20 mayo, 2019

Luis Barragán recibe a Andy Wharhol junto al ventanal

por Juan Palomar Verea

Para el rojizo resplandor, madre

Nunca resulta —si se tiene un poco de lucidez y tino— inútil tratar de desentrañar y aprovechar las enseñanzas, y también los extravíos del mayor arquitecto mexicano de todos los tiempos: Luis Barragán, el tapatío.

Debió haber sido por 1975. LB le construía su casa a Francisco Gilardi, un publicista, en un pequeño lote dominado por una jacaranda en San Miguel Chapultepec. Fue la última obra maestra de B. Aceptó hacer, él solo, el encargo, porque le quedaba a siete cuadras de su casa, y porque le cayó muy bien la enjundia y la ingenuidad del publicista.

El publicista estaba muy bien relacionado con figuras del arte. Parece que gracias a él LB recibió por 1979 a David Hockney, por ejemplo, de quien existe en la biblioteca de la casa de LB un libro dedicado a B con un dibujo original del inglés. Está a la disposición de cualquier investigador serio, (contrariamente, por ejemplo, a las políticas del archivo de Vitra).

La casa Gilardi es pasmosa. Resume en 280 metros cuadrados la trayectoria de uno de los artistas claves del siglo XX, mexicano y universal. Es, al mismo tiempo, totalmente inédita, y abrió los anchurosos caminos que han influenciado centralmente a artistas como Donald Judd, Richard Serra, Dan Flavin, James Turrell, Richard Long, etcétera. Sin hablar de a dos o tres generaciones completas de arquitectos y artistas mexicanos.

Esa casa no le gusta tanto a Andrés Casillas, único discípulo directo de LB. Tiene cierta razón. El piso de la planta baja es espantoso, la casa no tiene mayor intimidad, es fría sin la cachondería habitual de B. La escalera es muy mala, con unos tabloncitos baratos; el  patio es inhóspito, sin una triste banca para soñar. Y etcétera. A pesar de los reparos de AC, la casa es importantísima. Fue el canto de un cisne, de un príncipe renacentista. Dejó dicho allí que había siempre de avanzar sin nostalgias facilonas por la propia obra y por el pasado. Y demostró que los verdaderos creadores se nutren de la tradición, pero nunca son serviles a ella, y están pendientes, y respiran el aire de los tiempos y las vanguardias.

Así que aquí tenemos, en una imaginaria escena, a LB y AW platicando —en francés, por supuesto— en la biblioteca de LB, hacia 1975. Paulita llegaba con el té de citronela y el tequila blanco y el pico de gallo. El celebérrimo Drella, Andy Wharhol, creador de la banda Velvet Underground with Nico, de The Factory —por donde pasaron desde Bob Dylan hasta Natascha Kinsky—, el artista más influyente por décadas en EE UU. Y el viejo arquitecto mexicano y jalisciense, quien ya comenzaba a morirse y que así duró, estoicamente, frente a su querido cuadro de la Anunciación al pie de su cama, trece años. Hasta el veintidós de noviembre de 1988, precisamente. Parece que LB y AW se hablaron de tú a tú. Parece que ese encuentro, con LB y su casa, le cambió la vida a AW, quien a su vez se moriría en 1987, un año antes de LB.

En la casa Gilardi, en la sala, cuelgan dos grandes retratos de Marilyn Monroe, de la autoría de AW. Uno está virado al rosa, el otro al azul. Nada más adecuado ni justo. Las peregrinaciones mundiales y nacionales para ver la casa Gilardi —a la que la FATLB y la Casa Barragán ayudan permanentemente a través de su  gentil dueño actual, Martín Luque— resultan claves para los muchachos. Como, por ejemplo, para los alumnos y maestros de la Escuela de Arquitectura del ITESO, quienes seguido van. Las enseñanzas allí encontradas son inmensas. Una de ellas, que siempre los dejan perplejos, son los dos cuadros de Andy Wharhol.

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