18 marzo, 2021

Luz natural, salud y arquitectura

por Alejandro Diaz Infante Rendon

Alberto Campos Baeza escribió en una ocasión que la luz, como la gravedad, es algo inevitable y que todo arquitecto debería traer siempre consigo, como lo hace con el flexómetro, una brújula y un fotómetro. La brújula, para conocer la posición del sol; el segundo, para medir la cantidad de luz.

Ambos instrumentos son comunes en un estudio de iluminación o un laboratorio de investigación de luz natural, pero resultaría aventurero afirmar que todo arquitecto tiene entre sus artilugios estos equipos, en especial el fotómetro, pues no forman parte de la lista de útiles solicitados al ingresar a la escuela de arquitectura. Aunque la luz sea un material siempre presente en la arquitectura, materia de estudio desde hace siglos y de la cual aún tenemos tanto que aprender.

La historia de la arquitectura puede ser leída a partir de la relación que ésta ha tenido con la luz. Las primeras construcciones megalíticas como Stonehenge o las pirámides precolombinas son muestras indudables de la importancia vital del “dios sol” y del conocimiento astronómico de sus constructores. La magnificencia de las catedrales góticas, estructuras soportadas con luz que se estiran del suelo para tocar el cielo, la danza poética de luz y sombra presente en la obra de Tadao Ando o Barragán, hasta las propuestas más innovadoras de Piano o Foster son ejemplos de este vínculo innegable.

Si bien la luz ha estado siempre presente en la arquitectura, las razones por la que arquitectos y constructores han hecho uso de ella han ido cambiando a lo largo de la historia. A veces, la luz se consideró en la edificación por su valor simbólico. En otras ocasiones, se utiliza como esencia de la interacción con el objeto construido. Es quizás la expresión del movimiento moderno y la escuela del Bauhaus quienes brindan un nuevo significado al manejo de la luz: la simplificación de las formas y el empleo de nuevos materiales ponen de manifiesto la importancia de este material moderno, el más universal, en la concepción del espacio arquitectónico. Para Bruno Zevi, el lenguaje moderno de la arquitectura obliga a que cada ventana sea resultado del espacio que debe iluminar y cuyo valor percibido depende de la luz, así que es necesario haber proyectado antes espacio y volumen.

El siglo XX se distinguió por la llegada de la luz electrificada: fuente luminosa controlable, diseñada y permanente, a un grado tal que, a mediados de siglo, se llegó a pensar como innecesario, quizás ordinario, el empleo de la luz natural.

En los años noventa, con la crisis energética, es que podemos encontrar una revalorización de la luz natural. Pero, como ha señalado Reinhart, “el diseño de la iluminación natural ha sido visto como una herramienta para reemplazar el uso de equipos electrificados de iluminación, sin prestar atención al confort de los ocupantes”

La luz es necesaria para la visión, nos permite percibir nuestro entorno y, de manera directa o indirecta, afecta nuestra salud psicológica y fisiológica.

La identificación a inicios del siglo de un tercer fotorreceptor (células ganglionares fotosensibles o ipRGCs) en la retina de los mamíferos y la posterior caracterización de los procesos de sincronización circadiana a partir del estímulo luminoso ha provocado que, en la actualidad, se escuche con mayor frecuencia sobre la necesidad de desarrollar soluciones de iluminación dinámica, los riesgos de la “luz azul” y de centrar el diseño en el bienestar de las personas. Luz, salud y bienestar.

Sabemos que la luz es el principal regulador de los ritmos circadianos, y que su influencia dependerá de las cualidades espectrales de la fuente luminosa, así como de su intensidad, duración y horario a la que estemos expuestos. Pero también que los seres vivos hemos evolucionado bajo la influencia de la luz, donde nuestros ritmos biológicos responden a los periodos de luz y oscuridad que nos han regido por millones de años.

La investigación sobre la luz y la salud del ser humano es amplia y, en los últimos 20 años, se han buscado nuevas evidencias para comprender la relación entre los procesos de fototransducción y la fisiología humana. Hasta ahora, lo único cierto es que se trata de un proceso complejo y que estamos aún en los albores.

Desde la arquitectura, es posible afirmar que, en la actualidad, vivimos en espacios poco iluminados durante el día y sobreiluminados en la noche. Y que es necesario encontrar nuevas definiciones al diseño de la iluminación y al concepto de una iluminación de calidad. Proyectar con luz es una labor de arquitectura. Ofrecer una exposición adecuada a la luz solar no sólo es fundamental, sino un derecho.

Es necesario hablar sobre la importancia de proyectar con la luz natural como fuente primaria de iluminación, y en donde las fuentes artificiales son el complemento y no la razón del proyecto. El diseño adecuado de ventanas y fachadas son un requisito para una arquitectura social y sustentable y son un medio para “naturalizar” el diseño de la iluminación. También, resulta fundamental hablar de las razones por las cuales proyectar con la luz natural y el significado de centrar el diseño en las personas. Algunas investigaciones han concluido que no hay duda de que las personas prefieren la luz natural sobre la artificial y que niveles elevados de luz difusa son cruciales para lograr ambientes placenteros y más estimulantes. Por otro lado, aún no ha sido demostrado que los beneficios asociados a una adecuada exposición solar puedan ser reproducidos artificialmente.

El diseño de la iluminación debiera voltear el rostro a sus orígenes, en donde pensar en luz es pensar en arquitectura, y en donde la función del arquitecto se centra en la concepción del hábitat del ser humano en donde la luz desempeña un papel fundamental para el bienestar de sus ocupantes.

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