivo cuando recorro la ciudad. Entendí que como había aprendi- do arquitectura, a través de formas, no era la manera indicada para mí. Me interesa es saber qué pasa en esas formas. Se pueden estudiar el mapa y el territorio y las historias por separado, pero no hay mapa sin territorio y no hay territorio sin alguna narración del territorio, así como tampoco hay historias sin espacios.

 

¿Qué historias tienen más sentido al contar la historia de esta ciudad?

Empecé el proyecto hace cinco años un poco perdida. Compré antologías de crónicas, compendios de crónicas que alguien pensó eran importantes, ordenadas por año de publicación o por año en el que sucedió lo narrado. Algunas antologías tienen introducciones que explican quién es el cronista. Así fui conociendo a los personajes. Una antología con la que trabajé es México D.F. Lectura para paseantes, de Rubén Gallo. También La ciudad que nos inventa de Héctor de Mauleón. Decidí trabajar en Coyoacán por las crónicas de Jorge Ibargüengoitia. Pocas crónicas las leía enteras, sino en fregmentos colocados en la ciudad.

 

¿Qué capas se suman a la cartografía actual de la ciudad con este trabajo?

En la primera parte de mi trabajo, propuse una especie de metodología para explorar la ciudad a través de sus crónicas. Lo que hice fue leer la crónica e ir apuntando cada lugar en el orden en que se mencionaba y copiando las citas referentes a esos lugares. Después, con el mapa de la crónica en mano, iba al lugar. Trataba de comparar lo que ocurría en la crónica con lo que pasa ahora y escribirlo. En el mapa está la cita original y luego reinterpretada con lo que yo vi, usando las mismas palabras. Es un plagio o interpretación. También propuse una simbología para indicar que el sitio se conservaba igual o había sido transformado o desaparecido. Eso permitía ir viendo cómo había cambiado cada lugar. Había lugares mencionados en siete crónicas, por lo que podías ver siete momentos; otros se mencionan únicamente en una.

 

¿De qué manera determinas lo que quieres leer y ver en la ciudad?

En general, incluyo todo lo que menciona un lugar. Si la crónica no menciona un lugar de la ciudad, la descarto, porque lo que me interesa es ubicarla en el territorio. Ese es mi único criterio. Sin ser una experta, viendo la historia de las crónicas es interesante el papel del cronista a lo largo de la historia. Antes de la fundación de la Ciudad de México hay crónicas de Tenochtitlán. Luego, los conquistadores comenzaron a hacer crónica desde el poder. Hernán Cortés habla maravillado de la ciudad prehispánica, pero al fin y al cabo es el conquistador. Bernal Díaz del Castillo, quien era parte del ejército de Hernán Cortés, narra desde la visión militar. Esas primeras crónicas son desde la visión del conquistador, del misionero, del poder que está destruyendo una civili- zación y construyendo otra. En el siglo XIX las crónicas son más cotidianas, más burguesas, más europeizadas al tratar sobre cómo México es igual de impresionante que una ciudad europea. En el siglo XX, si vemos a alguien como Carlos Monsiváis, la crónica voltea a ver a las minorías y le da voz a otro tipo de realidades.

 

¿Cómo estos distintos puntos de vista han dado sentido a una ciudad que solemos ver a través de una historia ya establecida y más o menos canónica de la arquitectura y el urbanismo en México?

Este trabajo definitivamente ha cambiado mi visión de la ciudad. Tal vez yo tenía una visión más estática de la ciudad. La entendía como monumentos, calles, edificios famosos y otros no tanto. Al incorporar estas narrativas, me he dado cuenta que hay dos ciudades: una objetiva y otra subjetiva. Cada uno va construyendo una ciudad. Como arquitecta, me parece muy importante tomar en cuenta más cosas que las que se supone tomamos en cuenta. Por otro lado, mis recorridos por la ciudad son diferentes. Ahora van apareciendo esos fragmentos de lecturas, citas y frases que se construyeron en mi cabeza a través de los libros. No sólo veo lo que está sino también lo que he leído e imagino. Así la experiencia de la ciudad resulta enriquecida, es más que su tránsito. Si paseo con alguien le puedo contar las coasas que he aprendido. Se vuelve una especie de conocimiento común, tal vez comunitario. Yo no tenía esa perspectiva de la ciudad.

 

 

En tu experiencia profesional y docente, ¿has utilizado esta metodología para leer la ciudad de otro modo?

En la academia todavía no. Los ejercicios han sido ex- haustivos, implican lecturas, transcripciones y recorridos. No me he sentado a pensar cómo se puede hacer de esto una metodología para las clases. Lo que sí he tratado es incorporar la narrativa a mis procesos de diseño. Cuando hago un proyecto intento narrar lo que yo me imagino del proyecto, más allá de los dibujos. Claramente hago dibujos y planos ejecutivos, pero siempre acompaño el proyecto con una narración, porque me parece que es un lenguaje más cercano que los dibujos, al tiempo que permite mayor complejidad y muchas más capas que un dibujo estático. En el concurso para la FICA de 2016, en vez de una memoria descriptiva escribí una historia de alguien que visitaba la FICA y lo que iba encontrando mientras caminaba.

 

Cuando pasas de la crónica a la ficción,¿hubo algún cambio en la manera cómo ves la ciudad?

Las crónicas de la Ciudad de México tienen su parte de ficción. Pero fue distinto porque el formato de trabajo que propuse con las crónicas queda abierto: si se vuelven a escribir crónicas de un lugar del que ya hice el mapa, se pueden ir sumando. Son mapeos que no terminan. En cambio, la novela es como un mundo en sí misma. Lo que hice fue un mapa por cada novela, que es finito. La novela es lo que es y no va a crecer.

 

¿Crees que lo que ocurre con la novela tenga relación con lo que sucede con la obra arquitectónica, la cual es fija, mientras que la crónica tiene que ver con la ciudad al ser algo que va cambiando y que va sumando distintas historias?

Creo que la arquitectura debe ser modificable. Entiendo que hay un momento de la obra en que queda como el autor la quiso, pero al final la arquitectura es para vivirla. Si no puedo colgar un cuadro o mover un muro…, tal vez las modificaciones que se le puedan hacer sean menores que las que se pueden hacer en la ciudad, tal vez las arquitecturas no cambian —aunque es casi imposible que no cambien con el tiempo. En conclusión, no veo la arquitectura como algo cerrado. Y uno de los grandes problemas de la arquitectura es que se piensa como algo cerrado. Además de la cuestión del autor o de los autores, a la arquitectura le pasa el tiempo. Aunque otros autores no la toquen, el tiempo siempre la va a tocar.

 


Fotografía: Rafael Gamo.

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