24 febrero, 2021

Luis Mariano Aceves (1939–2021)

por Salvador Arroyo Irigoyen

Con su barba a la Maximiliano, el saco sobre los hombros y su voz que irradiaba pasión, Luis Mariano Aceves daba la plática de bienvenida a los alumnos de primer ingreso. Si no estabas seguro de querer estudiar arquitectura, sus palabras te quitaban cualquier asomo de duda. Aceves estudió arquitectura en la Universidad Iberoamericana a finales de los años 50. Se graduó en 1962 y empezó a dar clases ahí mismo en 1965. Luego sería director del Departamento de Arquitectura y Urbanismo (DAU) de la Ibero. En el semestre de otoño de 1983 se hizo una consulta interna para saber si continuaba como director o si habría un cambio. La opción por la continuidad fue mayoritaria. Sin embargo, a la escuela le esperaban grandes cambios. Con motivo de la Muestra de Arquitectura de la Bienal de Venecia, todo el ciclo de proyectos se reorganizó en talleres verticales, idea entonces novedosa. Por supuesto hubo resistencia y algunos profesores decidieron no participar. Luis Mariano fue conciliador. Al final, el DAU envió un par de proyectos. El experimento, pienso, fue un éxito. Una de las fortalezas del DAU bajo su tutela fue aceptar la diversidad entre sus docentes, enriqueciendo la discusión y el intercambio de ideas. Como profesor de historia de la arquitectura mexicana, era excepcional. Hablaba vehementemente de la sensualidad de los altares barrocos. «Te los quieres comer», decía. Una de sus pasiones era, durante el semestre de otoño, hacer un altar de muertos en el foro abierto de los talleres, supuestamente temporales —los gallineros, como se les conocía— de la Ibero de Churubusco. El del 85 fue poético: La ciudad rota. En ese semestre ingresé al Consejo técnico como representante de los alumnos. Durante los dos años en que participé pude vivir de cerca su gran empatía y su capacidad conciliadora. Después le pedí que fuera uno de mis sinodales en el examen final y aceptó sin dudarlo. Años después, cuando yo era coordinador de la licenciatura, me tocó asistir a una cena por su cumpleaños sesenta, en la casa Barragán. Recuerdo que dijo que le pesaba cumplir sesenta, que era como llegar a la recta final. Recorrió ese camino, como el resto de su vida, con gran dignidad.

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